El PSOE puede desaparecer: la tesis que agitó el tablero
En un programa de La Sexta, Ignasi Guardans dejó escapar una frase que corrió más rápido que cualquier matiz: el PSOE puede desaparecer para siempre. No dimitir. No refundarse. Desaparecer. El comentario, elevado a titular, reabrió una pregunta incómoda: ¿afronta el partido que ha tocado poder durante casi medio siglo una amenaza existencial, o asiste, un ciclo más, a su propio obituario anunciado? La respuesta, si se atiende a los números que se manejan, depende de dónde se ponga el foco.
El poder territorial, la casilla que se apaga
El diagnóstico más repetido no apunta a La Moncloa, sino al mapa. La tesis dominante sostiene que la fuerza del PSOE nunca dependió solo del Gobierno central: mandaba donde mandaba y repartía su red de cargos afines entre comunidades y ayuntamientos. Ese colchón se habría agotado. Con buena parte de las autonomías en manos del PP y Vox, al partido solo le quedaría el Ejecutivo central como gran bolsa de colocación, un escenario que, se argumenta, no se había vivido desde la Transición. Si cae ese último bastión, la estructura entera cruje.
La aritmética que haría falta para una escisión
Para muchos análisis, la desaparición exige un requisito previo: que surja un partido socialdemócrata rival capaz de morder entre el 20% y el 30% del electorado del PSOE. El cálculo más citado es contundente. En un Congreso con 65-70 escaños para el PSOE y 20-25 para ese nuevo partido, el esquema de poder —y su red satélite en el Estado y la sociedad civil— se vendría abajo. La objeción es igual de sólida: absorber ese sorpasso llevaría una década, y de fondo resiste un suelo electoral sostenido por estructuras sindicales y por miles de personas que dependen, directa o indirectamente, del paraguas del partido.
Reactiva y el escenario del PSOE 2.0
Otra corriente explora el enemigo interno. Se señala la existencia de un movimiento de bases críticas —al que se atribuye el nombre de Reactiva— que reclama voz frente a la dirección. La hipótesis, más deseada que confirmada, consiste en que esas bases impulsen un PSOE 2.0 que desplace a la cúpula actual, se presente como alternativa regenerada y le robe al PP el relato de salvador. Quienes defienden la idea admiten que hoy es especulación; quienes la descartan recuerdan que el partido ha sobrevivido a todos sus incendios previos.
El sospechoso habitual: la limpieza del juego
Hay un tercer eje, más opaco, que no discute cifras sino la pureza del proceso. Circulan sospechas sobre una convocatoria electoral sorpresa y sobre el control de infraestructuras logísticas y tecnológicas clave. Nada de eso cuenta con más sustento que el rumor, y conviene tratarlo como lo que es: un clima de desconfianza institucional, no un hecho acreditado. Lo relevante no es si la sospecha es cierta, sino que una parte del electorado la da por buena sin molestarse en verificarla.
Dos siglas, un mismo sistema
En el fondo late la tesis más cínica y más transversal: que PP y PSOE son dos caras del mismo régimen, intercambiables en lo esencial, y que por eso ninguno de los dos desaparece de verdad. Desde esa lógica, un partido no muere: cambia de siglas, de cara o de color corporativo y sigue cobrando del presupuesto. La ironía recurrente —«PSOE aeterna est»— resume ese escepticismo mejor que cualquier editorial.
Y sin embargo, el dato que descoloca es siempre el mismo: el partido que, según esta lectura, habría perdido todas las comunidades autónomas sigue conservando en torno a 100 escaños en el Congreso. Con esas cifras, ni desaparece ni se va. Sencillamente aguanta. Nadie termina de cuadrar cuánto tiempo más.