Málaga a 30 grados en diciembre y Moscú con la mayor nevada en cien años
A 30°C en Málaga en pleno diciembre y, a la vez, la mayor nevada en cien años en Moscú. El termómetro se ha convertido en el campo de batalla del
cambio climático: cada cual mira por su ventana y saca una conclusión distinta del mismo planeta. Quien vive en el sur cuenta sequía permanente, pantanos en mínimos y cortes de agua nocturnos incluso en invierno. Quien vive en el norte describe lluvia, viento y un frío que pela. El desacuerdo no es meteorológico, es de confianza: qué vale más, lo que uno ve desde la acera o lo que dice un modelo a escala planetaria.
Qué se ve desde cada ventana, del pantano seco al abrigo de diciembre
El mapa que dibujan las respuestas es más variado de lo que sugiere el titular del calor global. En Madrid y Guadalajara, sostiene el planteamiento inicial del asunto, la subida se nota «muchísimo». En Málaga, la sequía es estructural: pantanos en mínimos y cortes de agua por la noche todos los días, también en invierno. Frente a eso, a una hora de Barcelona y en la costa, hay quien ha visto gente en bañador junto a la piscina durante octubre, noviembre y diciembre, y baños en playa hasta mediados de noviembre.
No es la única fotografía. En Cáceres se describe un otoño más lluvioso que la media y temperaturas acordes a la época, con la sensación de que hay un relato interesado detrás de cada dato. En Donostia, lluvia y frío. En Levante, madrugadas cerca de los cero grados y un frío húmedo que echa a la gente de la calle en cuanto se va el sol. Y en una montaña nevada de
2.001 metros, un testimonio señala que un metro por debajo de la cima ya no hay nieve. Cuatro ventanas, cuatro climas.
El clima siempre ha cambiado: sequías seculares y glaciaciones que no llegaron
Aquí está el argumento más repetido: el clima cambia desde antes de que existiéramos. Se recuerdan predicciones catastrofistas que nunca se cumplieron —la glaciación para el año 2000, el agujero de ozono que iba a acabar con la vida, la lluvia ácida que arrasaría las cosechas, el clima tropical prometido para Asturias— y se concluye que el episodio actual es uno más de la lista.
El contrapeso llega desde la historia agraria: hay productos extremadamente sensibles al clima, como el vino, que llevan milenios produciéndose en las mismas zonas —Jerez, el Ebro— sin que el mapa se haya movido. Y la sequía en la península tiene precedentes documentados. Quien defiende la tendencia responde que una cosa son las excepciones y otra las tendencias: inviernos más cálidos y sequías mediterráneas más largas, intensas y frecuentes. Nadie ha cerrado ese párrafo.
¿Se nota en la piel medio grado de más en un siglo?
En el plano individual, no: según el cálculo que plantea un participante, el cambio atribuido —0,76°C en cien años— es menos de una centésima de grado al año, una variación que ningún cuerpo humano distingue sin instrumental. De ahí sale la conclusión más dura: quien dice notarlo en la calle está notando otra cosa, probablemente lo que cuenta la televisión.
La respuesta desde el otro lado apunta al método, no a la percepción. Lo que se compara no son dos veranos, sino series largas, y las series que se citan —el
diciembre más cálido desde 1961, según los registros difundidos— no describen una excepción puntual, sino un patrón. Y luego está el agua: una sequía no se mide en grados.
El hielo que crece, el mar que no sube y el CO2 de Marte
Contra el relato dominante se acumulan contraejemplos. Que la capa de hielo ha aumentado más de un
30% en la última década. Que el nivel del mar no ha subido en siglos. Que la atmósfera de Marte es
95,3% CO2 y no tiene efecto invernadero que valga. Que en la Antártida el hielo crece mientras en Moscú cae la nevada del siglo. Se añaden los volcanes —más de 1.500 activos, unos 60 en erupción cada año— y la actividad solar como causas que nadie contabilizaría.
Hay también quien apunta a la manipulación climática y a instalaciones de radiofrecuencia, una hipótesis que no está respaldada por pruebas y que sostienen quienes ya no discuten el clima, sino quién lo controla. El indicador que sí se mira de reojo en los datos que circulan es la extensión de hielo: la línea que marca la media de
1981-2010 y los años del siglo XXI que la superaron. El gráfico existe, y no siempre está del lado del susto.
¿Es el cambio climático un impuesto con boina de ciencia?
La sospecha económica recorre medio debate. Si combatir el clima cuesta dinero —impuestos directos o indirectos, tasas, peajes—, para una parte del personal es un tongo de manual. Se habla de un mercadeo de derechos de emisión que está haciendo millonarios a unos pocos, de una causa sencilla —el CO2 que emitimos— repetida hasta la saciedad porque el mensaje simplón es el que cala. Y se describe el asunto como una nueva religión con dogmas incuestionables, profetas y su correspondiente inquisición.
En el lado opuesto, la crítica al alarmismo no exime de la evidencia de base: la sequía del Mediterráneo, la subida de temperaturas y el consumo de agua de una población mucho mayor que hace cuarenta años. Unos miran la factura; otros, el termómetro.
Con estas piezas, el mapa del escepticismo climático en España tiene más de mapa de experiencias que de ideología: quien tiene el pantano seco desconfía del que presume de chaqueta. Si dos vecinos de la misma provincia no se ponen de acuerdo mirando el mismo cielo, ¿en qué ventana debería mirarse el planeta?