La mitad de España pesa de más y el kilo de avena cuesta 1 euro
Un participante cuenta que en un hipermercado una bolsa de un kilo de avena marca 1 euro. Con ese dato doméstico se entiende mejor el punto de partida: la mitad de los españoles vive con sobrepeso, una condición asociada a diabetes tipo 2, hipertensión y problemas cardiovasculares, que recorta calidad de vida y encarece el sistema sanitario.
El diagnóstico que se maneja señala dos causas. La primera, el desplazamiento de la dieta mediterránea por
ultraprocesados cargados de grasas saturadas, azúcar y sal. La segunda, un sedentarismo instalado en las jornadas de oficina, las pantallas y los trayectos en coche. La receta propuesta pasa por educación nutricional, carriles bici, parques, impuestos a la comida basura y subvenciones a los productos frescos. Sobre el papel, impecable. En la práctica, alguien tendría que cocinar todo eso.
Cocinar bien exige un tiempo que la jornada laboral se ha comido
Aquí llega el primer choque. Buena parte del análisis sostiene que la dieta mediterránea no es un menú, es una logística: recorrer varias tiendas, moverse por carnicería, pescadería y frutería, comprar fresco que caduca en dos días, cocinarlo y limpiar después. Un trabajo no remunerado que exige horas. Y las horas, con jornadas de doce horas, no aparecen.
La consecuencia es conocida: se llena el carro de precocinados y se recurre al microondas. Desde ahí, pedir carriles bici contra la obesidad suena a broma cuando el problema es que nadie llega a casa con fuerzas para encender un fuego. El mismo escepticismo alcanza a las políticas públicas como fórmula: hay quien defiende que horarios razonables y comercio de proximidad harían más que cualquier subvención. Hay quien añade un factor cultural que suele pasarse por alto: casi toda celebración en España se organiza alrededor de una comida copiosa, y la ansiedad cotidiana se calma con azúcar y harinas. Comer mal no es solo no saber; es también estar cansado y nervioso.
El relato de las calorías se queda corto: leptina, insulina y cortisol
Frente al dogma de contar calorías —el de las gallinas que entran por las que salen— aparece una explicación más fisiológica. La tesis que circula: el problema no está solo en cuánto se come, sino en cuándo y con qué ritmo hormonal. Unos
ritmos circadianos destrozados por las pantallas y las cenas tardías producirían resistencia a la leptina y, en cadena, a la insulina. El cuerpo acumula grasa aunque la ingesta no sea disparatada.
De ahí salen recetas concretas. Una: ordenar la comida por macronutrientes, primero proteínas, después grasas, y los carbohidratos al final. Otra: reducir carbohidratos para esquivar los picos de insulina, con la advertencia de que un ayuno prolongado dispara el cortisol y complica el sueño a partir del tercer día. Y una tercera más sencilla: el NEAT, la actividad física no asociada al ejercicio, que suma más que cualquier sesión de gimnasio. Ir andando, subir por las escaleras.
El caso que se cita como prueba no pisa un gimnasio. Llegó a
105 o 110 kilos en la universidad —todo el día sentado, comida rápida— y, bajando el pan, los dulces y el picoteo entre horas, en las pasadas navidades marcaba 87, hoy va por 82 y quiere frenar en 79 para no parecer delgaducho. Otro probó a base de carne durante meses, perdió kilos y notó que le faltaba algo.
Comer bien también es una cuestión de renta
El tercer eje es económico. El argumento: cuando el sueldo no llega, se recorta en la cesta. Y recortar significa cambiar carne, pescado, fruta y verdura por hidratos baratos y preparados cargados de sal y azúcar. Con esa base, engordar exige muy poco descuido. Hace tres siglos, estar gordo era signo de riqueza; hoy señala lo contrario.
La réplica no niega el problema, pero lo acota: en España comer medianamente bien no es carísimo, y la avena está a un euro el kilo. La diferencia entre unos y otros estaría en la organización y la constancia, no solo en el bolsillo. Lo que casi todos admiten es que el hábito de comprar y cocinar se ha perdido en una generación.
El dato que descoloca
Mientras la alarma oficial insiste en el peso como problema de salud pública, un dato se cuela por la grieta: según un estudio que se cita, la mortalidad más baja se registra en el rango de IMC de
25 a 30, justo el del llamado sobrepeso. La paradoja se complica con la memoria del propio discurso médico: el pescado azul fue colesterol y hoy es panacea; la grasa fue el enemigo y ahora lo son los carbohidratos. Cada década reescribe el menú. La única constante es que media España sigue pesando de más mientras el kilo de avena espera en la estantería.