LA MASACRE DE HAITIANOS DEL PEREJIL (República Dominicana, 1937)

LA MASACRE DE HAITIANOS DEL PEREJIL (República Dominicana, 1937)
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

La masacre del perejil fue la matanza de miles de haitianos en la República Dominicana ordenada por el dictador Rafael Leónidas Trujillo en octubre de 1937. Las estimaciones de víctimas van de los 12.168 que calculó el presidente haitiano Élie Lescot a los 35.000 que llegó a estimar el historiador dominicano Bernardo Vega.

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La masacre del perejil fue la matanza de miles de haitianos en la República Dominicana ordenada por el dictador Rafael Leónidas Trujillo en octubre de 1937. Las estimaciones de víctimas van de los 12.168 que calculó el presidente haitiano Élie Lescot a los 35.000 que llegó a estimar el historiador dominicano Bernardo Vega.

La noche del 2 de octubre de 1937, en un baile celebrado en su honor en Dajabón, provincia fronteriza del noroeste dominicano, Rafael Leónidas Trujillo habló de los haitianos que vivían en el país como ladrones de ganado y de cosechas. Dijo que remediaría la situación. Poco después, el ejército dominicano empezó a matar haitianos por todo el departamento Norte. La operación se prolongó unos ocho días y terminó el 8 de octubre. No hubo excepción con mujeres, ancianos ni niños.

La cifra exacta de muertos no se conoce y probablemente no se conocerá nunca. El presidente haitiano Élie Lescot calculó 12.168 víctimas. El historiador haitiano Jean Price-Mars habló de 12.136 muertos y 2.419 heridos. Joaquín Balaguer, que era ministro de Relaciones Exteriores interino cuando ocurrieron los hechos, escribió en sus memorias que fueron 17.000. El historiador dominicano Bernardo Vega llegó a manejar la posibilidad de 35.000. Ninguna de esas cifras está reconocida oficialmente en la historiografía dominicana.

El perejil como contraseña y el reparto geográfico de la matanza

El método para identificar a los haitianos era simple y cruel. Antes de matarlos, los militares obligaban a las potenciales víctimas a pronunciar la palabra «perejil». El español dominicano pronuncia la jota de forma aspirada y la erre final suave; el criollo haitiano, francés de base, no tiene esa jota y la erre francesa es gutural. Quien no decía «perejil» como un dominicano quedaba señalado. La contraseña no distinguía entre residentes legales, indocumentados o simples descendientes nacidos en el país.

La matanza se limitó al departamento Norte, una división militar que abarcaba Bonao, La Vega, Puerto Plata, Samaná, la zona fronteriza hasta Restauración y toda la línea Noroeste. El departamento Sur quedó al margen. La mayoría de los asesinatos se cometieron en áreas aisladas, sin testigos, y muchos cadáveres acabaron en el río Masacre, en el mar o en fosas comunes. Esa dispersión de los cuerpos es una de las razones por las que el recuento resulta imposible.

Los ingenios azucareros protegieron a parte de sus trabajadores haitianos. No lo hicieron por humanidad: no querían perder mano de obra barata. Quienes lograron cruzar la frontera a tiempo también se salvaron. El resto quedó a merced de las tropas durante más de una semana.

Las causas: presión sobre la tierra, frontera difusa y recelo popular

Los motivos de Trujillo eran varios y se reforzaban entre sí. El régimen presentaba a los peones agrícolas haitianos como una competencia que quitaba empleo a los campesinos dominicanos, lo que hacía impopular al gobierno. También pesaba la obsesión por fijar una frontera internacional nítida. El asentamiento haitiano en territorio dominicano se remontaba casi un siglo atrás: desde la Primera República, entre 1844 y 1872, muchos haitianos habían ocupado terrenos agrícolas abandonados por los dominicanos.

El historiador Frank Moya Pons explica en su «Manual de Historia dominicana» que los intentos de acuerdo fronterizo fracasaron durante décadas porque los haitianos incumplían los pactos. El tratado definitivo sobre fijación de límites se firmó en 1929, durante el gobierno de Horacio Vásquez. Aun así, había zonas donde la población no se sentía vinculada a las leyes dominicanas. Las élites del país veían con preocupación que los recién llegados alcanzaran poder económico en esas regiones ambiguas.

