El 45% de los ocupados son mujeres: el debate entre empleo y natalidad
La mitad de los puestos de trabajo en España los ocupan mujeres. Son
8,65 millones de ocupadas sobre un total de 18,998 millones —el 45% de la fuerza laboral—, según la Encuesta de Población Activa (EPA) del cierre de 2017. Ese dato, en apariencia neutro, alimenta una de las tesis más repetidas: que la entrada masiva de la mujer al trabajo remunerado es causa directa de la caída de la
natalidad. Hay una parte del argumento que se apoya en números reales y otra que no aguanta el menor análisis.
Cuántas mujeres trabajan en España y en qué sectores
Del total de ocupadas, el
87,8% son asalariadas (7,5 millones). Un 11,5% son emprendedoras —casi un millón— y el 0,7% restante, unas 59.000, figuran como socias de cooperativas, voluntarias o ayudantes en el negocio familiar. El reparto por actividad es casi un monocultivo:
7,6 millones trabajan en servicios, el 88,8% del empleo femenino. La industria ocupa a 660.600 mujeres (7,7%), la agricultura a 194.900 (2,3%) y la construcción a 99.100 (1,2%), cifras ambas residuales.
El desglose sirve para lo de siempre: poner cifras donde suele haber humo. Y el humo llega rápido.
¿Por qué se vincula el empleo femenino con menos hijos?
El mecanismo se describe con dos patas. La primera: una mujer en edad fértil que pasa ocho horas al día en un puesto de trabajo retrasa o descarta la maternidad, y con ella el segundo y el tercer hijo. La segunda, más discutida: cada empleo ocupado por una mujer es un empleo que no ocupa un hombre, y sin ingresos estables ese hombre no forma familia. De ahí salta la conclusión que se repite: en un país con paro elevado y automatización creciente, lo
racional sería que ellas dejaran el mercado laboral y se dedicaran a la crianza.
El salto lógico es grande. La correlación entre más mujeres ocupadas y menos nacimientos está documentada; la causalidad directa, no. Los demógrafos llevan años señalando que hay un tercer factor —el coste de la vivienda, la precariedad, el retraso de la emancipación— que empuja en la misma dirección y que no tiene género.
Las cifras que se usan para hablar de extinción
No faltan los números rotundos: que el planeta supera los
7.500 millones de habitantes, que solo un 2% de la población mundial serían mujeres de ascendencia europea en edad fértil, que los nacimientos de madres extranjeras crecen sin freno. Se presentan como prueba de un supuesto proyecto demográfico deliberado, pero no proceden de ninguna fuente estadística verificable. Lo que sí muestran los registros oficiales es que España ronda los 47 millones de habitantes y que su pirámide de población se estrecha por la base: un patrón común a toda Europa occidental, no un caso aislado.
El mito de la mujer que no trabajaba
Conviene desmontar una idea previa: que antaño las mujeres no trabajaban. En 1900 la mayoría trabajaba, en el campo, en la fábrica o en el negocio familiar. Solo las mujeres de clase media podían permitirse quedarse en casa, y eran minoría. La ama de casa a tiempo completo sostenida por un único salario es un fenómeno reciente y de corta vida. Sobre esa fotografía idealizada se construye hoy medio debate.
El reemplazo demográfico: la tesis que no se sostiene
Sobre la base económica se monta a veces un relato mucho más ambicioso: que existe una política deliberada para reducir la población autóctona y sustituirla por población migrante. La hipótesis circula con fuerza, pero no está respaldada por ninguna evidencia. Un análisis más terrenal apunta a lo contrario: la natalidad cae en todo el mundo a medida que avanza la urbanización, también en regiones donde no existe ni feminismo ni planificación familiar. La relación entre vida urbana y menos hijos es uno de los pocos hechos demográficos que casi nadie discute.
Hay una segunda lectura, opuesta a la primera, que gana terreno entre los análisis demográficos. Sostiene que el problema no es la mujer trabajadora sino el propio modelo económico: la baja natalidad sería el efecto colateral del progreso, el bienestar y la vida en grandes urbes, con el Estado y el capital empujando en la misma dirección. La tecnofilia y el hacinamiento urbano pesarían más que cualquier política de género. Es una tesis incómoda porque reparte la culpa entre todos en lugar de señalarla con el dedo a un grupo concreto. El cálculo completo, partida a partida, deja una conclusión que descoloca a quien esperaba un único culpable.
Si el problema fuera puramente económico —coste de criar, vivienda, salarios—, tendría arreglo de manual. Todo apunta a que no lo es. Y mientras tanto, la pregunta que nadie contesta con datos sigue siendo la única que importa: qué decide, de verdad, tener o no tener hijos.