La construcción paga mejor al encargado que al arquitecto
Faltan encargados de obra. No faltan arquitectos. De esa pinza sale una cifra incómoda: el profesional sin estudios universitarios que controla tajos, gremios y plazos ya se ha puesto por delante en nómina del titulado superior que firma los planos. La escasez de mandos intermedios con experiencia —agravada por las jubilaciones y por la falta de relevo generacional— ha tensado sus salarios al alza hasta convertirlos en el cuello de botella del sector.
El titular escuece porque toca un nervio viejo: el del diploma entendido como garantía de sueldo. Pero el asunto tiene más aristas de las que caben en un encabezado, y la primera es que el encabezado mete en el mismo saco a dos oficios que no son el mismo.
El titular mezcla al arquitecto con el arquitecto técnico
Conviene desmontar la trampa antes de seguir. El arquitecto de facultad superior y el arquitecto técnico —el aparejador
de toda la vida— no son lo mismo: este último cursa una carrera técnica de menor duración y es, con diferencia, el perfil que ocupa las jefaturas de obra. Los encargados controlan los diferentes tajos; los jefes de obra suelen ser aparejadores. El que compite en precio con el encargado no es el proyectista estrella. Es el técnico de a pie.
¿Cuánto gana de verdad un arquitecto?
Ahí el abanico se abre hasta lo ridículo. Un arquitecto asalariado se mueve en cifras parecidas a las de un delineante. Uno autónomo con dos o tres clientes se sitúa en
60.000 euros anuales sin despeinarse, según el cálculo más generoso que circula en este asunto, y hay quien defiende que existen profesionales que superan los
10.000 euros al mes. En contra pesa un argumento difícil de rebatir: quien lo sostiene trabaja de otra cosa y el arquitecto que lo lee asegura no conocer a nadie que cobre eso.
En medio queda el dato amargo. Arquitectos técnicos con cinco años o más de experiencia a los que las constructoras no pasan de
35.000 euros en el mejor de los casos. Y la comparación que duele: un arquitecto en 25.000 euros frente a un médico en 70.000. ¿Tanta diferencia de conocimiento hay entre uno y otro?
Alguien lo resumió con una imagen que se repitió bastante: el huevo concentra más nutrientes y proteínas que el percebe, y cuesta una fracción de su precio. El precio mide lo difícil que es conseguir algo, no lo que alimenta.
El título que dejó de ser palanca social
Hubo un tiempo en que sacarse Arquitectura era el atajo al ascenso de clase. Eso se rompió cuando la universidad se generalizó: cuantos más titulados, peores condiciones. Ya en
la burbuja, las condiciones de buena parte de la profesión eran lamentables, y hubo quien se forró en el ladrillo sin haber pisado una facultad.
La explicación estructural es incómoda. Las facultades forman para el museo de Bilbao o para las estructuras imposibles de Calatrava, pero el mercado consume edificios normalísimos de cualquier PAU y viaductos casi estandarizados. El grueso del trabajo es rutina, y para la rutina sobra gente. La salida que muchos encontraron fue opositar.
Asalariado contra autónomo: dos modelos que no se comparan
Hay un detalle contable que se escapa en casi todas las comparaciones. El encargado cobra una nómina de empresa. El arquitecto, en su mayoría, es externo: trabaja desde un despacho y factura por proyecto, no por mensualidad. Comparar un sueldo fijo con un honorario es comparar dos cosas distintas, y de paso explica por qué la factura de un proyecto puede parecer desproporcionada al cliente que solo ve el plano colgado en la pared.
¿Por qué un buen albañil deja la obra grande?
Porque le sale más rentable. El profesional experto prefiere la reforma
de barrio: encargos en pisos particulares, lista de espera de meses y trato directo. Es casi una vuelta a la economía de proximidad, y funciona con él y un ayudante.
El encargado de gran obra, mientras tanto, aguanta el horario de obra hasta las diez de la noche por un sueldo que apenas se ha movido:
1.300 euros hace una década y poca variación para quien sigue en el oficio. Enfrente, el arquitecto-ingeniero no baja de
1.700 euros por convenio, sentado en la oficina. No se paga el diploma. Se paga el trabajo que alguien es capaz de hacer.
El relevo generacional que no llega
Faltan pintores, escayolistas, ferrallistas y calculistas, además de peones. La carencia es estructural y no se arregla con un titular. En el diagnóstico se cuela también la sospecha de siempre: que más de un encargado no llegó ahí por mérito, sino por cercanía al jefe de turno y por dotes para apretar a la plantilla.
Y luego está la responsabilidad. El arquitecto firma el montaje de un andamio y responde, incluso penalmente, de lo que firma. Esa rúbrica tiene un precio. Lo que no acaba de tener el precio que merece es tener la obra entera en la cabeza, que es exactamente lo que aporta el veterano. El material completo, con los tramos de sueldo y los casos concretos que se cruzaron, deja una diferencia que sorprende.
Con estos números, ¿quién va a estudiar seis años de carrera para cobrar como un delineante, y quién va a aprender un oficio para acabar rindiendo más los sábados por su cuenta que en nómina? La oferta y la demanda ya han respondido. Falta saber quién más se va a enterar.