Llorente y Ferran: 10.000 euros en dos botellas, el lujo extremo del fútbol
Los futbolistas del Athletic Club, Fernando Llorente y Ferran Torres (aunque este último juega en el Barcelona), han vuelto a encender el debate sobre el consumo ostentoso de las élites deportivas. Una imagen en la que aparecen brindando en el restaurante Jondal de Ibiza con dos botellas de vino que, según los datos publicados, superan los 10.000 euros de factura ha corrido como la pólvora en redes sociales. La reacción no se ha hecho esperar: envidia, crítica social y defensa del libre mercado se mezclan en un cóctel explosivo.
Las cifras del dispendio
La botella más cara de la velada es un Domaine de la Romanée-Conti Corton 2022, cuyo precio de salida en tienda ronda los 4.290 euros. La acompaña un Georges Roumier Chambolle-Musigny 2020, valorado en unos 1.200 euros. En conjunto, el coste en origen asciende a 5.490 euros, pero en un local de lujo como Jondal —conocido por su carta de vinos exorbitante— la suma final se dispara hasta los 10.000 euros, según estimaciones. Para ponerlo en perspectiva, el IVA del 21% de esa cuenta ya supone unos 2.000 euros que van directos a las arcas públicas.
¿Calderilla o derroche? La economía de las proporciones
Algunos analistas han señalado que, en términos proporcionales, lo que para un ciudadano medio son 10 euros, para futbolistas con ingresos anuales de varios millones supone una cantidad casi testimonial. Un usuario lo expresó así: 10 euros sobre un salario de 1.000 equivalen al 1%; 10.000 euros sobre 1.000.000 también son el 1%. La misma fracción, distinta percepción. Sin embargo, la crítica no se centra en la proporción, sino en la señal que envía: la ostentación como valor social.
El dilema del ídolo y el referente
El suceso ha reabierto la vieja polémica sobre quiénes son los referentes de la sociedad. Mientras unos defienden que cada cual gaste su dinero como quiera, otros lamentan que figuras públicas promuevan el consumo de alcohol de lujo como símbolo de éxito. Se ha llegado a argumentar que sería más loable destinar esos fondos a causas benéficas, aunque también hay quien recuerda que el dinero gastado en experiencias de lujo no se invierte en vivienda ni en bienes de primera necesidad, lo que —paradójicamente— podría aliviar la presión sobre esos mercados.
La paradoja del IVA y la redistribución
Uno de los puntos más curiosos de la discusión es el tributario. Pagar 2.000 euros de IVA por una cena puede considerarse una forma voluntaria de contribuir al erario público. De hecho, desde ciertas posiciones liberales se aplaude este consumo como mecanismo de redistribución: el rico paga impuestos sin que el Estado tenga que subírselos a la fuerza. Pero la mayoría de los comentarios no lo ven así: lo que escandaliza no es que gasten su dinero, sino que lo hagan de forma tan visible y aparentemente vacía.
Un lujo sin paladar
Otra línea de análisis cuestiona el valor real de estos vinos. Se argumenta que, a partir de cierto precio, la calidad no es proporcional al coste: un sumiller experto podría apreciar matices, pero el común de los mortales —incluidos los futbolistas— difícilmente distinguiría un vino de 100 euros de uno de 10.000 en una cata ciega. La conclusión es que el precio obedece más al marketing y al postureo que a una experiencia superior. No es el vino, es el símbolo.
Con estas botellas, Llorente y Ferran han conseguido algo que no logran en el campo: unir a las masas en un mismo clamor, aunque sea de indignación. La próxima vez que vea una botella de 4.000 euros, recuerde que, al menos, Hacienda sonríe.