Los test de coronavirus y el fantasma de la ingeniería social
En marzo de 2020, con España en
4.000 positivos y 90 fallecidos y el estado de alarma recién estrenado, alguien formuló en voz alta la pregunta incómoda: de esos positivos, ¿cuántos eran enfermos y cuántos, simplemente, gente que había estado en contacto con un coronavirus? La sospecha de que detrás de todo había una
ingeniería social a gran escala no salió de un sótano: salió de un problema estadístico concreto. Los test de anticuerpos, argumentaban los críticos, no distinguen al que está enfermo ahora del que pasó la infección hace meses. Y a la mayoría de la población nunca se le hizo la prueba.
Lo que sigue no es un juicio sobre el virus, sino el rastro de los argumentos, las cifras y las contradicciones que se acumularon mientras medio país se encerraba en casa.
¿Qué detecta realmente un test de coronavirus?
Una parte del análisis sostuvo desde el principio que se estaban mezclando dos cosas distintas: infección activa y exposición previa. El test de anticuerpos mide memoria inmunitaria, no enfermedad en curso. Si eso es así, el denominador de los ratios dependía de a quién se testeara, y el numerador —ingresados y fallecidos— se contaba con criterios que no siempre separaban una neumonía común de un cuadro compatible con el virus nuevo. Hay quien fue más lejos y sostuvo que ni siquiera la PCR aísla el patógeno, una tesis que la comunidad científica mayoritaria no respalda y que aquí queda como lo que es: una afirmación discutida y sin consenso.
Sobre esa base, el resultado era previsible. Si se testea a los cargos públicos y a los casos graves, pero no a la población general, los porcentajes que se publican a diario describen a quien se deja medir, no a la epidemia.
La comparación que nadie publicó: la gripe de 2018
El argumento más repetido tiene tres cifras y una temporada. En 2018, España registró
800.000 infectados de gripe, 52.000 ingresados y 15.000 muertos. Sin alarma social, sin telediarios en directo desde urgencias y sin estado de alarma. La pregunta era obvia: si a esos 800.000 se les hubiera hecho un test de coronavirus —de cualquier coronavirus—, ¿cuántos habrían dado positivo y qué ratios habrían salido de ahí?
La petición que se repetía era concreta: que alguien publicara datos oficiales comparables con otras temporadas de gripe y neumonía, para saber si en las zonas de mayor incidencia moría más gente de lo habitual. A fecha de esta discusión, esos datos seguían sin aparecer. El detalle completo de la comparación, con las tres cifras desglosadas, es lo que da peso a la duda.
Los test que no funcionaban y los negativos que no cuadran
La cosa se torció por el lado más prosaico: la fiabilidad de las propias pruebas. Trascendió que
9.000 test adquiridos por España no funcionaban y que el fabricante chino señalaba a una empresa sin licencia. Comprar a dedo y con prisas se parecía bastante a comprar mal.
En Galicia apareció un patrón aún más molesto. Los test de anticuerpos aplicados allí ofrecían resultados que no encajaban: o la gente no se había infectado apenas, o las pruebas no eran fiables. Los propios sanitarios admitían la segunda posibilidad, y circulaban relatos de pacientes que habían pasado la enfermedad y después daban negativo. Cuando el termómetro está roto, la temperatura que se publica es una opinión.
Del miedo al estado de alarma
El otro eje del asunto no era sanitario, sino conductual. La experta en estrés y trauma Elke Van Hoof describió el confinamiento como
el mayor experimento psicológico de la historia, una formulación que en este contexto suena a titular y a advertencia a partes iguales. Se citó también un supuesto informe, el llamado Iron Mountain, según el cual para mantener la estabilidad política y económica hace falta una amenaza creíble y percibida como inmediata. Conviene decirlo claro: de ese documento no hay verificación pública que lo avale, y funciona más como relato que como prueba.
El detalle que mejor retrata el cambio de marco es la mascarilla. Antes del confinamiento, quien la llevaba por la calle era objeto de broma y de entrevistas incómodas. Después, quien no la llevaba era el sospechoso. Ese giro no lo produjo un estudio, lo produjo una consigna.
La pata económica: la Bolsa y la crisis como coartada
En el terreno financiero, la reacción de los mercados se calificó de
ridículamente desproporcionada. Y de ahí salía la sospecha más rentable: que el desplome sirviera para justificar cualquier crisis económica y, de paso, medidas que recortan derechos civiles en nombre de la seguridad sanitaria. Hay quien apuntó en esa dirección al ver anuncios como la subida de la cuota de autónomos con carácter retroactivo en plena tormenta.
Otra corriente, más terrenal, lo explicaba al revés: ninguna conspiración, solo un
reset] financiero con un culpable perfecto. El virus como cortina de humo del ajuste. Dos explicaciones incompatibles que, curiosamente, coinciden en lo esencial: los ciudadanos pagan la factura y nadie les ha enseñado la cuenta.¿Murió más gente de lo normal?
Es la única pregunta que zanjaría la discusión, y es la que no tuvo respuesta oficial durante semanas. Sin test masivos, sin series comparables y con pruebas que fallan, cualquier afirmación sobre letalidad es un acto de fe, tanto la que alarmaba como la que minimizaba.
Frente a eso, la exigencia era simple: datos comparativos con otros años, públicos y verificables. Se pidieron. No llegaron. Ese silencio, más que cualquier informe filtrado o cualquier vídeo de madrugada, es lo que convirtió una duda estadística razonable en una sospecha permanente.