Varsavsky, Griso y el uso de Hitler en el debate público
Un empresario tecnológico defiende a Trump en un plató de televisión y carga contra el «fin de la cultura woke». Hasta ahí, un giro más del péndulo. El problema empieza cuando alguien rescata un párrafo de
Mi lucha, escrito en 1924, para explicar por qué ese giro no es un giro. La tesis que se lanza es incómoda: existiría una prensa aparentemente moderada cuya única función es cubrir con ruido amable lo que otra parte del sistema hace sin moderación. Y que el empresario que hoy parece sensato forma parte del mismo juego.
Qué dijo Martin Varsavsky en el programa de Susana Griso
El detonante es una intervención televisiva. Varsavsky, empresario conocido por fundar compañías de telecomunicaciones y por su actividad inversora, defendió a Trump frente al conjunto de contertulios y cargó contra el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. El resumen que circuló fue contundente: «Esto es el fin de la cultura woke».
La reacción inmediata fue de aprobación en sectores que llevan años señalando el agotamiento del discurso progresista. Se lee como una conversión, como la enésima señal de que el viento cambió. Otros, en cambio, ven una operación más antigua: el mismo personaje que promovió determinadas causas durante años aparece ahora en el lado opuesto, y eso no lo convierte en aliado de nadie.
La cita de Hitler que se pone encima de la mesa
El mensaje que abre el asunto no se queda en la anécdota televisiva. Rescata un fragmento de
Mi lucha, de 1924, en el que se describe una supuesta división de funciones dentro de la prensa: una parte atacaría de forma grosera todo lo sagrado, mientras otra, presentada como demócrata-burguesa y objetiva, evitaría las expresiones crudas y las acciones de violencia. La lectura que se propone es que esa moderación aparente sirve de coartada.
Es un argumento viejo, y conviene decirlo con claridad: atribuir a un colectivo una estrategia coordinada de manipulación es una generalización sin base verificable. Pero el uso de esa cita como herramienta retórica dice algo del estado del debate. Ya no se discute si un empresario tiene razón, sino qué función cumple dentro del sistema quien aparece en televisión defendiendo una posición y luego la contraria.
El giro de Varsavsky: ¿convicción o cambio de bando?
Hay una línea de análisis que no se molesta en discutir el fondo del mensaje y va directa al emisor. Varsavsky lleva años vinculado a causas que hoy se etiquetan como woke. Su cambio de discurso se lee como adaptación al péndulo, no como conversión. La pregunta que sobrevuela es simple: si el viento sopla en otra dirección, ¿cuántos de los que hoy denuncian el wokismo lo hacían ayer?
Enfrente está la lectura opuesta: alguien puede cambiar de opinión sin que ello invalide lo que dice. El argumento del «ya lo decía yo» no refuta una afirmación, solo descalifica a quien la hace. Y en un ecosistema donde el adversario es siempre el mismo, la coherencia personal se convierte en el único criterio disponible.
El papel de los medios y la sospecha sobre el relato
El otro eje del asunto es el mediático. Se sostiene que determinados programas defienden cualquier cosa que vaya contra lo que se presenta como civilización occidental, y que el empresario invitado rompió el guion. La sorpresa no está en lo que dijo, sino en dónde lo dijo.
De ahí salta la desconfianza estructural: si el sistema invita a alguien a defender una tesis incómoda, es porque esa tesis ya no incomoda a nadie con poder. La presencia televisiva funcionaría como señal de que la posición ha sido absorbida. Es una hipótesis circular, imposible de falsar, y precisamente por eso tan difícil de rebatir en un plató.
De la televisión al poder concentrado: el salto de escala
La conversación deriva hacia algo más grande. Se argumenta que el poder concentrado, ese dúo entre Estado y capital, contempla a la población como cifras en una hoja de cálculo, y que quienes hoy se quejan harían lo mismo si ocuparan esa posición. La crítica al wokismo, desde este ángulo, sería una disputa entre administradores del mismo sistema, no una rebelión contra él.
Aparece también la tesis de que la raza no es el factor determinante, sino la cultura, y que el racismo histórico sirvió más para eliminar a los propios que para otra cosa. Son afirmaciones que se lanzan sin datos y que conviene tratar como lo que son: opiniones fuertes dentro de una discusión que mezcla economía, identidad y geopolítica sin demasiado rigor.
Qué se puede concluir de todo esto
El episodio deja tres capas. La primera es una intervención televisiva concreta. La segunda, el uso de un texto de 1924 como clave interpretativa del presente. La tercera, una sospecha generalizada hacia cualquier figura pública que cambie de discurso cuando cambia el viento.
Lo llamativo no es que alguien cite a Hitler en una discusión. Es que la cita resulte, para una parte del público, más explicativa que cualquier dato económico sobre quién gana y quién pierde con el fin del wokismo. Ahí está el dato que descoloca: cien años después, el manual sigue resultando más útil que el balance.