Holanda jubila su modelo colectivo y copia las cuentas individuales
El modelo de reparto tiene fecha de caducidad en Holanda. Al menos así se presenta la reforma aprobada en enero y entrada en vigor el pasado 1 de julio, que gira hacia el esquema de cuentas individuales de ahorro para la vejez, el mismo diseño que José Piñera puso en marcha en Chile en 1981. Conviene no exagerar: el sistema neerlandés nunca fue un monopolio estatal al uso. El modelo derogado ya se apoyaba en planes de empresa nutridos con aportaciones periódicas y su alcance se estimaba en el
80% de la fuerza laboral.
Con el giro, la totalidad de los trabajadores podrá acumular fondos en cuentas individuales y elegir distintos perfiles de riesgo, con un periodo transitorio de
cinco años que llevará su plena aplicación hasta 2028. La letra pequeña, como casi siempre, es otra cosa.
Qué cambia exactamente el nuevo sistema de pensiones de Holanda
El cambio de fondo no es pasar de un sistema público a uno privado, sino transformar los planes colectivos de empresa. Buena parte de las jubilaciones neerlandesas dependía de esquemas de prestación definida, es decir, de la promesa de una renta concreta a cambio de cotizar. El nuevo marco los convierte en esquemas de
contribución definida: se aporta una cantidad y se cobra lo que ese fondo haya rentabilizado al retirarse. La promesa desaparece; el riesgo, no.
Y ahí está el punto que más se discute. Un sistema de contribución definida es, para la crítica más dura, poco menos que un traspaso de la incertidumbre a las espaldas del partícipe: reconoce la incapacidad de prever la inflación y calcular rentabilidades a cuarenta años. Lo que la reforma no elimina es la pensión pública básica, que sigue existiendo como suelo del sistema.
¿Cuánto cuesta pasar del reparto a la capitalización?
Es la pregunta que desarma casi todos los debates. Los actuales pensionistas holandeses y quienes ya cotizan con cierta edad seguirán cobrando del Estado, no de las nuevas cuentas, según coinciden los participantes en el debate. Nadie les va a dejar sin ingresos por un cambio de modelo. Eso significa que durante un tiempo habrá que financiar
dos sistemas a la vez, y ahí es donde suele encallar cualquier reforma.
El caso británico se cita como referencia. Cuando el Reino Unido pasó del reparto a un esquema mixto en los setenta, dejó una generación completa en régimen transitorio que todavía colea. También se subraya la parte menos publicitada: durante esos años, el Estado retiene cotizaciones que ya no irán a ninguna cuenta individual y que el trabajador no verá nunca bajo su nombre, sostienen quienes critican el modelo de reparto. El grueso de la transición lo termina pagando, según este argumento, quien no cobrará el sistema nuevo.
El sistema holandés ya tenía tres pilares y una pensión de 1.200 euros
Merece la pena mirar el punto de partida, porque desmonta el relato de las jubilaciones doradas del norte. Holanda contaba con una pensión pública básica para todo el mundo a partir de los 65 años, con una cuantía media que, según los datos que se manejan en el debate, rondaba los
1.200 euros. Ni es un prodigio ni es insignificante: según hay quien sostiene, sale incluso por debajo de la pensión media española. Sobre ese suelo se montaban los planes de empresa y, encima, el ahorro privado individual.
Es el esquema de tres pilares que funciona, con matices, en buena parte del norte de Europa: Alemania, Austria, Suiza o Suecia. La lección es siempre la misma: el sistema estatal puro rara vez paga
pensiones holgadas, y la capitalización complementaria es la que sostiene el nivel de vida del jubilado. Aquí, en cambio, el segundo pilar sigue siendo casi decorativo.
¿Es Chile el espejo donde mirarse?
Aquí las versiones chocan frontalmente. Los defensores del modelo chileno exhiben el dato estrella: una
rentabilidad real media del 8% desde 1981, cuatro décadas de aportaciones convertidas en patrimonio. Los críticos responden que ese sistema se está desmontando ahora a toda prisa y que su impacto social fue demoledor, hasta el punto de atribuir a su diseño parte de las protestas que sacudieron el país.
Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez, y eso es lo incómodo. La capitalización genera rentabilidades y también, admiten sus críticos, bolsas de precariedad entre quienes cotizaron poco o mal. Una cuenta individual solo protege en proporción a lo que se metió dentro. El debate, por tanto, no es si el mecanismo funciona, sino a quién deja tirado por el camino.
El que llega a la vejez sin haber ahorrado nada
Es el gran argumento de quienes defienden mantener la solidaridad intergeneracional. El sistema de reparto, recuerdan, nació precisamente para amparar a quien no tenía hijos que lo mantuvieran en la vejez y quedaba desprotegido. Si se pasa todo a la cuenta individual y alguien no ahorró, ¿quién le evita acabar vendiendo lo que tiene? Los ejemplos de países sin red de seguridad se usan como advertencia: escenas de personas mayores en la calle que nadie quiere ver aquí.
La réplica llega desde el norte: en países con sistemas mixtos y una cultura de ahorro sostenida no hay ancianos tirados por las calles. La diferencia, sostienen, no está en repartir o capitalizar, sino en fomentar la responsabilidad individual desde la primera nómina. Sobre el papel suena impecable. Falta ver qué pasa con los que no llegan.
Puede que Holanda termine siendo el ensayo general de una transición que media Europa mira de reojo. Si el rodaje hasta 2028 sale bien, más países se animarán a cortar el cordón del reparto. Si sale mal, el giro neerlandés quedará archivado como la advertencia que nadie quiso escuchar a tiempo.