Veterinarios: la carrera más cara de estudiar y la peor pagada
La paradoja se sostiene sola: veterinaria es hoy la carrera peor pagada de España para los recién graduados, con un salario medio de
22.838 euros brutos anuales cuatro años después de terminar, y al mismo tiempo exige una de las notas de corte más altas del sistema universitario. Sobre esa contradicción se ha montado una conversación larga, con dos años de recorrido, en la que aparecen los mismos elementos una y otra vez: facultades que se multiplican, clínicas que no absorben a tanto titulado y una jornada laboral que en la práctica se estira hasta las doce horas.
El punto de partida lo puso un artículo de
El País recogido junto a una intervención radiofónica de un veterinario, Carlos Rodríguez, que describía las condiciones de trabajo del sector. A partir de ahí, el diagnóstico se ramifica: hay quien culpa a la sobreoferta de titulados, quien apunta a la estructura de las clínicas y quien señala directamente al sistema universitario.
Cuántas facultades de veterinaria hay en España y por qué se abren más
La discusión sobre el número de facultades es la que más recorrido tiene. Frente a la idea de que se trata de una titulación minoritaria, se recuerda que
la facultad de Zaragoza data de 1847 y la de Córdoba ronda los 150 años, mientras que la de Madrid es anterior, de 1835, vinculada a la Complutense. Es decir: la carrera lleva más de un siglo asentada en la universidad pública.
Lo que ha cambiado es otra cosa. En las últimas décadas se han multiplicado los centros privados, y hay proyectos para abrir facultades en comunidades con actividad ganadera relevante, como Castilla-La Mancha. La crítica más repetida apunta a que España forma más veterinarios de los que el mercado laboral puede colocar, y a que ese exceso presiona los salarios a la baja. La comparación que se lanza es con otros países europeos, donde el número de facultades por país es mucho menor.
Hay un matiz que conviene no perder: en zonas con mataderos y ganadería, el veterinario es una figura clave en control de calidad. El problema no es que sobren profesionales en abstracto, sino que sobran en el segmento concreto al que todos quieren ir.
Trabajar 12 horas al día por 900 euros: así se reparte el dinero en una clínica
Aquí es donde el asunto se vuelve tangible. Un caso concreto que aparece en la conversación:
una jornada de doce horas pagada a 900 euros al mes. La respuesta inmediata de otra parte es que doce horas son media jornada y que 900 euros por media jornada «ni tan mal». El desacuerdo no es sobre el dato, sino sobre qué se considera normal.
La estructura de propiedad explica bastante. En muchas clínicas pequeñas, el dueño es el veterinario titular, que puede pasearse mientras el recién graduado se come las guardias, los sábados y las urgencias. El último en salir es siempre el que acaba de terminar. Eso, se argumenta, no es nuevo: lo nuevo es que la situación se alarga en el tiempo y deja de ser una etapa de aprendizaje.
A esto se suma el IVA del 21% sobre los servicios veterinarios, que encarece la factura para el cliente y estrecha el margen del negocio. Cuando el cliente recibe una factura de 1.400 euros y ve que 243 son de impuestos, la conversación sobre el precio se rompe antes de empezar.
¿Por qué hay veterinarios que se van a trabajar fuera de España?
Porque fuera pagan más y explotan menos. Es la respuesta corta. Miles de veterinarios españoles trabajan en otros países de la Unión Europea y en Reino Unido, y el argumento que se repite es que allí la profesión está mejor considerada y mejor retribuida. El ejemplo que se pone desde el norte de Europa: en zonas remotas se ofrecen
entre 5.000 y 6.000 euros al mes por atender ganado, con urgencias nocturnas, domingos y festivos incluidos. Nadie quiere ese puesto. La conclusión es incómoda: el problema no es solo cuánto se paga, sino dónde y en qué condiciones.
La objeción a ese relato también aparece: quien se marcha suele hacerlo a clínicas de pequeños animales con horario de oficina, no a granjas en mitad de la nada. La oferta y la demanda funcionan, pero solo si aceptas el paquete completo.
El problema no son solo los sueldos: impuestos, vivienda y costes fijos
Una corriente del análisis sostiene que el salario es el síntoma, no la causa. El argumento:
impuestos y vivienda se comen cualquier mejora retributiva, y montar un negocio en España implica una carga fiscal y de gastos fijos que impide subir sueldos aunque la facturación acompañe. Cuota de
autónomo, alquiler del local, nóminas, gestoría, seguros, proveedores: la lista se recita con detalle en varios mensajes, y el cálculo completo, partida a partida, deja un margen que sorprende a quien solo mira el precio de la consulta.
La contraposición es directa: si el dueño de la clínica tiene el local pagado y vive encima, el alquiler no es un coste real y el margen es mucho mayor de lo que se alega. Ese pulso entre «los costes ahogan» y «los costes se exageran» recorre buena parte de la discusión sin resolverse.
La burbuja de titulados: más graduados que puestos de trabajo
El diagnóstico más transversal no habla de veterinaria, sino del modelo.
No hay tejido industrial ni empresas suficientes para absorber a la cantidad de titulados que salen cada año, y eso vale para veterinaria, para biología, para química y para una lista larga. La advertencia se dirige a los que entran ahora en la universidad: se puede estudiar lo que uno quiera, pero conviene saber que el mercado no espera a nadie.
El paralelismo con otras profesiones reguladas aparece varias veces. Los farmacéuticos, sin ir más lejos, funcionan con la misma lógica: el dueño de la oficina gana dinero y el adjunto hace las guardias. La titulación no garantiza nada por sí sola.
La campaña publicitaria que anima a estudiar veterinaria porque «cientos de mascotas te necesitan» recibe el comentario más cínico de todo el intercambio: alguien reconoce que casi le convencen. Y a continuación, el recordatorio de que una burbuja de titulados se parece mucho a cualquier otra burbuja.
¿Cuántos veterinarios españoles hacen falta realmente y cuántos se están formando? Nadie en la conversación tiene la cifra. Lo que hay es un consenso incómodo: el mercado no absorbe a los que salen, las clínicas pequeñas no pueden pagar más y los que se van fuera no siempre vuelven.