«Die Linke no es comunista»: el hilo discute las etiquetas
Una treintena de mensajes fechados todos el 21 de septiembre de 2026 sueltan el programa berlinés y se enredan en tres asuntos: si la formación que ha ganado las elecciones en Berlín es comunista o solo de izquierdas, quién vota en la capital alemana y cómo se socializarían de verdad los medios de producción. El tramo se abre con una concesión sobre China y se cierra discutiendo etiquetas, sin un solo enlace nuevo.
Qué se ha sabido
Ningún participante enlaza una fuente, un estudio o una noticia nueva. El mensaje más extenso del tramo encabeza el texto como «ataque de extrema izquierda» y reproduce un fragmento, sin enlace, según el cual lo que parecía un apagón accidental «fue finalmente catalogado como “ataque” o “sabotaje” por parte de las autoridades alemanas». El texto se corta ahí mismo y quien lo copia no añade documento alguno; la atribución a la extrema izquierda es suya y no la respalda con ninguna prueba.
Las cifras que aparecen después van todas sin respaldo. Una intervención sostiene que en esas ciudades más del 50% del censo no ha nacido allí y que esa población vota a la ultraizquierda porque le prometen todo gratis. Otra afirma que querer vivir en la capital de la primera economía europea con 700 euros de alquiler es hoy imposible. Una tercera describe a los votantes como gente que quiere soluciones «ya», no «para dentro de 20 años». Ninguna de las tres acompaña el dato de censo, padrón o estudio.
Las posturas
La primera disputa es de vocabulario. Un participante sostiene que la formación berlinesa no es comunista, sino un partido de izquierdas, y que en el foro se llama comunista a todo el que no comulga con el liberalismo o el conservadurismo. En la misma línea, otro firma dos mensajes didácticos —los presenta como explicación «para dummies»— en los que defiende que la izquierda y la derecha dejaron de ser enemigos excluyentes al acabar la Guerra Fría y hoy son «meros rivales políticos» que compiten dentro del mismo sistema capitalista; añade que la socialdemocracia moderna reniega del comunismo y de la lucha de clases, y que desde la izquierda nunca se ha promovido la caridad sino la justicia. Enfrente, otro participante zanja que el comunismo es «cosa de asiáticos» y que jamás funcionará en sociedades europeas o africanas.
La segunda disputa es sobre quién vota. Varias intervenciones atribuyen el resultado al voto de la población de origen migrante y al peso de quienes no han nacido en la ciudad. Ninguna aporta datos electorales. Una de ellas añade, sin prueba, que esa misma población apoyaría en su país de origen a la ultraderecha. Otra responsabiliza del resultado a los votantes extranjeros y sostiene que la ultraderecha alemana podría revertir esa situación.
La tercera es la viabilidad. Un participante pregunta cómo se pretende socializar los medios de producción sin violencia y duda de que los empresarios acepten cobrar una nómina y ceder los beneficios al Estado por voluntad propia. Otro resume que la formación tiene las mismas posibilidades de cumplir su programa que el Partido Comunista si ganara unas elecciones. Un tercero pregunta si a estos partidos se les aplicará un cordón sanitario y se responde que ese criterio no se usa con la izquierda.
Hay además una línea que no discute nada y descalifica el lugar: la capital alemana aparece descrita como sucia, insegura y con drogas a la vista de todos, y se repite que era una ciudad barata hasta hace poco y que ya no lo es. Uno de esos mensajes predice que habrá que levantar otro muro para que la gente no escape y otro se pregunta a quién le importa lo que pase en Berlín. También hay quien concede algo al modelo chino —que ya no se muere de hambre y que más gente vive mejor— y quien recuerda los años del muro. El registro cambia a mitad de tramo: de la burla se pasa a mensajes largos de manual, y hay una intervención que arremete sin datos contra un diario y una periodista por su cobertura.
Lo que cambia respecto a antes
El hilo suelta el programa de vivienda. En este tramo nadie discute ya la socialización de grandes caseros ni el tope al alquiler: el eje se muda a las etiquetas y a la composición del electorado. La comparación con los fracasos del comunismo tampoco desaparece, pero cambia de forma: ya no se cuentan intentos fallidos, se discute si lo de Berlín merece el nombre y si el comunismo funciona según el continente.
Entran tres asuntos que no estaban. El primero es el cordón sanitario y su supuesta doble vara. El segundo es el mecanismo: cómo se le dice a un empresario que a partir de mañana sus beneficios son del Estado. El tercero es el muro, planteado como pronóstico. Y por primera vez alguien concede un punto al modelo chino, aunque aclare antes que China no le gusta.