El Corte Inglés: el último refugio del comercio clásico
¿Merece la pena pagar más en El Corte Inglés? La respuesta, según quienes lo frecuentan, es que no se trata solo de precio. El debate sobre el estado de los grandes almacenes ha vuelto a la palestra con un mensaje que reivindica el ambiente, la atención y la calidad del establecimiento frente a la competencia. Un usuario lo describe como un espacio donde los empleados son «españoles de bien», los jefes de sección visten chaquetas impecables y la música suena siempre en español. La provocación no ha tardado en llegar: mientras unos lo defienden como un oasis de orden y buen gusto, otros lo ven como un vestigio de otra época condenado a desaparecer.
El ambiente que no se encuentra en otros comercios
La descripción del establecimiento que hace el mensaje inicial es casi cinematográfica: al entrar, el olor de la perfumería; empleados con larga trayectoria en el comercio; jefes de sección que controlan el departamento con una simple mirada.
El 99,9% de la plantilla es española, según el autor, y los clientes también suelen ser «patrios». La música, siempre en español, es pop o baladas. No hay «chortinas pelo rosa» ni «mierda woke», dice. La ropa es de calidad y el trato, cordial pero amigable.
Este retrato ha encontrado eco entre quienes trabajaron allí. Una exempleada de azafata confirma que «así es». Otro usuario, que se declara cliente habitual, asegura que siempre que ha ido ha sido como se describe: «Nada que ver con otros supermercados, el premium, aunque no escandaloso, está más que justificado». La experiencia de compra se convierte así en un valor en sí mismo, más allá del producto.
La decadencia que algunos ya perciben
No todos comparten el entusiasmo. Un participante sostiene que el establecimiento «se está degradando a velocidad de vértigo» y lo atribuye a la gestión: «poner a dirigir la empresa a una señora que no ha dado un palo al agua en su vida». Las renovaciones horteras, los cierres de centros y las conversiones a outlet son, para él, síntomas de un declive que se ve en cualquier lado. Otro añade que los vendedores han bajado mucho el nivel y que intentan «clavártela» con seguros y promociones.
La comparación con el pasado es inevitable. Un usuario recuerda que en los noventa el establecimiento de su ciudad era «el paraíso», mientras que la última vez que fue, a la cajera que le cobró «le faltaban los rulos en la cabeza, el ducados torcido en la boca y los pies en remojo en una palangana». La nostalgia se mezcla con la constatación de que el modelo ha cambiado.
El supermercado, el gran superviviente
Si hay un área que se salva de la quema, esa es la alimentación. Varios participantes coinciden en que el supermercado mantiene una calidad difícil de igualar. «Nadie ni de lejos tiene esa calidad de materia prima, especialmente pescados y carnes», afirma un usuario que vive en el rural y aprovecha sus estancias en la ciudad para abastecerse allí. Otro destaca el club del Gourmet como un placer: «viendo conservas, caviar y cosas raras».
El aceite de oliva se ha convertido en termómetro de precios. Un participante señala que el establecimiento ya tiene aceite de oliva por 3,50 euros, aunque otro matiza que para ensaladas mejor el AOVE, que está a partir de 14 euros por litro. La conversación deriva hacia recomendaciones concretas, con un usuario sugiriendo un aceite que considera «el mejor del mundo» y otro añadiéndolo a la lista de la compra para final de mes.
El futuro: ¿un caballo de carreras en la era del motor?
La sentencia más repetida es la de que el comercio online ha condenado el modelo. «Son como los coches de caballos más bonitos en los años previos a que los vehículos con motor de explosión comenzaran a aparecer por todos lados», ilustra un participante. «Están muertos pero no lo saben». La imagen es potente y resume el pesimismo de quienes ven inevitable la desaparición.
Sin embargo, otros creen que su resistencia es precisamente su valor. «Ha aguantado en este estercolero lo que no aguantaría alguien que tuviera la quinta parte de oportunidades», reflexiona un usuario. La idea de que el establecimiento representa un modo de hacer comercio que ya no existe, con personal formado y atención personalizada, se repite. Incluso quienes critican su lentitud burocrática o sus precios reconocen que no tienen competencia en las áreas donde aciertan.
La conversación deriva hacia lo generacional. Un participante recuerda cuando sus padres lo llevaban de pequeño y descubría «cosas chulas» en sus secciones. Otro ironiza sobre la clientela: «me da un poco de mal rollo ver a las Charo vendedoras con esa plasta de maquillaje». El retrato generacional se completa con la anécdota de un usuario que fue a comprar una bicicleta y el vendedor no tenía ni idea: «Bueno, no es que sean malas», le dijo. La tienda de toda la vida, en versión departamento.
Al final, la pregunta no es si El Corte Inglés es caro o barato, sino si su modelo tiene cabida en un mercado que premia la inmediatez y el precio. Quienes lo defienden no hablan de lujo, sino de orden, educación y buen gusto. Quienes lo critican no hablan de precio, sino de obsolescencia. En medio, un supermercado que sigue siendo el mejor argumento de la casa. Y una clientela que, por ahora, sigue entrando a oler la perfumería.