Madrid y el relato del agravio: quién debe agradecimiento a quién
Madrid es Castilla, dicen unos. Madrid ha destrozado España en 450 años, responden otros. Entre esas dos trincheras se ha cocido una discusión de 185 respuestas que arranca con una tesis provocadora: la supuesta madrileñofobia se extiende como una mancha de aceite y quienes la practican deberían sentir agradecimiento hacia una capital que fue referente histórico. El problema, como casi siempre, es que el agradecimiento no se reparte igual en todas las direcciones.
De Felipe II al «secarral»: el debate sobre la capitalidad
El núcleo histórico del asunto es una decisión de hace más de cuatro siglos: llevar la corte a una villa que entonces tenía unos 15.000 habitantes. Hay quien defiende que Felipe II no fue un hombre vulgar, sino un auténtico hombre del Renacimiento que se rodeó de los mejores eruditos para crear el Círculo Escurialense. Frente a esa defensa, la objeción más repetida es de lógica marítima: cualquier imperio con colonias por medio globo necesita su centro de decisiones junto al mar, no en el centro peninsular.
El argumento se apoya en comparaciones concretas. Países pequeños como Holanda o Dinamarca tuvieron vastos imperios por su fácil acceso al mar. En Inglaterra, los barcos llegaban fácilmente a Londres. Desde el arsenal militar de Ferrol hasta Madrid se podía tardar dos semanas, y con nieve había que esperar hasta la primavera. La conclusión que se extrae es incómoda: según un participante, el imperio español fue lo que fue no gracias a Madrid, sino a pesar de ella.
¿Por qué se acusa a Madrid de centralismo?
La queja contemporánea tiene menos que ver con Felipe II y más con la percepción de que la capital se mira el ombligo. Se sostiene que los madrileños tienden a ver las cosas desde su madrileñocentrismo y a pensar que el resto de españoles piensa como ellos. El ejemplo más citado es político: una líder autonómica que desde Madrid se percibe como figura nacional cuando, fuera de la comunidad, se la ve como lo que es, una dirigente local. Lo mismo ocurriría con partidos de presencia ceñida a la comunidad pero con minutos abundantes en informativos de ámbito estatal.
En el lado opuesto, la respuesta es que esa supuesta fobia es un invento. Que el número de madrileños como conquistadores, gobernadores o gente importante durante el imperio es minúsculo. Y que la supuesta preferencia que se les atribuye no viene de una esencia especial, sino de ser urbanita y capitalino: la gente de Madrid de varias generaciones proviene de toda España, y poca élite madrileña queda.
La anécdota que resume el choque: la tienda y el «vengo de Madrid»
Hay un testimonio que condensa el malestar mejor que cualquier estadística. Alguien del norte que se mudó a la costa mediterránea a los veintipocos trabajó en una tienda de una cadena. Cuando venía alguien de Madrid, cuenta, se pensaba que eran poco menos que sus criados. La conversación se repetía: no había stock, se ofrecía volver la semana siguiente, y la respuesta era siempre la misma cantinela del cliente que venía de Madrid. La anécdota no prueba nada por sí sola, y así se le rebate: contar un caso como experiencia universal aplicable a millones de personas es tan injusto como decir que todos los catalanes son tacaños o todos los andaluces unos vagos.
La contraanécdota también existe y va en dirección contraria. Durante la pandemia, los madrileños que iban a veranear y dejaban dinero en pueblos costeros fueron recibidos con recelo: de dónde vienes, de Madrid, uy uy uy. El miedo al contagio se mezcló con el prejuicio. Y hay quien añade que la gente de Madrid de varias generaciones proviene de toda España, que ninguno de sus cuatro abuelos nació allí, y que la supuesta prepotencia es en realidad una pose de urbanita, no una forma de ser.
Sevilla, Bilbao y el patrón que se repite
La discusión deriva hacia un fenómeno más general: el recelo hacia la ciudad grande de cada región. Se afirma que los vecinos de provincias limítrofes han mirado históricamente con recelo a Bilbao por ser la ciudad más grande del norte, donde estaban las oficinas, las delegaciones de empresas y los grandes centros comerciales. El mismo patrón se aplica a Sevilla como gran capital del sur, aunque ahí la cosa se enreda: hay quien responde que Sevilla no es la ciudad más importante del sur, y quien contraataca mencionando Málaga.
La explicación que se da a este patrón es la envidia del pequeño hacia el grande. La versión más dura habla de aristofobia, de un odio al que destaca que sería muy español, y se compara con Estados Unidos, donde supuestamente se presume de lo que uno tiene, o con Alemania y Austria, donde el origen importaría menos que el esfuerzo. La versión escéptica responde que eso es una forma elegante de llamar prepotencia a lo que otros llaman éxito.
Con estos mimbres, la predicción es fácil y a la vez tramposa: mientras Madrid siga concentrando población, oficinas y titulares, el recelo no va a desaparecer. Lo que no está nada claro es que ese recelo explique nada relevante. La capital seguirá creciendo, los agravios seguirán circulando y la pregunta de fondo —si el centralismo es causa o excusa— seguirá sin respuesta. Como lleva sin respuesta desde que Felipe II decidió que la corte se quedaba en el centro del secarral.