El engaño del esfuerzo: de estudiar a que te llamen vago
Hay una escena que resume el malestar de una generación: la de un hombre que, camino del trabajo, ve a una mujer barriendo la calle temprano y siente envidia. No por el oficio, sino por la paz. La idea que recorre el asunto es que el sistema educativo funciona como una
estafa monumental: años de esfuerzo dentro de un circuito artificial de recompensas que no tiene nada que ver con el mundo real. Al salir, el mercado no premia el esfuerzo, y a menudo desprecia a quien se pasó la vida estudiando.
El diagnóstico que más se repite es que nunca antes fue tan fácil domar a la población. Con dos palancas simples —el sueldo como refuerzo positivo y las multas o la cárcel como castigo— se consigue que la mayoría acepte una rutina que no eligió. La jornada laboral se aprende en la escuela, no en la escuela se aprenden cosas útiles.
¿Por qué el sistema educativo no enseña nada útil?
El argumento más repetido es que el colegio no forma, adiestra. Se pasa una vida estudiando inglés y luego uno es incapaz de mantener una conversación con un niño de cuatro años. Con las demás materias, lo mismo. El objetivo real, se sostiene, es que el alumno se acostumbre a levantarse temprano y a pasar el día aburrido, que es exactamente lo que le espera después.
La versión más dura de esta tesis apunta al origen: el sistema educativo actual se inspira en el modelo prusiano, diseñado para fabricar obediencia y desalentar el pensamiento crítico. De ahí que todas las ideologías y religiones compartan una misma obsesión: no soportan a los vagos. Temen a quien no hace nada porque no pueden adoctrinarlo.
El espejismo de la jubilación dorada
Otra pieza del engranaje es la promesa de futuro. Se vende una
jubilación cómoda con un sueldo alto como antes se vendía el cielo eterno a quien machacaba su espalda en el campo o en la fábrica. El mecanismo es idéntico: soportar una vida deplorable a cambio de una recompensa diferida que nunca llega del todo.
La comparación que circula es la de los caballos. Cuando eran necesarios para tirar de los carros se criaban por millones y se domaban. Cuando llegaron los coches y los camiones, se aprovechó un conflicto mundial para liquidarlos. El paralelismo con el trabajador actual no es amable, pero se sostiene: el sistema está diseñado para impedir que quien rema se enriquezca.
Del esclavo al empleado: el mismo collar
Hasta hace pocos siglos, solo los esclavos y los siervos trabajaban para otros. Lo único que ha cambiado es el nombre: donde antes se decía criado, ahora se dice empleado. El resultado económico es el mismo: ofrecer comida y vivienda sin pagar sueldo equivale a pagar un sueldo que se queda a cero a fin de mes tras cubrir comida y vivienda.
Incluso hay quien ve una ventaja para el patrón en el modelo actual. Un esclavo costaba el equivalente a unos 50.000 euros y había que sacarle rendimiento toda la vida; cuando enfermaba o envejecía, era un problema deshacerse de él. El asalariado, en cambio, se sustituye sin coste.
El caso del barrendero que todo el mundo conocía
Frente al desprecio general, hay una experiencia que matiza el retrato. Un barrendero de barrio, ya jubilado, tenía su zona asignada. Empezaba a las siete, se llevaba el transistor para escuchar las noticias y luego música, y a media mañana se tomaba el café y el cigarro con el vecino de turno. Todo el mundo le conocía y le quería. A las dos de la tarde estaba en casa: comer, siesta y tarde libre.
El contraste con la vida del que estudió una carrera es el que duele. El primero tenía un oficio acotado, reconocido y con horario. El segundo acumula títulos, reuniones y compañeros dispuestos a apuñalarle por un puesto. La envidia, en ese marco, no es hacia el barrido: es hacia la ausencia de ansiedad.
El trabajo que no se reparte y la familia que no se forma
En la parte más áspera del asunto aparece la demografía. Se sostiene que faltan madres y sobran mujeres ocupando empleos, y que al inducir a las mujeres a comportarse como hombres se esteriliza a ambos: ellas pierden el instinto maternal y millones de hombres no pueden mantener una familia porque el puesto que les correspondería está ocupado por otra persona. Es una tesis dura, sin datos que la respalden, y que conviene leer como lo que es: una opinión más dentro del malestar.
A su lado convive la lectura opuesta, también presente: la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral no la liberó, la metió en los peores empleos. Hay quien ve a mujeres en edad fértil limpiando calles un domingo y lo interpreta como el timo de la liberación: no hay trabajos buenos para todas, y los que hay son basura mal pagada que destruye como persona.
Salir de la rueda: ¿es posible?
La pregunta práctica es si se puede uno bajar del carro. Hay quien lo hizo: a los 42 años, en plena crisis de 2008, dejó de remar. Otros avisan de que salirse tiene precio. Si te mantiene alguien, vives en el aire y las pagas no duran. Si te haces delincuente, hay que ser muy duro o acabas mal, siempre en la incertidumbre. La mayoría no se libra.
También hay quien recuerda que el asunto no es binario. Existe un término medio entre reventarse estudiando y trabajar, y ser un parásito que deja pasar los días. El problema, replican otros, es que a nadie le importa el esfuerzo: el mercado premia resultados. Si generas, recibes. Si no, no vengas a llorar por algo que no te has ganado.
El análisis se atasca en el mismo punto donde empezó. La escena de la mujer barriendo sigue ahí, temprano, antes del calor. Lo que no está claro es si la envidia era hacia su oficio o hacia la posibilidad, cada vez más remota, de tener una vida que quepa en un horario.