La cartilla de racionamiento: el miedo que no llegó a España
Un padre contó a su hijo, mientras jugaban en el parque, que venían tiempos de hambre y pulgas y que quizá un día tuviera que esconderse. El niño rompió a llorar. El episodio, aparentemente doméstico, se convirtió en el punto de partida de una discusión que se prolonga casi un sexenio: la de quienes ven en cada crisis el preludio de una escasez como la venezolana y la de quienes sostienen que ese relato es, sobre todo, propaganda.
Los avisos eran más largos que la cena. «Vienen tiempos de hambre y pulgas», esconderse «hasta la tercera luna» si un día llaman a la puerta, la advertencia de que un supuesto cuerpo policial perseguiría a quien no pensara como toca. Todo eso, contado a un chaval que solo quería seguir jugando, y que acabó a moco tendido. La escena resume cómo se ha convertido la
cartilla de racionamiento en símbolo de un miedo que se invoca tanto para avisar como para asustar.
¿Por qué la cartilla de racionamiento se ha vuelto un símbolo político?
El recuerdo de la escasez, más el ejemplo del colapso venezolano, es la munición que convierte cualquier advertencia sobre el futuro económico en una amenaza creíble para una parte del público. El razonamiento que circula es el de una cadena: si el Estado interviene más, si se rompe la confianza inversora y el país se desliza hacia un modelo que ya fracasó en otra parte, la consecuencia inevitable sería la escasez. Otro tramo de la conversación sostiene lo contrario: que el racionamiento pertenece a un pasado que no va a volver por decreto y que invocarlo para asustar a un niño es una forma barata de hacer política. El símbolo funciona porque nunca se concreta: no hay fecha, no hay producto, no hay cupón. Solo la palabra.
El padre que prepara y el padre que asusta
La reacción ante el episodio se partió casi en dos. Un sector defendió al padre: sostiene que un crío educado en la incertidumbre económica tiene ventaja sobre otro que cree que el bienestar está garantizado. «Un padrazo», resume uno de esos mensajes, al que su hijo agradecerá las palabras. Es la tesis del padre que prepara para lo que venga, aunque lo que venga no tenga forma todavía.
El otro flanco cargó contra la escena. Se le reprocha haber engañado al chaval, haberle hecho pasar un mal rato para lucirse, y varios mensajes dudaron abiertamente de la existencia de ese hijo, de quien nadie aportó más prueba que la propia descripción del padre. «La historia que emocionó a nadie», zanjó uno. Nadie discutió, en cambio, que el niño cenó esa noche sin cartilla alguna.
Como curiosidad, buena parte del intercambio se fue por las ramas de la ortografía: varios mensajes se recrearon en los errores de escritura del planteamiento inicial, que dio para más chistes que la propia profecía económica. Cuando el tono baja a corregir tildes, el asunto suele estar ya agotado.
Venezuela como espejo: qué se compara y qué no
El país sudamericano funciona en toda la conversación como el destino final de un camino que otros niegan. Quien defiende la advertencia paterna lo pone de ejemplo de lo que ocurre cuando se abraza un proyecto de izquierda sin contrapesos. Quien la ridiculiza rechaza esa comparación.
Entre medias quedan los datos que cada parte elige. La energía del relato apocalíptico no sale de un informe, sino de la memoria: la de una generación que creció oyendo hablar de escasez y de colas. Eso explica que la cartilla funcione mejor como símbolo que como previsión, y que el aviso se transmita de padres a hijos antes que de economistas a ciudadanos.
Cómo envejece una profecía: un sexenio después
Casi un sexenio más tarde, la misma conversación se retomó desde el otro lado. Quien vuelve al episodio lo hace con el IBEX 35 como vara de medir y con una frase que resume el juicio: ha transcurrido un sexenio, normal que haya envejecido. Los mensajes más recientes subrayan que el pronóstico de escasez no se ha materializado.
Eso no cierra el asunto. Que una advertencia concreta no se cumpliera en un plazo no prueba que la inquietud fuera infundada; solo prueba que el calendario del miedo iba sobrado de años. Y deja abierta la pregunta sobre por qué un relato tan repetido sigue encontrando público cada vez que una cifra económica se tuerce.
Si algún día una crisis vuelve a apretar de verdad, no faltará quien rescate la cartilla de racionamiento como amenaza. A la vista del registro, seguirá siendo eso: una amenaza. Una cartilla, de momento, no se ha visto ninguna.