El IVA vuelve a la luz, el aceite y la pasta
La paradoja es sencilla de enunciar y difícil de tragar: el mismo Gobierno que presume de defender a las clases medias recupera el IVA de la luz, el gas, los alimentos básicos y el aceite, y devuelve el impuesto especial de la electricidad del 0,5% al 5,11%. Traducido a la cesta de la compra, la reducción temporal que alivió los recibos durante la crisis de precios desaparece y el consumidor vuelve a pagar lo que pagaba. El argumento oficial es que se acaban las rebajas temporales, no que se suban los
impuestos. El argumento de la calle es que el resultado es idéntico: menos dinero en el bolsillo.
¿Cuánto cuesta de verdad la vuelta del IVA a la luz y los alimentos?
El cálculo que más circula en el análisis económico del asunto apunta a un incremento de recaudación de
2.194 millones de euros solo por la eliminación de las rebajas del IVA en alimentos básicos, electricidad y productos sanitarios. A eso se suma el impuesto especial sobre la electricidad, que pasa del 0,5% al 5,11% y añade
1.032 millones extra a las arcas públicas. La pregunta que muchos se hacen es quién paga esa factura. Y la respuesta, según el propio diseño del impuesto, es el consumidor final, porque el IVA es un tributo indirecto que se repercute en cada eslabón de la cadena.
Hay quien sostiene que los ricos son los únicos que consumen luz, pasta y aceite, con ironía evidente. El argumento de fondo es que estos impuestos no distinguen por renta: los paga igual el que gana 20.000 que el que gana 200.000, aunque el peso sobre el presupuesto familiar sea mucho mayor en el primer caso. La progresividad del sistema tributario español se apoya en IRPF y patrimonio, no en el IVA, que es estructuralmente regresivo.
El impuesto a los ricos y la amenaza de fuga de capitales
El segundo frente del asunto es el impuesto a las grandes fortunas y a las rentas altas. El umbral que se maneja en el análisis es que a partir de
35.200 euros anuales —menos de 3.000 brutos al mes— ya se considera renta alta a efectos de determinados tributos, con un tipo marginal del 37% en IRPF. Sumando el 21% de IVA y las tasas municipales y autonómicas, el tipo efectivo sobre la renta disponible puede superar el 60% según los cálculos que se cruzan en la conversación.
La objeción clásica es que si se suben los impuestos a los ricos, los ricos se van. La respuesta a esa objeción es que se ha estudiado y que la movilidad fiscal de las grandes fortunas es limitada: no se mudan por un par de puntos de IRPF, sino por cambios estructurales en el régimen fiscal. El contraargumento es que las empresas sí se van, y que la prueba está en los youtubers que se han instalado en Andorra o en las sedes que se trasladan a países con tipos más bajos.
La SAREB, los módulos y el IVA que nunca se fue
En el trasfondo del asunto aparece la SAREB, el llamado banco malo, que costó
50.000 millones de euros según la cifra que se repite en el análisis. La tesis que se defiende es que ese dinero público sirvió para sostener el negocio de los especuladores inmobiliarios y que ahora se paga vía impuestos. Es una lectura discutible, pero conecta con el malestar general sobre a quién beneficia realmente el gasto público.
El otro frente es el de los autónomos por módulos, que ven cómo el sistema de tributación simplificada se complica. La queja es que las reducciones temporales se acaban y vuelven los tipos antiguos: el IVA de la luz y el gas, el impuesto especial de la electricidad, el IVA de los alimentos. La narrativa oficial es que no se suben impuestos, solo se acaban las rebajas. La narrativa de la calle es que el resultado es el mismo: pagar más.
¿Se puede sostener el estado de bienestar con más impuestos?
La pregunta de fondo es si el estado de bienestar se financia con impuestos o con deuda. Hay quien sostiene que el dinero para pagar las pensiones, la sanidad y la educación no proviene de los impuestos, sino de préstamos impagables y transferencias de la Unión Europea. La tesis es que los impuestos solo sirven para hacer ver que algo se devuelve, aunque sea de migajas a lo largo de generaciones.
El contraargumento es que el estado de bienestar se paga con impuestos y que la alternativa es recortar gastos o redefinir qué se considera riqueza para ampliar la base fiscal. La discusión deriva hacia si el umbral de rico debería bajarse para incluir a quien tiene la casa pagada o un sueldo bruto de 30.000 euros. La consecuencia lógica es que cada vez más gente entra en el saco de los que pagan.
El resultado de todo esto es que la vuelta del IVA a la luz, el aceite y la pasta no es una subida de impuestos en el sentido técnico, pero se comporta como tal en el bolsillo. La pregunta que queda abierta es si el estado de bienestar se sostiene con más impuestos, con más deuda o con menos gasto. Nadie ha dado todavía una respuesta que cuadre.