Acampada en Sol: alquileres baratos y el mito franquista
La acampada de Sol ha devuelto el precio de la vivienda al centro de la conversación pública. La reclamación es sencilla:
alquileres seguros, asequibles y pisos baratos. Cualquier partido firmaría ese programa. La incomodidad llega cuando alguien pregunta quién construye ese parque de vivienda social, y la respuesta más repetida señala a un periodo que no era precisamente democrático.
Qué piden los acampados de Sol
Tres cosas, y conviene decirlas sin adornos: rentas que no devoren el sueldo, contratos estables y vivienda pública a precios que no los fije el mercado. Nada de eso es una excentricidad ideológica. En un mercado del alquiler tensionado, cualquiera que haya firmado un contrato reciente sabe lo que cuesta el metro cuadrado en una capital.
El problema es que pedir
«pisos baratos» es fácil y construirlos, no. La vivienda social no se improvisa: necesita suelo, dinero y —esto casi nunca se dice— décadas de planificación sostenida.
¿Construyó Franco más vivienda social que la democracia?
Es la frase que enciende el asunto. Se sostiene que el dictador Francisco Franco levantó
más vivienda social que los gobiernos democráticos posteriores a 1978. La comparación se lanza como si fuera un hecho incuestionable y, como toda simplificación, esconde una parte de verdad dentro de bastante
mercadotecnia histórica.
Hay quien lo lleva al extremo y asegura que el Régimen del 78 no ha construido «ni una sola vivienda social» ni un solo pantano. Tomado al pie de la letra, eso es falso, y quien lo repite lo sabe. La discusión seria no es si la democracia construyó cero, sino si el volumen de promoción pública de las últimas décadas está a la altura del problema que dice resolver. Ahí el aprobado no está garantizado.
Conviene añadir el contexto que suele faltar: la vivienda «social» del franquismo se edificó en un país con otra estructura urbana, sin libertad de prensa y con planes centralizados. Comparar cifras brutas entre aquella España y la actual es un ejercicio tan popular como tramposo.
El inmobiliario como «far west»
El diagnóstico que late bajo la protesta es menos histórico y más terrenal. Hay quien avisa de que el mercado inmobiliario va a peor, que el descontrol favorece a los operadores sin escrúpulos y que se va a
exprimir cada metro sin piedad. No hace falta compartir la brocha gorda para reconocer la tensión:
oferta escasa, demanda embalsada y precios que se resisten a bajar.
Sobre ese polvo se monta la paradoja política. Si lo que se pide es vivienda protegida y alquiler tasado, algunos señalan con retintín que
VOX, que presume de defender la vivienda popular, debería apoyar la acampada en lugar de mirar hacia otro lado. La ironía, como casi siempre, señala más a quien calla que a quien protesta.
Lo que viene
El debate real no es Franco sí o Franco no. Es cuánto parque público de alquiler es capaz de levantar un país que lleva décadas fiándolo todo al ladrillo privado. Mientras eso no se resuelva, la comparación con la dictadura seguirá funcionando como titular, aunque sea por la vía del cabreo. Cabe esperar que las acampadas se multipliquen y que la vivienda siga en el centro del pulso político; lo que no está tan claro es que la oferta pública llegue a tiempo de desactivar el argumento.