El recelo de buena parte de la población dominicana hacia Haití hacía que cualquier medida contra los inmigrantes transfronterizos resultara aceptable. Trujillo lo sabía y lo aprovechó. Balaguer, en «Memorias de un cortesano de la era de Trujillo», describió el genocidio como «el acto de un hombre, o de un ególatra si se quiere, que no sólo obedece a la brutalidad de sus instintos, sino también a una concepción bárbara de su destino como patriota y como gobernante».

La indemnización de 525.000 dólares y el silencio de las élites haitianas

El gobierno de Trujillo intentó ocultar la matanza y la presentó ante el mundo como un incidente aislado entre campesinos. No funcionó. Los medios internacionales empezaron a informar de que se había ordenado aniquilar a miles de haitianos, y la delegación dominicana en Washington tuvo que emitir un comunicado para intentar salvar la imagen del régimen. No evitó el repudio exterior.

El gobierno haitiano de Sténio Vincent reaccionó con tibieza. La masacre había afectado a un segmento muy pobre y sin poder político, y la élite haitiana no mostró indignación. Aun así, Vincent presentó una reclamación oficial exigiendo 750.000 dólares estadounidenses de indemnización. El gobierno de Franklin D. Roosevelt apoyó la reclamación, interesado en evitar disputas fronterizas entre países aliados del Caribe. Trujillo consiguió rebajar la cantidad a 525.000 dólares.

La mayor parte de ese dinero nunca llegó a las víctimas. Se la quedó la burocracia haitiana. Según los registros históricos, la República Dominicana tampoco llegó a pagar la totalidad de la indemnización. El episodio dejó un precedente incómodo: un Estado que negocia con otro el precio de sus muertos mientras los supervivientes no ven nada.

Por qué no hay una cifra oficial

Bernardo Vega abordó el problema del recuento en «Trujillo y Haití». En lugar de fiarse de los testimonios, cruzó los censos de población anteriores y posteriores a la matanza con los informes de los oficiales estadounidenses destacados en los puestos de aduana de la frontera. El último censo antes de la masacre, de 1936, registraba 8.492 haitianos residentes en el país. A partir de ahí, Vega concluyó que los muertos pudieron oscilar entre 4.000 y 6.000, una cifra muy por debajo de las habituales.

Ese cálculo no cierra el debate. Luisa Peña, directora del Museo Memorial de la Resistencia Dominicana, sostiene que la cifra de 17.000 es la más corroborada por las investigaciones, aunque admite que es imposible establecer un número concreto. El rango que manejan la mayoría de los estudiosos va de un mínimo de 5.000 a un máximo de 35.000. La horquilla es tan amplia que cualquier afirmación categórica sobre el total de víctimas debería tomarse con cautela.

La masacre del perejil no fue un arrebato. Fue una operación militar planificada, ejecutada durante más de una semana en una geografía concreta, con un método de identificación diseñado para separar a los haitianos de los dominicanos por su forma de hablar. Ochenta y ocho años después, sigue sin haber una cifra oficial. Puede que esa ausencia sea, en sí misma, la prueba más elocuente de lo que ocurrió.

Datos clave
  • La masacre se ejecutó durante unos ocho días y terminó el 8 de octubre de 1937, por orden de Rafael Leónidas Trujillo.
  • El presidente haitiano Élie Lescot calculó 12.168 muertos; el historiador Jean Price-Mars, 12.136 muertos y 2.419 heridos.
  • Joaquín Balaguer habló de 17.000 víctimas y Bernardo Vega manejó hasta 35.000; ninguna cifra está reconocida oficialmente.
  • La indemnización reclamada por Haití fue de 750.000 dólares y quedó rebajada a 525.000, de los que buena parte nunca llegó a las víctimas.
  • El censo de 1936 registraba 8.492 haitianos en el país, dato que Vega usó para estimar entre 4.000 y 6.000 muertos.
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.
"Muro" fronterizo dominicano en la actualidad. Lo que debería ser una fortaleza inexpugnable parece el perímetro de un club deportivo privado cualquiera. No han aprendido nada.
 
Trujillo lo intentó y fracasó... también hay que decir que había pocas soluciones, conociendo las tasas reproductivas de Haití que ya empezaban a aflorar en los años 30-40...

La española será una isla con una mayoría haitiana en unas décadas.

Menos mal que no nos quedamos con la República Dominicana... Por si los conforeros no lo saben.

R. Dominicana volvió a ser parte de España durante 4 años (1861-1865), creo que el único territorio de los virreinatos que volvió después de declarar su independencia.
 

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