Una lista de 165 cuentas prorrusas reabre el fantasma de las listas
Alguien decide dejar de discutir y opta por el botón de ignorar. No con una persona: con 165. La lista de cuentas señaladas como prorrusas nace del hastío que provoca ver justificar la invasión de Ucrania y viene a silenciar el ruido. Ha encendido otra mecha. El detonante es concreto: la sensación de que una parte del público repite el relato del Kremlin sin coste alguno.
No es un episodio aislado. Es la enésima vuelta de tuerca a un conflicto que arrastra su propia subguerra doméstica: cómo se combate el discurso ajeno sin convertirse en aquello que se critica.
Qué se discute cuando se discute una lista de exclusión
Reunir
165 nombres no es un comentario al aire, es un mecanismo. La vía más barata de la discusión digital es ejecutarla sin citar, sin rebatir y sin dar altavoz. Así lo defienden quienes sostienen que la propaganda muere de indiferencia y no de argumentos. La lista, además, se ordena como un censo: se añade a quien discrepa y se le invita a marcharse. En ese gesto late algo viejo.
La réplica no se hizo esperar. Una corriente defiende lo contrario: que ya pasó el momento de echarles el lazo y ahora toca ridiculizarlos. La idea es que muchas de esas posturas solo se expresan porque se perciben como mayoritarias, y que humillarlas cumple una función social. Dos tácticas opuestas, el silencio y la burla, para el mismo adversario.
El paralelismo incómodo con las listas de la Guerra Civil
El golpe más repetido contra la iniciativa llegó desde su propio flanco. Señalar nombres y repartirlos recuerda demasiado a lo que ya se hizo en España en 1936. La acusación —
ya están aquí los de la checa haciendo listas— no vino de los señalados, sino de quienes se declaran neutrales. Es el problema clásico de la herramienta: la usas para defender la libertad y acabas construyendo un fichero.
Hay una defensa a medias posible. Ningún listado de este tipo obliga a nada: solo ordena a quién no leer. La distinción se diluye cuando el listado crece, cuando mezcla a defensores del Kremlin con críticos de la OTAN a secas y cuando el criterio real no es apoyar a Moscú, sino discrepar de Washington. Varios de los incluidos lo hicieron notar:
la lista mete en el mismo saco a anti-Putin y a anti-OTAN.
La geopolítica que se cuela por la ventana
Debajo del rifirrafe hay un asunto serio, y conviene no perderlo de vista. El argumento que más se repite no es de simpatía hacia Moscú, sino de desconfianza hacia el bloque occidental. La tesis circula así: Rusia debía haber sido un aliado natural de Europa Occidental, Estados Unidos no lo quiere y la vía para impedirlo es tensar Ucrania; el gran perjudicado de la jugada es el propio continente, que se pega un tiro en el pie haciendo el juego ajeno.
De ahí baja la factura a la cocina de casa: hipoteca, gas, electricidad, paro y fin de mes. Quien no llega, sostienen, se acordará del diseño europeo y de sus gestores mucho después de haberse olvidado de la geografía. Es el marco económico que convierte una discusión militar en discusión de bolsillo.
¿Cuántos apoyos le quedan a Putin en el mapa?
Un recuento se hizo hueco entre tanta trifulca. En la votación de la ONU contra Rusia,
141 países se pronunciaron a favor y 35 se abstuvieron, con Venezuela fuera del recuento. Eso deja el respaldo incondicional reducido a un puñado: Bielorrusia, Eritrea, Siria y Corea del Norte. En paralelo, otro dato apuntaba a la unanimidad institucional europea: fuerzas alejadas entre sí coincidieron en aplaudir al embajador ucraniano.
Ese contraste —muchos países frente a cuatro— es el que algunos usan para medir la temperatura real del conflicto, por encima del ruido de las trincheras digitales.
El decreto ucraniano que permite alistarse a extranjeros
En medio del cruce de reproches sobre quién defiende de verdad la causa, alguien sacó a la luz la letra pequeña. Un decreto presidencial ucraniano, el
No. 248 del 10 de junio de 2016, regula el servicio militar de extranjeros y apátridas: permite incorporarse voluntariamente a las Fuerzas Armadas de Ucrania y a sus fuerzas de defensa territorial. El gesto tenía destinatario claro: quien tanto anima a luchar, que se aliste.
Y, como suele pasar, el requisito de valentía ajeno choca siempre con la comodidad propia. Pocos dieron el paso.
Queda un dato que no encaja del todo. Se hacen listas para expulsar de la conversación, pero los listados no expulsan a nadie: multiplican el eco. Cada nombre añadido convierte a un desconocido en un bando, y a quien ignoraba la disputa en espectador. La herramienta del silencio es, medida en tráfico, una máquina de amplificar. Ignorar, resulta, es justo lo que casi nadie hizo.