1986 estrenó 50 películas: el foro debate el fin del cine
Un solo año. 1986. En doce meses coincidieron
Aliens: El regreso —8,4 de nota con 763.000 votos en IMDb—,
Platoon —8,1 y 92 sobre 100 en Metacritic, el registro más alto del lote—,
Cuenta conmigo,
Terciopelo azul,
La mosca,
El nombre de la rosa,
Golpe en la pequeña China y
El castillo en el cielo. La lista completa, con notas y recuento de votos, suma 50 títulos y se ha convertido en el argumento central de una comparación recurrente sobre la salud del cine: si el producto era mejor, ¿por qué se dejó de financiar?
Los números que acompañan esa lista están a la vista. El techo lo pone
Platoon con 92 en Metacritic; le siguen
Aliens con 84,
La mosca y
La tienda de los horrores con 81,
El castillo en el cielo con 78 y
Hoosiers con 77. Ocho títulos de un mismo año con 75 o más puntos en un agregador de crítica no es una casualidad estadística: es una cosecha. El suelo del año también existe, y conviene mirarlo:
Los inmortales y
La rebelión de las máquinas se quedan en 24, y
Howard, un nuevo héroe firma 4,7 de nota con 28 de Metacritic. Es decir, 1986 también produjo fracasos. La diferencia es que hoy se recuerdan por su nombre.
¿Por qué la cartelera actual programa segundas y séptimas partes?
El inventario de los estrenos más esperados de 2024 que se maneja en esta conversación se lee como una lista de reposiciones: segundas partes, séptimas partes, Mad Max, Planeta de los simios, Gladiator y Alien. La crítica que se hace no es tanto estética como industrial. Rehacer una franquicia amortizada reparte menos riesgo que abrir un universo nuevo, y el dinero, dicen, prefiere lo primero.
Hay quien sostiene que el problema no es la época sino el
reciclaje: la nostalgia no hace mejores las películas viejas, simplemente evita el coste de inventarlas. Enfrente pesa el argumento contrario, el de que ese cálculo de riesgo existía igual en 1986 y aun así alguien puso dinero encima de la mesa para producir un thriller erótico con una oreja cortada al principio. La pregunta es de dónde salía esa confianza.
El VHS mutilaba la imagen y las plataformas entierran el catálogo
La paradoja técnica aparece pronto en la comparación. Aquellas películas se veían en cintas con la imagen recortada y en televisores de 28 o 29 pulgadas que entonces parecían enormes. La calidad artística compensaba el desastre del formato. Hoy la resolución es impecable y el problema es otro: el catálogo caduca.
El diagnóstico que se repite es el de la vida útil. Un estreno de plataforma se ve una vez y rara vez se recupera; un clásico ochentero aguanta el pase televisivo número veinte y hasta la edición de coleccionista. De ahí que haya quien haya vuelto a métodos de descarga antiguos para custodiar lo que ya no está alojado en las plataformas de pago. El detalle de qué títulos han desaparecido y dónde siguen vivos es, probablemente, la parte más útil de todo el asunto.
1984 y 1987: la competencia dentro de la propia década
El contraataque llega desde dentro del propio relato nostálgico. Si 1986 fue bueno, 1987 puso en cartel La chaqueta metálica, Predator, Los intocables de Eliot Ness, Arma letal, Robocop, El imperio del sol, El último emperador y Wall Street. Y 1984 juntó Cazafantasmas, Terminator, El templo maldito, Splash, Loca academia de policía, Superdetective en Hollywood, Érase una vez en América y los Gremlins. La conclusión de esta línea es incómoda para el relato de la decadencia: no murió el cine en los ochenta, murió algo más tarde.
Aparece incluso el inventario de lo que no llegó a rodarse. Dos proyectos quedaron en el aire: uno, según un forero, después del fracaso en taquilla de La isla de las cabezas cortadas —una cinta de aventuras con protagonista femenina y escenarios caribeños que hoy se reivindica—, y otro por un desacuerdo sobre los derechos. El cine que no se hizo también forma parte de la cuenta.
La nostalgia como variable de confusión
La objeción más razonable a todo lo anterior no discute los datos, discute la memoria. Se sigue estrenando cine bueno, y varias de esas 50 películas no las vería hoy nadie de principio a fin. El recuerdo pule los bordes y borra lo que aburría. Es una advertencia metodológica en toda regla.
Aun así, la coincidencia es amplia en un punto: la producción de entonces estaba mejor hecha. Tramas, montaje, arco de personajes y banda sonora funcionaban como oficio, no como trámite. Y ese oficio, sostienen, es la clave.
Con esas notas delante, la pregunta no es si 1986 fue mejor. Es si alguien está dispuesto a financiar hoy la primera mitad de esa lista, o si el cine se ha convertido en un negocio de mantener viva la marca y esperar a que la nostalgia haga el trabajo.