Jóvenes cualificados que no volverán sin heredar un piso
Un ingeniero español de 25 años, residente en la región turca de Izmir y empleado para una empresa checa, lo deja claro: no piensa volver a España hasta que herede. Su caso no es una excepción. Buena parte de su generación, según relata, ha hecho de la
herencia su plan de acceso a la vivienda. La razón es simple y dura: la relación entre salario y precio de la vivienda se ha roto, y el retorno solo sale a cuenta si viene acompañado de un inmueble en propiedad.
El planteamiento inicial del asunto es este: un grupo de amigos y antiguos compañeros, la mayoría trabajando fuera de España o instalados en casa de sus padres, ha dejado de contemplar la compra como una opción realista. No es una cuestión de prioridades vitales, sino de aritmética.
Comprar en España exige un esfuerzo salarial que no se corresponde con lo que se gana fuera, y el diferencial es tan grande que la vuelta se pospone sine die.
El cálculo que nadie discute: fuera se gana más y se paga menos
El propio protagonista lo detalla sin rodeos. En Izmir, donde reside,
un chalet en un barrio nuevo cuesta lo mismo que un piso deteriorado en una zona mediocre de España. Su hipoteca sigue viva, pero la entrada la cubrieron sus padres y los de su pareja. Trabaja en remoto para una empresa checa y viaja a la sede una vez al mes, a veces ni eso. La comparación que él mismo lanza es brutal: sería como comprar en Pozuelo al precio de un piso en Castilla la nada.
La conclusión que extrae es implacable:
no tiene sentido volver para cobrar menos de la mitad y dedicar el 50% del sueldo al alquiler. Su retorno está condicionado a la herencia. Si llega pronto, vuelve. Si no, se queda. Y mientras tanto, sus padres envejecen y él los ve en Navidad y una semana de vacaciones.
La herencia como plan de vida: cuántos años hay que esperar
La esperanza de heredar tiene un problema de calendario. Con 25 años y padres de 60,
la espera puede alargarse tres décadas. Ese cálculo, que en el intercambio se lanza como advertencia, desmonta la estrategia: si la herencia llega a los 55, el proyecto de vida ya se ha decidido en otro país. La pregunta que sobrevuela es qué ocurre mientras tanto.
Hay quien añade un escenario aún peor. La herencia no está garantizada: los padres pueden necesitar una residencia, y
el coste de una plaza puede dilapidar el patrimonio. En ese caso, los herederos no solo no reciben nada, sino que pueden verse obligados a vender el piso para pagar los cuidados. La herencia se convierte en una ruleta.
El ladrillo como freno al mercado laboral
El asunto trasciende lo personal. Si los profesionales cualificados no vuelven porque no pueden acceder a la vivienda,
el mercado laboral español pierde talento que ya ha demostrado que puede competir fuera. El propio protagonista lo apunta: en el futuro se estudiará el daño que el ladrillo ha hecho al empleo cualificado en España.
La comparación con otros países es inevitable. En Centroeuropa, la cultura del alquiler está mucho más extendida y no se penaliza socialmente. En España, el acceso a la vivienda sigue siendo la prueba de madurez, y quien no la supera queda señalado. Esa presión empuja a esperar la herencia en lugar de construir una alternativa.
El riesgo que nadie quiere mirar: impuestos y expropiaciones
La estrategia de esperar también tiene riesgos fiscales.
Hacienda puede revisar el valor declarado en la compraventa y exigir la diferencia del ITP, según relata un caso concreto: un comprador que pagó 200.000 euros por un piso que la administración valoró en 300.000 y acabó recurriendo y ganando. El susto, en cualquier caso, se pasa.
Más allá de lo fiscal, hay quien especula con cambios legislativos que gravarían las herencias o limitarían la propiedad privada. Son conjeturas sin confirmar, pero alimentan la sensación de que el plan de heredar tampoco es seguro. El Estado, se argumenta, siempre encuentra la manera de llevarse una parte.
Con estos mimbres, la vuelta a España se convierte en una ecuación que no cierra. Los que se fueron con un título y un buen sueldo no encuentran motivo para regresar si el precio de entrada es renunciar a su nivel de vida. La herencia, que debería ser un colchón, se ha transformado en el único camino viable. Y mientras tanto, el país pierde a los que se formaron aquí.