El chichi como última frontera del escote público
En julio de 2023, la alfombra roja del estreno de la película
Barbie sirvió para algo más que para vender muñecas: sirvió para comprobar que lo que hace unos años era un escándalo hoy se despacha como «look arriesgado». La hija de Verónica Forqué, conocida artísticamente como Virgen María, apareció en el photocall con un estilismo que dejaba al descubierto lo que en el argot del foro se llama el chichi. Ningún medio generalista se planteó la decencia o indecencia de presentarse así en un espacio público. Solo «arriesgado».
La tesis que se sostiene es sencilla y tiene recorrido: esta muchacha será la primera famosa que normalice salir a la calle con los genitales al aire. No es una boutade. Es una previsión basada en la evolución estética de una figura que pasó de looks convencionales a la exposición total en cuestión de meses, y en un ecosistema mediático que ha dejado de aplicar el filtro de la decencia.
De Marta Chávarri a Olivia Wilde: cuarenta años de ventana de Overton
Para calibrar la magnitud del cambio conviene retroceder. En los años noventa, Marta Chávarri —socialité popularizada por su romance con uno de los Albertos, los financieros de la cultura del pelotazo— protagonizó un escándalo nacional porque un fotógrafo captó que había salido a la calle sin bragas. Ni escote, ni minifalda: el vestido era discreto. Se lo remangó y se vio que llevaba los pantis directamente sobre la piel. El tema ocupó semanas de portadas.
Hoy la frontera es otra. El vello púbico ha desaparecido del imaginario estético y lo que antes era un descuido hoy es una declaración. Fotos que antes habrían sido impensables en un quiosco se encuentran en el Instagram de cualquier aspirante a influencer. La comparación no es nostalgia: es termómetro.
La actualización del propio autor del planteamiento, fechada el 1 de octubre de 2023, añade munición: ya está de
moda entre las famosas salir a la calle en bragas. Olivia Wilde lo hizo. De momento opacas.
¿Es propaganda o es moda? El dinero detrás del destape
Una de las líneas de análisis más citadas en la discusión remite al libro
Propaganda, de Edward Bernays, y a la idea de que estas figuras no eligen su vestuario por gusto personal. Estarían recibiendo sumas millonarias por aparecer así. La industria del espectáculo, el marketing de lanzamientos y la economía de la atención convierten el cuerpo en soporte publicitario. No es una teoría marginal: es el modelo de negocio del star system desde que existe.
Frente a esa lectura, otra corriente lo reduce a modas. La estética cambia, los escándalos de ayer son el uniforme de hoy y lo que hoy escandaliza será ridículo en diez años. La pregunta es si la velocidad del cambio importa. Importa, y mucho, cuando el espacio donde se exhibe no es un local privado con control de acceso, sino la calle, el museo o el feed de noticias que consume un menor sin filtro.
Museos, código de vestimenta y dignidad del espacio público
El asunto deriva hacia una propuesta concreta: que los museos impongan un código de vestimenta mínimo, al estilo del Vaticano. La visita de Pilar Rubio y Sergio Ramos al museo J. Paul Getty, en Estados Unidos, se usa como ejemplo de que la forma de vestir y comportarse debería estar a la altura del lugar. La Unesco, se argumenta, debería impulsarlo.
El debate no es nuevo. Lo nuevo es que la norma social se ha relajado hasta el punto de que ya no hay norma. Lo que antes resolvía el portero de una discoteca o el acomodador de un teatro hoy no lo resuelve nadie, porque señalarlo te convierte en el problema.
El argumento de los niños y la responsabilidad parental
La objeción previsible —los menores tienen móvil y acceso a pornografía— se responde con un argumento que no por repetido deja de ser cierto: la responsabilidad es de los padres, que pueden dar un teléfono sin datos o controlar su uso. En los espacios públicos siempre ha habido normas de convivencia. La diferencia es que hoy se han dejado de aplicar.
La discusión también roza el Orgullo, movimiento que se declara respetable pero cuyo espectáculo altamente sexualizado en la vía pública se señala como posible contribuyente a esa ventana de Overton. La objeción no es moralista: es de convivencia. Uno no puede elegir lo que ve en la calle.
La decadencia como espectáculo generacional
El retrato familiar que se traza es duro: abuelo trabajador que prospera, hija socialista de talento reducido, nieta entregada a lo que se describe como élites luciferinas. La muerte de Verónica Forqué, recordada en un homenaje previo, planea sobre el hilo. Hay quien compara el caso con el de Mario Biondo. Y hay quien lanza la previsión más repetida: acabará como su madre, pero antes.
El cierre del análisis no llega. La realidad, dice el autor, le ha dado la razón: la moda de salir en bragas ya está aquí. Lo que falta es ver quién da el paso definitivo. El chichi, como última frontera, espera.