Una serie turca sobre Mehmed II llega al prime time
Una productora turca coloca en horario estelar una ficción de
177 capítulos sobre Mehmed II, el sultán que entró en Santa Sofía. La paradoja no es que se emita: es que se compre. Según las informaciones que circulan, la serie se ha vendido a multitud de países,
Grecia incluida, y allí donde aterriza funciona como líder de audiencias. El patrón se repite: ficción histórica de factura impecable, villanos reconocibles y un relato nacional que no pide permiso.
El enfado no viene del producto, viene del espejo. La queja dominante no es que Turquía produzca y exporte su historia, sino que
España no haga lo propio. Cualquier intento local de contar la Reconquista, Lepanto o el desembarco de Alhucemas se topa con la etiqueta de facha, manipulación o propaganda. El resultado es un vacío que otros rellenan con su propia épica, doblada y subtitulada.
Qué cuenta realmente la serie y por qué elige ese momento
El primer episodio, según la descripción que se cita, se centra en la juventud de Mehmed, un príncipe de
12 años bajo la sombra de su padre, el sultán Murad II. El personaje es el mismo que cerró el Imperio bizantino con la toma de Constantinopla, y la elección del arco no es casual: permite contar la construcción del mito sin entrar en los episodios más incómodos del imperio maduro.
Hay quien sostiene que la serie se detiene justo antes de los temas espinosos. El reclutamiento forzoso de niños cristianos, la práctica conocida como
devshirme, o el sistema esclavista quedan fuera del foco. Los jenízaros que entraron en la ciudad eran, precisamente, niños cristianos convertidos en soldados contra su propia nación. Ese material existe. No interesa.
La lectura más cínica es también la más simple: se elige al fundador, Osmán, o al joven conquistador porque venden mejor que un documental sobre impuestos y revueltas. La lectura menos cínica admite que cualquier ficción histórica recorta. La diferencia es a quién beneficia el recorte.
La batalla que España no libra en pantalla
El argumento recurrente es la asimetría. Turquía produce, exporta y coloca su relato en cadenas ajenas. España, en cambio, tiene materia prima de sobra y una industria que prefiere el thriller rural o la comedia de barrio. La conclusión que se repite:
cualquier producción sobre la historia de España es facha, y ese marco desincentiva la inversión.
El contraste se vuelve más ácido cuando se menciona la política concreta. Se afirma que, por presiones de Marruecos, el desembarco de Alhucemas no se celebra de manera oficial. Esa es la vara de medir que se usa: no la calidad de la ficción, sino la capacidad de un Estado para sostener su propia memoria en el calendario.
La queja se extiende a los medios. Una parte del público sostiene que las cadenas generalistas emiten contenido que trata a su audiencia con desdén, y que seguir viéndolas es una forma de masoquismo. La crítica no distingue entre entretenimiento y línea editorial: todo es el mismo paquete.
Bizancio como parapeto: el argumento histórico que se repite
La defensa del imperio bizantino aparece en casi todas las derivadas del asunto. Se argumenta que aguantó
mil años de invasiones, luchas internas y traiciones, y que sin ese muro el avance desde Asia central habría llegado mucho más lejos. La comparación con España es inevitable: ya veremos si aguanta mil años.
El matiz que aportan los más documentados es que Bizancio no cayó solo por pericia militar otomana. La avaricia de la corte, las luchas de poder y la incapacidad de sostener un aparato fiscal hicieron más daño que los cañones. Los turcos fueron el empujón final, no la única causa. Esa lectura incomoda a quien prefiere un relato limpio de héroes y villanos.
También se recuerda que Constantinopla ya había sido saqueada antes por venecianos, genoveses, catalanes y francos. La ciudad era un cadáver disputado mucho antes de que llegara Mehmed. La épica de la caída funciona mejor en pantalla que la crónica de la decadencia.
Lepanto, Viena y el relato que otros escriben
El hilo desemboca en la vieja discusión sobre quién frenó a quién. Se sostiene que la infantería embarcada en Lepanto era mayoritariamente española y que el mando era español, en reconocimiento de la mayor contribución. La respuesta es siempre la misma: las medias verdades son las peores mentiras, y el reparto de méritos es más complejo de lo que conviene a un titular.
La ironía más repetida apunta a Francia. Se dice que el Imperio otomano fue una peste apadrinada por potencias europeas que luego miraron hacia otro lado, y que en batallas como Nicópolis o Varna la ayuda llegó tarde o no llegó. La frase que resume el cabreo:
una de las tragedias de la civilización occidental.
El cierre del asunto es una propuesta que no se va a hacer: una serie austriaca de 200 capítulos titulada
A las puertas de Viena, con copia de lujo para el destinatario correspondiente. Es la forma más honesta de admitir que la guerra cultural se libra en las parrillas, y que ahí se pierde por incomparecencia.
Queda el dato que descoloca: la serie no la ha impuesto nadie. La han comprado, la han programado y la ven millones de personas que no se sienten interpeladas por el relato. La industria funciona. El relato, también. La pregunta incómoda no es por qué Turquía lo hace, sino por qué aquí se discute si se puede.