El escenario musical se acerca al puticlub
La transformación del espectáculo musical en un escaparate de sexualidad explícita centra un debate que lleva 673 días abierto en un foro de economía. Lo que antes se asociaba a locales de alterne, sostienen algunos, se ha trasladado a los grandes escenarios: cantantes que apenas cantan y que convierten el cuerpo en el principal reclamo. La discusión, con 167 respuestas, ha derivado en un análisis sobre la industria, el feminismo y la pérdida de talento.
De la provocación de Madonna a la desnudez como norma
La conversación arranca con una queja: cada vez son más las supuestas cantantes que actúan prácticamente desnudas o con ropa que no corresponde a una actuación musical. Su principal atributo, se dice, es comportarse como una babuina sobre el escenario. La respuesta no se hace esperar: hay quien recuerda que el cabaret de toda la vida ya era eso. La provocación sexual en el espectáculo no es nueva. Se citan ejemplos como Madonna en los años 90 o Sabrina, a quien ya se le escapaba una teta hace treinta años. La diferencia, argumentan, es la escala y la normalización.
El negocio, apunta un análisis, siempre ha explotado el comodín del sexo. La mujer lo lleva en su caja de herramientas, y el éxito social de muchas compañeras de trabajo se debe, según esta tesis, a que los hombres fingen que caen bien porque se las tirarían si se diera la oportunidad. En un contexto victoriano, el recato no elimina el sexo como moneda de cambio; simplemente lo esconde. La discusión se enreda con la idea de que la programación cultural y la liberación sexual se han combinado para vender como empoderamiento lo que antes era simple provocación.
¿Es liberación femenina o puro marketing?
El eje del desacuerdo está en la interpretación. Para unos, estas actuaciones son la prueba de que el feminismo ha convertido la exhibición en bandera: si lo dice un hombre, es cosificación; si lo dice una mujer, es liberación sexual. Para otros, es una operación de marketing que oculta la falta de talento. La ausencia de verdadero talento se enmascara enseñando cacho, sostiene un participante, que contrapone a estas artistas con figuras como Nina Simone, Janis Joplin, Billie Holliday, Tina Turner, Patti Smith, Björk o Aretha Franklin, que nunca necesitaron salir desnudas al escenario.
La crítica se extiende a la calidad musical. Se afirma que la gran mayoría ni tiene voz ni sabe cantar sin respaldo de la electrónica. La
música es creatividad y virtuosismo, algo que le queda muy grande a estas marionetas del globalismo, se llega a decir. Frente a esto, otra corriente defiende que el cuerpo de una mujer joven es atractivo y no debería ocultarse, y que quien no quiera verlo, que no vaya a esos conciertos. La discusión se convierte en un choque entre quienes ven una degradación y quienes lo consideran simple adaptación a los tiempos.
La saturación del porno gratuito y el límite del morbo
Un argumento recurrente es el efecto de la disponibilidad ilimitada de pornografía. Cuando hay menos material disponible, enseñar los pololos ya excitaba a los hombres; ahora, con porno gratis en internet al alcance del móvil, las artistas tienen que ir más al límite para captar atención. Es la lógica del negocio del entretenimiento llevada al extremo. Algunos avisan de que el resultado es la saturación: lo que antes acababa en una paja, ahora solo produce hastío.
La conversación también aborda el papel del público. Se observa que el principal público de estas artistas son mujeres y hombres homosexuales, lo que desmonta la idea de que todo sea una estrategia dirigida al varón heterosexual. Otros señalan que el ejemplo que dan a las chavalas es nefasto, y que muchas acabarán como juguetes rotos culpando a los machirulos heteropatriarcales sin autocrítica. La discusión se atasca en si la responsabilidad es de la industria, del público o de las propias artistas.
El cuerpo como moneda de cambio: ecos de un debate antiguo
En los márgenes del debate aparecen posturas más radicales. Una de ellas sostiene que la mujer es prostituta de nacimiento y que toda su existencia consiste en utilizar sus atributos sexuales como moneda de cambio, un conocimiento que las madres transmiten a las hijas. Otra afirma que no hay ser más traicionero que ellas y que muchas tienen mentalidad de quinceañeras toda su vida. Estas opiniones, aunque presentes, no representan el consenso ni se sostienen con datos; son la broza que suele arrastrar cualquier discusión sobre sexualidad y espectáculo.
Más matizado es el análisis de quienes distinguen entre sensualidad y vulgaridad. Se echa de menos la elegancia de Marilyn moviendo una ceja frente a la exhibición explícita actual. El ejemplo que dan a las chavalas es nefasto, insisten. Y aparece la comparación con el cabaret clásico, que era más elegante. La nostalgia de un erotismo sugerido frente a la carne mostrada sin imaginación recorre buena parte de las respuestas.
La evolución del fenómeno: de Sabrina a TikTok
El hilo traza una línea temporal. Hace treinta años, a Sabrina se le escapaba una teta cantando su Boys. En los 90, Madonna ya escandalizaba. En los 2000, Beyoncé o Jennifer López continuaron la estela. Hoy, Dua Lipa y similares son el producto de consumo rápido. La novedad no es el destape, sino su institucionalización como norma del pop. Algunos recuerdan que en los institutos ya se grababan DVDs con estos vídeos y se vendían por uno o dos euros, como si fuera porno de contrabando. La diferencia es que ahora todo está a un clic y el público es global.
La conversación deriva hacia el papel de las redes sociales. Una cantante que aparece en TikTok levantándose la minifalda para enseñar la braga es el ejemplo extremo. Se denuncia que todo esto se vende como liberación de la mujer, como sacarse el sujetador. Y se augura que no falta mucho para que se aparten el tanga a un lado en medio del escenario. La espiral parece no tener freno, y nadie vislumbra dónde está el límite.
El análisis se atasca en una contradicción sin resolver: si el cuerpo es una herramienta de empoderamiento, ¿por qué su explotación comercial recuerda tanto al viejo negocio del alterne? Nadie da una respuesta que contente a todos. Mientras, los escenarios siguen llenándose con actuaciones que cada vez se parecen más a lo que antes se veía en un puticlub.