El lado de la cama que ocupa cada uno no es azar: es costumbre, próstata y pacto
Hay una escena doméstica que se repite en millones de dormitorios y que casi nadie ha discutido en voz alta: el hombre duerme en el lado de la puerta de entrada y la mujer en el contrario. La tesis que abre el asunto sostiene que él protege la entrada y ella se siente protegida. Suena a relato de manual de antropología, pero el detalle interesante aparece cuando la gente empieza a contar su caso concreto y la teoría se deshilacha.
La versión instintiva tiene defensores. Se argumenta que es un mecanismo atávico de defensa ancestral ante posibles intrusos, y que el varón ocupa el lado más expuesto por pura herencia de cuando la cueva tenía una sola boca. La explicación es bonita. El problema es que la realidad doméstica la contradice con una frecuencia molesta.
La próstata manda más que el instinto
El argumento que mejor resiste el escrutinio no tiene nada de heroico: el hombre se levanta más veces a orinar.
La próstata, dicen, decide el reparto mejor que cualquier teoría de la territorialidad. Quien más veces se levanta de noche es quien duerme más cerca de la salida, para no encender luces ni despertar a nadie en cada viaje al baño. Y de paso, la mujer que se levanta a las seis a hacer yoga o a menear la casa también agradece estar en el lado del pasillo.
Hay quien sostiene lo contrario y no le falta razón: la costumbre pesa más que la biología. Una pareja puede dormir años con la misma distribución en casas distintas, en hoteles y en camas ajenas,
a rajatabla, porque el cuerpo se acostumbra a un lado y cambiarlo cuesta. Otros apuntan al clima: los hombres toleran mejor el frío y peor el calor, así que suele tocarles el lado de la ventana, que además queda enfrente de la puerta. La suma de factores deja la teoría del instinto defensivo en una hipótesis más entre varias.
Cada vez más parejas duermen en habitaciones separadas
La conversación deriva pronto hacia un fenómeno que la estadística doméstica no mide: los ronquidos, las alarmas del móvil a las seis de la mañana y el yoga en el salón.
Dormir en habitaciones separadas deja de ser una anomalía y se cuenta como decisión de convivencia. La cama compartida pasa a ser cosa de pobres, bromean algunos, mientras otros defienden que el descanso es un bien superior a la mística del colchón común.
El reparto de lados también revela quién manda en casa. Hay quien relata que la pareja le notificó la primera noche, siendo novios, que se reservaba el lado que da a la ventana, y que la exigencia se cumplió después en tres pisos de alquiler, tres en propiedad, casas ajenas y hoteles.
La negociación de la cama es, en muchos casos, la primera de la relación y la que menos se revisa.
El sofá, el ataúd y la recortada
El humor recorre el asunto de punta a punta. Se dice que muchos maridos hacen guardia en el sofá para mayor protección, que dormir con el culo en pompa es una postura de seguridad, y que el verdadero riesgo no es el intruso sino el travelo, al que nunca hay que darle la espalda. La broma no tapa el fondo: en España, los ataques nocturnos a una pareja en la cama son, a efectos prácticos,
cero, y la parafernalia defensiva es más postureo que necesidad.
La excepción confirma la regla. Hay quien cuenta que en su casa el reparto está invertido y es ella la que se levanta con la escopeta si oye un ruido, mientras él se queda en la habitación abriendo un tema en internet para narrar el intento de robo. La anécdota, real o exagerada, deja claro que el instinto ancestral tiene menos peso que la costumbre, la próstata y quién tiene mejor sueño.
Al final, la pregunta no es quién protege a quién, sino por qué seguimos llamando instinto a lo que en realidad es una rutina doméstica heredada. ¿Cuántos de esos dormitorios cambiarían el reparto si nadie hubiera dicho nunca que el hombre duerme en el lado de la puerta?