La esencia de España: Castilla frente al resto
¿Dónde está la esencia de España? La pregunta, aparentemente inocente, desata una guerra de mapas que lleva 786 días abierta. La tesis inicial sitúa el núcleo en el triángulo formado por Santiago de Compostela, Pamplona y Madrid, el solar donde los reinos cristianos de ascendencia goda se hicieron fuertes y expulsaron a los musulmanes. Todo lo demás —Andalucía, Extremadura, Alentejo, Algarve, La Mancha— queda reducido a la categoría de
colonias de ese núcleo. Cataluña ni se menciona: pertenece a otro reino, Aragón, con sus propias colonias (Valencia, Baleares) y una cultura
mediterránea que, según esta lectura, no es España.
La propuesta no ha quedado sin respuesta. El contraataque más repetido señala a Castilla y León como matriz real, con las Merindades, Álava y Vizcaya como punto exacto donde nació el castellano y el Reino de Castilla. Desde ahí, la discusión se ramifica: unos defienden la submeseta sur —Castilla-La Mancha, Extremadura y Madrid— como la España sin matices; otros reivindican el sustrato vasco-navarro como prototipo racial y moral del español histórico; y una tercera corriente, más escéptica, directamente niega que España exista como sujeto con esencia.
¿Cuál es el origen histórico de España según el debate?
El origen se sitúa, según la tesis mayoritaria, en la franja norte: Galicia, Asturias, León, Castilla y el pirineo occidental. Desde ahí se expande el castellano, se repueblan Extremadura, Murcia y Andalucía, y se salta a América. La fecha fundacional que se repite es el siglo IX para el gallego y el XIII para el portugués, la penúltima lengua en surgir de la Península. La última, por cierto, no se desvela.
Hay quien lleva el origen aún más atrás. Una corriente sitúa el espíritu de libertad de los pueblos ibéricos en la revolución bagauda del siglo V y su continuación en la alta Edad Media hispana, con epicentro en el pirineo occidental. Para esta lectura, Castilla no sería el germen de España sino de lo contrario: la libertad concejil, el derecho consuetudinario y el pueblo en armas. España, como Estado nación, sería un constructo artificial de minorías poderosas, igual que el resto.
El choque entre ambas lecturas no es menor. Unos ven en Castilla la epopeya americana y el germen de la nación; otros ven en el Estado moderno el instrumento que deshizo precisamente aquello que Castilla había creado.
¿Qué papel juega Madrid en la identidad española?
Madrid aparece en el debate con doble filo. Para unos es la esencia operativa de España: el ejército, la Guardia Civil, los ministerios, el sistema educativo obligatorio, la sanidad. Es decir, el Estado funcionando. Para otros, esa misma centralidad es el problema: Madrid representa el poder que aplasta la libertad concejil y el autogobierno local.
La discusión deriva hacia el papel de la capital como motor de uniformidad. Hay quien sostiene que el sistema educativo obligatorio y la administración central han sido los vehículos principales de la construcción nacional, y que ese proceso se aceleró a partir de la Constitución de 1812. Antes de esa fecha, argumentan, el pueblo llano conservaba todavía espacios de libertad que después se perdieron.
La contraargumentación es inmediata: ¿qué libertades había antes de 1812? ¿Se podía entrar en una ciudad sin pagar portazgo? ¿Había libertad de cátedra? ¿Se podía divorciar? La respuesta, implícita en la pregunta, es que el pasado idealizado no era precisamente un paraíso liberal.
La periferia contra el centro: Galicia, Cataluña, Andalucía
Galicia se lleva uno de los primeros golpes: «En Galicia no desde luego», zanja una intervención. El argumento es que Galicia mira más a Bretaña que a Castilla, y que su lengua y cultura tienen un desarrollo propio anterior a la expansión castellana. Cataluña, directamente, queda fuera del marco: no es España, tiene otra cultura, mediterránea, y formó parte de otro reino con sus propias colonias.
Andalucía recibe el trato más ambivalente. Para unos es colonia castellana; para otros, la esencia misma de España. El sustrato romano, fenicio y tartésico se reivindica como base real, con la arquitectura islámica como un elemento más del cuadro, no el principal. La lengua, el acento y el flamenco se convierten en marcadores de identidad que unos defienden y otros ridiculizan.
El sur también aparece en la discusión sobre el prototipo del español. Una corriente sostiene que el modelo histórico era el vasco-navarro y castellano del norte: serio, trabajador, sobrio, aguerrido. El prototipo andaluz, fiestero e indolente, sería una construcción posterior. La réplica no se hace esperar: los vascos tampoco tienen fama de eso, y la esencia está en Castilla y León. El intercambio de estereotipos regionales es constante y no siempre amable.
¿Existe realmente una esencia española?
La corriente más escéptica niega la premisa. España no existe como sujeto con esencia, argumentan; es un constructo artificial. Desde esa posición, la pregunta misma es tramposa: no hay esencia que buscar porque no hay sujeto que la posea. Otras intervenciones optan por la ironía geográfica: la esencia está en Marruecos, en Mauritania, en el triángulo Elda-Las Pedroñeras-Chinchilla, o en Don Benito y Villanueva.
Entre los que sí creen en la esencia, la disputa se traslada al paisaje. La Mancha aparece como la España más pura: sin matices, sin acento moruno, sin cosmopolitismo, sin lengua cooficial. Castilla y León comparte esa pureza pero con un aire norteño que la aleja del ideal. La costa mediterránea, en cambio, se reivindica como la España histórica desde hace milenios, frente a lo que se califica de chaladuras propias de la LOGSE.
El resultado es un mapa que no cierra. Cada región tiene su argumento, su fecha fundacional y su enemigo. La esencia de España, si existe, se disputa palmo a palmo.
Al final, la conclusión más repetida es que la esencia está en todos y cada uno de los rincones del país, aunque haya interesados en borrarla. Lo cual, dicho así, no aclara nada. Pero deja tranquilo a todo el mundo. Que es, probablemente, de lo que se trataba.