Bautismo de Cristo: desnudez, geometría y genio en tres obras
El bautismo de Jesucristo es una de las escenas más representadas del arte sacro, pero pocas veces se ha tratado como una ceremonia rutinaria. De hecho, las tres versiones más célebres -la de Giotto en la Capilla de los Scrovegni, la de Piero della Francesca en la National Gallery y la de Verrocchio con un ángel pintado por Leonardo en los Uffizi- son tres manifiestos estéticos y teológicos que no podrían ser más diferentes. Lo que en Giotto es desnudez humana y testimonio, en Piero es geometría política y en Verrocchio se convierte en una lección sobre el talento que supera al maestro.
Giotto: el nuevo Adán sin pudor
El fresco de Giotto para la Capilla de los Scrovegni de Padua, uno de los ejemplos más antiguos del tema, coloca a Jesús en el centro completamente desnudo. Lejos de ser un detalle escandaloso, la desnudez tiene lectura teológica: Cristo como nuevo Adán, sin herencia que ocultar. Los ángeles que sujetan sus ropas a la izquierda, con gesto de trámite, y el anciano barbudo con aureola que observa junto al Bautista refuerzan la sensación de que la escena es un acto público, no un milagro intimista. El personaje de la derecha, desnudándose para su turno, convierte el Jordán en una cola de administración celestial.
Piero della Francesca: el bautismo como concilio
La obra de Piero della Francesca, datada en torno a 1440 o 1451 y conservada en la National Gallery de Londres, es un ejercicio de geometría en el que Cristo ocupa el centro exacto del cuadro. La paloma del Espíritu Santo y el agua del Jordán rematan la ortodoxia, pero la clave está en los tres ángeles que no portan vestiduras ni atributos típicos. Se ha interpretado que representan la concordia entre las iglesias occidental y oriental, en línea con el Concilio de Florencia de 1439, al que el pintor estaba vinculado. Una lectura que convierte la escena en un documento diplomático más que en una epifanía religiosa.
Verrocchio y Leonardo: el ángel que derrota al maestro
El Bautismo de Cristo de Verrocchio, pintado hacia 1472 para una iglesia y hoy en los Uffizi, disparó la leyenda del becario que supera al jefe. Leonardo intervino en el ángel arrodillado, el más cercano al espectador, con una luz, un movimiento y una cabellera dorada que le comen la escena al resto de la composición. La anécdota de Vasari según la cual Verrocchio abandonó la pintura al ver aquella calidad es probablemente una leyenda del propio cronista, pero la diferencia técnica entre el ángel de Leonardo y el del maestro se aprecia sin necesidad de lupa.
La teología: un rito de solidaridad, no de arrepentimiento
Hay una lectura teológica que desmonta la película de Hollywood según la cual Jesús se bautizó como un pecador más. El bautismo de Juan se producía cuando Israel esperaba el reino de Dios, y el acto de Jesús se entiende como un gesto de solidaridad colectiva, una firma de aval por el pueblo entero. El rito funcionaba como un DNI de la nación, un certificado de pertenencia más que una confesión de culpa individual. Esa interpretación, con más de componente político que espiritual, explica por qué los artistas pudieron retratar la escena con tanta libertad: no pintaban un arrepentimiento, sino la adhesión de Cristo a una causa.
La evolución de estas tres obras muestra que el bautismo de Jesús fue, para los pintores, un pretexto para discutir teología, política y estética. Es probable que los próximos enfoques sigan girando en torno al mismo eje: mientras la Iglesia oficial quiera ver un sacramento, los artistas seguirán encontrando una escena para desnudar al personaje, como hizo Giotto, o para esconderlo tras una construcción geométrica, como hizo Piero. El equilibrio entre lo humano y lo divino seguirá sin resolverse.