Mili obligatoria para menores de 45: del cuartel al dron
¿Tiene sentido llamar a filas a alguien que ya ha cumplido los 40? El planteamiento que ha recorrido la discusión es tajante: incorporación inmediata de todos los menores de 45 años, los que no llegaron a la mili anterior, sin excepciones por miopía, pies planos ni ninguna otra excusa, y con un destino para cada cual aunque sea tareas auxiliares en los cuarteles. La idea no llega como proyecto cerrado, sino como provocación que ha arrastrado numerosas respuestas y que toca tres nervios a la vez: la edad, el dinero y la utilidad real de un ejército de reclutas.
¿A quién afectaría una mili obligatoria hasta los 45?
El umbral elegido no es casual. Deja fuera a la generación que ya cumplió el servicio militar obligatorio y mete en el saco a todos los que se libraron, un bloque que va de los 18 a la mitad de la cuarentena. Quienes defienden la medida sostienen que cualquier persona vale para desempeñar una función, incluso las más humildes, y que el filtro físico de antaño —la vista, el pie plano, la talla— es una reliquia sin sentido cuando lo que se necesita no es un soldado de trinchera.
Ahí asoma la primera contradicción. La misma propuesta que se apoya en la necesidad militar reconoce que el destino de muchos sería la logística, la cocina o el mantenimiento. La pregunta deja de ser si hay gente disponible y pasa a ser para qué se la quiere.
Cada vez hay menos cuarteles que limpiar
Un segundo muro de realidad aparece rápido. La infraestructura que sostuvo la
mili clásica ya no existe en la misma escala: buena parte de los cuarteles se ha vendido o desmantelado, y lo que queda no da para alojar y formar a una cohorte entera de civiles. La alternativa que circula es un servicio desde casa, la «telemili» que apunta un participante o la vigilancia remota con drones, apoyada en que la guerra moderna se libra cada vez más con pantallas y videojuegos.
Ese giro tecnológico alimenta una ironía que recorre todo el asunto. Si el trabajo consiste en manejar aparatos por control remoto, la preparación física importa poco. El recluta del siglo XXI quizá no necesite correr diez kilómetros, pero sí un manejo técnico que tampoco se improvisa.
¿Cuánto costaría mantener el sueldo de un recluta?
La economía es donde el asunto se vuelve concreto. Para uno de los participantes, solo aceptaría si conservara su empleo y su salario; sin esa garantía, la medida es letra muerta. Según ese argumento, sostener a cientos de miles de personas con su sueldo previo haría el gasto inasumible para las arcas públicas sin subir impuestos.
Hay quien airea la paga de antaño,
500 pesetas al mes en 1979, para ridiculizar cualquier comparación con un salario actual. Y otro participante recuerda que el servicio antiguo no sumaba ni un solo día cotizado. La paradoja laboral queda servida: si el servicio no genera cotización, es un paréntesis que nadie paga; si la genera, el coste se dispara.
Gen-X, millenials y la generación del mando y la consola
El choque de edades es el eje emocional. Los veteranos recuerdan que a los 18 ya estaban en filas y que la paga era simbólica; la generación intermedia responde que ya no está para perder meses de su vida ni para someterse a una disciplina ajena. Entre ambos asoma el estereotipo del joven criado entre pantallas, al que se le supone incapaz de aguantar el mínimo rigor.
En el propio debate se subraya que el modelo está agotado. Servía para aprender a defender un país, se argumenta, y hoy no está claro qué se defiende ni para quién. El servicio obligatorio como rito de paso ha muerto; lo que se discute es si se puede resucitar por decreto.
¿Defender a quién? La OTAN, Ucrania y el rechazo de fondo
Ahí está el nudo político. Buena parte del rechazo no cuestiona la logística ni el coste, sino el destinatario: se argumenta que sería la OTAN y no España quien recogería los frutos, y que morir en un conflicto ajeno no es patriotismo sino ingenuidad. Se cita el caso británico, con dos años de servicio en Oriente Medio, como aviso, y se recuerda que la guerra en Ucrania lleva abierta desde 2022 sin que los más entusiastas de la retórica se hayan alistado.
En el extremo contrario, hay quien defiende que el sistema solo tendrá sentido cuando la amenaza sea real y cercana. Y aparecen fórmulas exóticas, como guerras rituales pactadas entre países, con bajas limitadas, para satisfacer el ardor guerrero sin arrasar ciudades. Suena a parodia, pero resume bien la desconfianza de fondo hacia cualquier llamamiento a filas.
Con buena parte de los cuarteles vendidos, la consola por el fusil y la paga congelada en 500 pesetas, queda un detalle sin resolver: el ejército más barato de la historia sigue siendo el que no se convoca.