El portaaviones Abraham Lincoln roza el límite: 260 días de misión sin tocar tierra
¿Qué le ocurre a una tripulación que lleva 260 días confinada en un portaaviones, con espacio limitado y sin permisos para bajar a tierra? Los incidentes a bordo del USS Abraham Lincoln, con marineros que intentaron lanzarse al mar, apuntan a un desgaste psicológico extremo. Las hipótesis van del efecto del eclipse a una combinación de estimulantes y jornadas interminables, pero la más recurrente es la duración de la misión.
El dato que más llama la atención es la composición de la dotación. Según el análisis de la Armada estadounidense, se usaría un sistema mixto de militares y civiles; parte de estos civiles habría firmado por tres meses y llevaría casi un año embarcado. Ese desfase contractual explicaría, en parte, que el límite se haya superado con creces. Hay quien compara la situación con la Segunda Guerra Mundial, cuando ni en los barcos más pequeños se pasaba tanto tiempo sin tocar puerto.
No todo el mundo acepta la lectura victimista. Una corriente sostiene que las quejas son un lujo en tiempos de guerra: la tripulación de un portaaviones no está en una trinchera bajo fuego, y si el barco hubiera entrado en aguas de Corea del Norte, habría recibido misiles balísticos o, en el peor de los casos, al submarino no tripulado Haeil con capacidad nuclear. Bajo esa óptica, el derecho a la queja se gana recibiendo fuego, no dándolo.
Los análisis más duros contraponen el factor humano al tecnológico. Sin misiles ni sistemas de última generación, el ejército estadounidense no aguantaría, según esta lectura, ni unos meses en alta mar. La pregunta de fondo no es si la tripulación está loca, sino si la cadena de mando ha calculado mal sus rotaciones. El límite de 260 días ya está escrito; la incógnita es cuántas semanas más harán falta para que alguien en Washington haga los números.