Europa no está preparada para la guerra y los ciudadanos no quieren combatir
El 27 de mayo de 2024, España anunció un envío de armas a Ucrania por valor de 1.100 millones de euros, la mayor ayuda militar de su historia. Sin embargo, la pregunta que late bajo esa cifra es incómoda: ¿está Europa dispuesta a defender ese compromiso con sangre propia? El debate ciudadano —no el oficial— revela una brecha insalvable entre la retórica bélica de Bruselas y la realidad social de una población que, en palabras de un analista, "es la más mansa e indefensa de la historia de la humanidad".
La población europea no quiere ir a la guerra
Una corriente mayoritaria del análisis sostiene que el europeo medio, y especialmente el español, carece de cualquier incentivo para combatir. Los argumentos se repiten: la clase política es percibida como corrupta, antipatriota y desconectada de los intereses nacionales. "Luchar para defender a la clase política española, amoral, antipatriota y corrupta hasta las trancas", resume un participante. A esto se suma la percepción de que la guerra sería en defensa de intereses ajenos —"la inmigración descontrolada, las leyes anti-hombres, la agenda 2030"— y no de la nación. El resultado es una resistencia pasiva que roza el pacifismo radical: nadie quiere morir por un proyecto político que no siente como propio. Esta corriente se refuerza con la idea de que la población ha sido "domesticada" por décadas de bienestar y medios de comunicación, hasta perder la capacidad de reacción violenta.
La capacidad militar real: parados e industrias a medio gas
En el extremo opuesto, una minoría argumenta que Europa cuenta con recursos materiales suficientes: un alto número de parados que podrían ser movilizados, industrias paralizadas que reconvertir a producción militar y ejércitos profesionales que servirían como base. "Muchos parados. Muchas industrias paralizadas o a medio gas sin desmantelar aún", apunta un análisis minoritario. Sin embargo, este optimismo choca con la evidencia empírica: en la guerra de Ucrania, Rusia, con una economía muy inferior a la de la OTAN, ha demostrado una capacidad de producción y resistencia que Europa no ha logrado igualar. "Putin ahora mismo no puede ni conquistar un puente a un kilómetro del frente", ironiza un escéptico, pero la realidad es que la guerra se ha enquistado. Además, incluso en un escenario convencional favorable, el coste humano y político de una movilización masiva sería inmenso.
El peligro de los veteranos que vuelven del frente
Un argumento recurrente entre los analistas más lúcidos es el riesgo político que supone crear un ejército de ciudadanos armados y entrenados. La historia —desde la República de Weimar hasta los golpes de Estado en el sur de Europa— muestra que los veteranos de guerra pueden convertirse en una fuerza desestabilizadora. "Para lo que no está preparada Europa es para que vuelvan veteranos que han dejado de ser unos sojas en el frente", advierte un observador. Hombres que han visto la muerte, que han perdido la confianza en las instituciones y que regresan con una visión suspicaz de la política. Gobiernos tan frágiles como los actuales deberían pensarlo dos veces antes de armar y adoctrinar a una masa de hombres blancos cabreados.
La pregunta que el debate no resuelve es si la Unión Europea está dispuesta a asumir el riesgo de una sociedad militarizada para defender un orden que ni siquiera sus ciudadanos apoyan de forma mayoritaria. El dato de los 1.100 millones en armas sugiere que los gobiernos se preparan para lo peor, pero la voluntad popular apunta en dirección contraria.
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