Debate generacional: «2500 euros de pensión y un país tercermundializado»
Nacidos después de 1955. Nunca supieron lo que era la necesidad, comieron tres veces al día y tuvieron todos los servicios. Satisfechas sus necesidades biológicas de reproducción, esperan cobrar 2500 euros de pensión. Lo que dejan a sus hijos y nietos, según el diagnóstico que abre esta discusión, es un país tercermundializado, con la violencia, los asesinatos y las violaciones lloviendo como si nada, pensiones inexistentes para cuando ellos ya las hayan disfrutado y una familia destruida por divorcios y enfrentamientos sin escrúpulos. El reproche no es nuevo, pero la crudeza con que se formula sí.
Qué se le reprocha exactamente a la generación del baby boom
El punto de partida es una acusación en tres frentes. Primero, la vivienda y el patrimonio: se sostiene que los nacidos en esa franja compraron pisos a precios que hoy resultan irrepetibles y que ahora los alquilan o los transmiten como herencia mientras sus hijos no pueden emanciparse. Segundo, las pensiones: la queja recurrente es que cobrarán prestaciones que el sistema no podrá sostener para quienes vengan detrás. Tercero, el deterioro del espacio público y de los servicios, que se atribuye a décadas de gestión política sin corrección.
La respuesta más repetida desde el otro lado es que esa generación no encontró nada regalado. Se describe una infancia en aldeas del interior, con trabajo desde que se tiene memoria: apañar patatas, vendimiar, acarrear leña, llevar y traer las vacas a los prados todos los días de la semana y todas las semanas del año, después de las horas de escuela de aula única con maestro de la vara. De ahí se salta a la aventura empresarial del padre, al negocio de electrodomésticos, a doblar el lomo como bestias. El relato del esfuerzo propio es el escudo con el que se responde a la acusación de privilegio.
El argumento demográfico: los boomers como caladero de votos
Hay una línea de análisis que intenta sacar la discusión del terreno moral y llevarla al aritmético. Los boomers son el grupo demográfico mayoritario. Por lo tanto, y gracias a la democracia, cuando eran jóvenes se invirtió en educación pública; cuando empezaron a trabajar se legisló en favor de los trabajadores; cuando necesitaron independizarse se legisló a favor de construir vivienda; cuando ascendieron y ganaron dinero se legisló bajando sus impuestos; y cuando se han jubilado se ha legislado garantizando sus pensiones. Los políticos siempre hicieron lo que los boomers querían porque eran el mayor caladero de votos. El resto de la gente, se concluye, solo ha ido detrás.
Ese marco tiene una réplica inmediata: la mayoría de los boomers no legisló nada. Trabajó en la construcción, en la hostelería, en la ingeniería, en talleres y en fábricas. Y una parte de esa generación también se quedó fuera. Se apunta que es muy difícil encontrar boomers pobres porque la mayoría de los que acababan en la ruina en los ochenta y noventa terminaban alcohólicos, con hábitos tóxicos, bebiendo, fumando, comiendo mal, sin ir al médico, y doblaron hace mucho. De los clientes de un bar de barrio que conocían al hijo del dueño por su nombre, llegaron a los setenta cuatro. La mayoría, por mal que les fuera, vivían en pisos en propiedad ya pagados.
El espejo de la vivienda: cinco millones al contado con treinta años
El dato que más tensión genera es el del acceso a la vivienda. Un participante de 59 años, trabajando desde los 16, describe su patrimonio: una casa de 350 metros con piscina en zona residencial, dos casas más alquiladas todo el año, tres hijos, el pequeño de 13. Su primer piso en Valencia lo compró al contado por cinco millones de pesetas con 30 años. Nadie le dio nada, ni herencias, ni becas, ni ayudas, subraya. La pregunta que lanza a quien se queja es qué ha hecho él en su triste y miserable vida además de quejarse.
