Mercadona y los 1.800 productos españoles que dejan la estantería
Una naranja valenciana en agosto no existe. Ese es el detalle que desmonta buena parte del escándalo: la foto que circula con naranjas argentinas en un lineal de Mercadona está fechada fuera de la temporada del hemisferio norte, cuando el campo español sencillamente no puede abastecer. A partir de ahí, el asunto se complica. La denuncia de partida —la cadena habría retirado más de 1.800 productos españoles para sustituirlos por extranjeros de marca propia— mezcla hechos verificables con sospechas que nadie ha documentado, y la respuesta del consumidor, según se desprende de la propia discusión, es bastante más pragmática que patriótica:
mira el precio antes que la etiqueta de origen.
Qué dice la denuncia y qué se puede comprobar
El texto que originó el revuelo sostiene que Mercadona importa naranjas argentinas durante todo el año, que el aceite de oliva Hacendado lo envasa la portuguesa Sovena —cuyo principal accionista, Roberto Centeno, está casado con una hija de Juan Roig—, que parte de ese aceite llega de Túnez y que el propio Centeno habría comprado miles de hectáreas de olivares en Marruecos. También afirma que la cadena es la mayor importadora de leche extranjera, que vende pescado congelado de África y Sudamérica en plazas como Vigo —primer puerto pesquero de Europa— y que ha ido retirando productos con denominación de origen valenciana: chufa, turrón de Xixona y Alacant, arroz.
Hay partes de ese relato que encajan con la lógica de un distribuidor de bajo coste y otras que se caen solas. La respuesta oficial de la compañía, reproducida en la discusión, asegura que
el 90% de sus compras se realizan a más de 20.000 productores de materia prima españoles. Y varios participantes desmontan el mito del producto 100% importado con la etiqueta en la mano: la leche semidesnatada Hacendado que aparece en una nevera de un participante está envasada por una filial cántabra de un grupo lácteo vasco, y el arroz Hacendado lo suministra Dacsa, arrocera valenciana.
El problema real: márgenes, no banderas
El núcleo del asunto no es si Mercadona trae naranjas de Argentina en agosto. Es que la gran distribución se ha acostumbrado a unos márgenes que solo pueden sostener países con costes laborales y estándares sanitarios muy inferiores a los europeos. Ese es el argumento que sobrevuela toda la discusión y que trasciende a una sola cadena:
Carrefour, Lidl y el resto de marcas blancas operan con la misma lógica. Si el producto español no puede competir en precio, sale del lineal. No hay más misterio ni más conspiración.
La consecuencia, apuntan algunas voces, es una pérdida progresiva de tejido productivo: cierres de explotaciones, deslocalización del envasado y dependencia creciente del exterior en un sector estratégico como el alimentario. La horchata es el ejemplo que más se repite. Mercadona vendía entre el 40% y el 50% de toda la horchata que se consume en España; si deja de comprar chufa de la Denominación de Origen Valencia, los pequeños productores lo notan de inmediato. La chufa valenciana es cara y escasa —apenas abastece el consumo de la propia comunidad—, así que entra chufa africana más barata. El resultado es una horchata distinta, más económica y, para muchos, peor.
La leche a 50 céntimos y la competencia desleal
Uno de los puntos más incómodos es el de la leche. Se sostiene que Mercadona vende el cartón a poco más de 50 céntimos como producto reclamo, por debajo de los costes reales de producción y transformación. Esa práctica obliga al resto de la cadena a pagar menos al ganadero si quiere competir, y empuja al cierre a quienes no entran por el aro. En Galicia, según el relato, la cadena habría vetado marcas autóctonas como Río y Larsa. El detalle tiene miga: Río fabrica para Carrefour, así que el veto no es tanto contra lo gallego como contra la competencia directa.
El pescado merece un párrafo aparte. En Vigo, con el puerto que gestiona casi la mitad de la pesca española, lo que se vende en Mercadona no es fresco ni gallego: es congelado de África o Sudamérica. Mejillones y almejas llegan de Chile, Francia o Marruecos. La paradoja es difícil de digerir para una tierra que vive del mar.
El consumidor no es tonto, es pobre
La discusión deriva pronto hacia un terreno más incómodo: la responsabilidad del comprador. La tesis dominante es que la gente con la nómina justa no puede permitirse pagar un 30% más por producto local. Y que exigir ese esfuerzo a quien tiene 800 o 1.000 euros de sueldo es pedirle que subsidie la rentabilidad de otros. La crisis no empezó con las marcas blancas, recuerdan algunos, pero las marcas blancas se han convertido en el refugio de quien ya no llega a fin de mes.
Frente a eso, la contraargumentación es simple: si nadie compra producto español, las empresas que lo producen quiebran y despiden. Y entonces el país pierde capacidad productiva y pasa a depender de cadenas de suministro que no controla. Es el círculo vicioso clásico, y nadie ha encontrado la forma de romperlo sin que alguien pague la factura.
Queda un dato que descoloca. La cadena que presuntamente retira producto valenciano de sus estanterías es la misma que presume de comprar al 90% a productores españoles. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo. Y esa es, exactamente, la trampa del debate.