La Policía aconseja no lucir relojes caros: ¿prevención o rendición?
En las últimas semanas, un tuit de la Policía Nacional ha encendido el debate sobre la seguridad en las calles. El mensaje, que aconseja no llevar relojes de alta gama para evitar robos, ha sido interpretado por muchos como un reconocimiento implícito de que el Estado no puede garantizar la protección de los ciudadanos. La reacción no se ha hecho esperar: ironía, indignación y un profundo escepticismo sobre la capacidad de las fuerzas de seguridad para frenar la delincuencia.
El consejo policial: ¿prevención o rendición?
El tuit, difundido por la cuenta oficial de la Policía Nacional, señala que «mientras tú miras la hora, alguien ve la oportunidad». La recomendación es clara: la mayor seguridad no está en la muñeca, sino en el entorno. Para algunos, es un consejo de puro sentido común. Llevar un reloj de miles de euros es, en ciertos contextos, como llevar un fajo de billetes en la mano. La policía no puede estar las 24 horas vigilando cada muñeca, y la prevención es la primera norma de la seguridad.
Sin embargo, la lectura crítica es muy distinta. Muchos ciudadanos ven en este mensaje una forma de culpabilizar a la víctima. Si el Estado no puede garantizar que un ciudadano pueda pasear con un reloj caro sin ser asaltado, entonces algo falla. La pregunta que surge es: ¿no es precisamente la función de la policía perseguir a los delincuentes en lugar de pedir a la gente que esconda sus pertenencias? La comparación con otros ámbitos es inevitable: ¿se le diría a una mujer que no vista de forma provocativa para evitar agresiones? En el debate, esta analogía aparece de forma recurrente, y no es casual.
La reacción ciudadana: de la ironía a la indignación
Las respuestas al consejo policial han sido variadas, pero predominan el sarcasmo y la ironía. Algunos proponen dibujarse un reloj en la muñeca con un bolígrafo BIC, otros sugieren un reloj de arena como alternativa. Hay quien recomienda comprar relojes de menos de 10 euros en plataformas como Temu o AliExpress, asumiendo que «son una mierda, pero no te atracan». Una anécdota que circula con humor: un ciudadano relata que le robaron su Casio F-91W de 8 euros en un descuido, lo que evidencia que ni siquiera los relojes baratos están a salvo.
Pero la ironía esconde una frustración más profunda. La percepción de que el Estado no hace su trabajo se extiende. Se menciona que España es el país europeo con más policías por habitante, y aun así se pide a los ciudadanos que se protejan. La pregunta es incómoda: ¿para qué sirve tanta policía si no puede garantizar la seguridad básica? La respuesta que muchos se dan es que la policía se dedica a perseguir delitos menores mientras la delincuencia organizada sigue operando con impunidad.
El debate de fondo: ¿quién debe garantizar la seguridad?
El trasfondo del debate es la definición misma de Estado. Algunos analistas hablan de «estado fallido»: cuando el Estado no puede prevenir desastres, actuar cuando ocurren, proporcionar infraestructuras básicas, controlar las fronteras o hacer cumplir la ley. El consejo de no llevar relojes caros se percibe como un síntoma de esa debilidad. La idea de que el miedo debe cambiar de bando, y que el ciudadano no debería tener que adaptar su vida a la delincuencia, es recurrente.
Otros, sin embargo, defienden que la prevención es responsabilidad compartida. No se te ocurriría pasear con un billete de 500 euros en la mano por una zona conflictiva, por más derecho que tengas a hacerlo. La seguridad es un equilibrio entre derechos y responsabilidades, y el consejo policial no deja de ser una medida pragmática.
Comparaciones internacionales: ¿hacia dónde vamos?
El debate también se ha nutrido de comparaciones con otros países. Se menciona que en ciertas zonas de Baltimore, por la noche, es más rentable saltarse un semáforo que parar, por el riesgo de asalto. También se cita el caso de El Salvador antes de la llegada de Bukele, donde la violencia era endémica. La conclusión que muchos extraen es que España está en un proceso de «tercermundización»: las calles ya no son seguras, y el ciudadano debe armarse de precaución, o incluso de spray de pimienta o navaja, para defenderse.
La comparación con Sudamérica es especialmente hiriente para muchos. Antes, los consejos de «no ostentar» eran para viajar a países atrasados; ahora, una agente de la autoridad da consejos para evitar ostentar en tu propio país. Ese contraste resume la frustración de una parte de la población.
Un cierre sin consenso
El debate queda abierto. Mientras unos ven en el consejo policial una medida de sentido común, otros lo interpretan como el síntoma de un Estado que renuncia a su función básica. La pregunta de fondo —quién debe asumir el coste de la inseguridad— sigue sin respuesta, y el reloj en la muñeca se ha convertido en un símbolo de una sociedad que ya no sabe a quién mirar. La ironía de que un reloj de 8 euros también pueda ser robado no hace sino subrayar que el problema no es el objeto, sino el entorno.