La contestación llega por la vía de la comparación histórica. En esa época, se argumenta, analfabetos conseguían una casa en cuatro o cinco años. Ahora hacen falta 25 años o más, y eso si te conceden la hipoteca. Se añade que los pisos construidos durante el franquismo también se tenían que pagar, no se regalaban juntando tapas de yogures, y que la mayoría de los que hicieron patrimonio tenían dos trabajos y en sus ratos libres entrenaban un equipo deportivo cobrando, para no tocar los dos sueldos. El cálculo completo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende a quien lo lee entero.
La precariedad no es pereza: el mercado laboral que cambió las reglas
Frente al reproche de que los jóvenes no quieren trabajar, la respuesta más repetida es que sí quieren, pero no encuentran. Y aquí entra un factor estructural que se suele pasar por alto: la legalización de las empresas de trabajo temporal en 1994, cuando los boomers ya tenían 40 años, ya habían medrado en las empresas y ya estaban blindados en sus puestos. De ahí nace la dualidad entre indefinidos y temporales: los blindados camino de sus pensiones máximas, los jóvenes encadenando contratos temporales.
El contraste con el discurso del esfuerzo se hace explícito. Se recuerda que en esa época también había quien no cobraba una hora extra, ni como extra ni como hora normal, y a cambio recibía quizá un día o dos de descanso. Trabajar hasta 36 horas seguidas cuando hay entrega de proyectos no era una excepción. La diferencia no está en el sudor, se argumenta, sino en que aquel sudor compraba una casa y este no.
La grieta interna: ni todos los boomers son iguales ni todos los jóvenes son llorones
El asunto se complica cuando aparecen los matices. Hay boomers respetables, se dice, buenos padres, trabajadores y empresarios responsables que supieron formar y delegar, buenos ciudadanos. No son muchos, la verdad, como siempre minoría. Y luego está la mayoría que motiva el reproche: la que repite aquello de que como te he dado estudios y a mí no me los dieron, ahora me tienes que adorar como si fuera un dios el resto de mi vida.
En el otro extremo, también se dispara contra los jóvenes. Se les describe como una generación que se lo pasó bien hasta los 30 con másteres y carreras pagados por los boomers vía impuestos, y que ahora chilla porque tiene que trabajar. Se habla de una generación de cristal que se queja de todo, que fuma porros en el instituto, que se flipa con el fútbol y los conciertos, y que de la nada quiere un piso, un coche y vivir holgadamente. La conclusión de esa corriente es que el problema no es de una generación contra otra, sino de unos pastores que manejan el cotarro y crean las circunstancias mientras el ganado se culpa entre sí.
La falta de empatía y la fuga de talento
Hay un diagnóstico que intenta ser más quirúrgico. Que los boomers doblaron el lomo como bestias es cierto en muchos casos. El problema es la falta de empatía hacia la situación de los jóvenes. España es un país viejo y miedoso que explota a los jóvenes a cambio de casi nada. Y el joven realmente talentoso comprende que si quiere prosperar se tiene que largar de su patria, lo cual es profundamente injusto.
La recomendación práctica que se repite es la misma que se daba hace décadas: aprender idiomas e instalarse en otro país de la Unión Europea. La advertencia que la acompaña desmonta un tópico: en otros países se pagan más impuestos, no menos. Cada baldosa, cada metro de carretera, cada hospital y cada farola se financian con ellos. El paraíso fiscal no existe; existe, en todo caso, un mercado laboral que paga mejor el mismo trabajo.
El reproche generacional se agota en el mismo punto en que empezó: nadie discute que el acceso a la vivienda se ha encarecido de forma brutal respecto a hace cuatro décadas, y nadie discute tampoco que una parte de los nacidos después de 1955 se partió el lomo para llegar a donde llegó. Lo que sigue sin cuadrar es por qué, sabiendo ambos datos, la conversación deriva siempre hacia el insulto entre generaciones en lugar de hacia quien legisló cada una de las reglas que hicieron posible el desfase.