El 11% de los bebés de 2024 tenía al menos un progenitor musulmán: las costuras del Estado del Bienestar
¿Se está gestando un cambio demográfico que nadie quiere nombrar? Los microdatos del INE revelan que el 11% de los nacimientos en 2024 corresponden a bebés con al menos un progenitor inmigrante de origen musulmán —casi siempre ambos, dada la endogamia reproductiva de esa población. En comunidades como Murcia, La Rioja y Cataluña la cifra escala al 19%, y en algunas provincias la supera. El artículo de opinión publicado recientemente en El Mundo ha abierto la caja de Pandora: España se enfrenta a un cambio en su composición étnica y religiosa cuyas consecuencias económicas apenas empezamos a vislumbrar.
El empleo femenino: la brecha que nadie cierra
El dato más incómodo para la sostenibilidad del sistema de pensiones es la tasa de empleo. Mientras que las mujeres nacidas en España en edad laboral trabajan en un 70%, las nacidas en África apenas alcanzan el 38%. Una diferencia de 32 puntos que no se explica solo por la discriminación: responde a patrones culturales de roles de género y a una menor participación en el mercado laboral formal. En el tercer trimestre de 2025, la tasa de empleo global de los nacidos en España era del 75%, frente al 67% de los inmigrantes no africanos y un raquítico 51% de los nacidos en África. Si a eso se suma que la población de origen musulmán crece por natalidad —incluso si se parara la inmigración, matemáticamente los jóvenes musulmanes serían mayoría en tres décadas—, el impacto sobre las cuentas públicas es directo: más dependencia de prestaciones y menor base de cotizantes.
Asimilación o fractura: el espejo francés
Francia lleva décadas observando a sus segundas generaciones de origen magrebí: los "beurs" y "beurettes" que, en muchos casos, se han integrado plenamente en la cultura laica occidental. Pero el proceso no es automático. Como recuerda Houellebecq en "Sumisión", la presión social y religiosa puede ir en sentido contrario. Los datos españoles apuntan a que la endogamia y la concentración territorial dificultan la mezcla. Además, el factor ideológico pesa: mientras la sociedad autóctona se vuelve cada vez más secular, las comunidades musulmanas tienden a mantener sus tradiciones. El resultado es un caldo de cultivo para tensiones identitarias que, antes o después, se traducen en costes económicos —segregación residencial, menor movilidad social, guetos laborales.
El silencio político y el ruido de fondo
Que El Mundo publique un artículo de opinión sobre este asunto es sintomático. Durante años, mencionar la evolución demográfica de la población musulmana era tabú en los grandes medios —acusado de racismo o alarmismo. Hoy, los números empiezan a hablar solos. Pero la clase política sigue sin abordar el fenómeno con políticas concretas: ni integración activa, ni control de flujos, ni incentivos a la natalidad autóctona. El debate se reduce a crispación en redes y a eslóganes vacíos. Mientras, la rueda demográfica sigue girando. Quizá lo más preocupante no sea el dato en sí, sino la incapacidad de gestionarlo antes de que sea demasiado tarde. Ironías del progreso: cuando los medios mainstream se deciden a hablar, suele ser porque el problema ya no tiene vuelta atrás.