Heteropesimismo: la mujer que prefiere estar sola a rebajar su nivel
¿Qué pasa cuando la formación de las mujeres crece más rápido que la de los hombres y el mercado de pareja deja de cuadrar? El término «heteropesimismo», acuñado en 2019 por la columnista Asa Seresin en la revista
The New Inquiry, describe el fatalismo afectivo de cada vez más mujeres ante las relaciones heterosexuales. Lo recoge un análisis divulgativo difundido por
Onda Cero el 13 de octubre de 2024, que atribuye el fenómeno a un desfase concreto: hay más mujeres con formación superior y menos hombres que acceden a ella, de modo que muchas no encuentran parejas con su nivel académico, intereses vitales o afinidad ideológica. El resultado, según ese análisis, es una tendencia creciente a la soltería elegida.
Qué es el heteropesimismo y de dónde sale el término
Seresin lo definió como «desafiliaciones performativas con la heterosexualidad expresadas normalmente en forma de arrepentimiento, vergüenza o desesperanza sobre la experiencia heterosexual». El heteropesimismo, según esa definición, suele centrarse en los hombres como raíz del problema. Quien lo experimenta siente fatalismo y desengaño afectivo, o llega a pensar que nunca encontrará a un hombre adecuado.
La conversación no es nueva. En series como
Sexo en Nueva York ya aparecían conversaciones que apuntaban a lo mismo años antes de que existiera la etiqueta. Lo que cambia ahora es el contexto material: más mujeres con estudios superiores, menos hombres en esas mismas aulas, y una brecha ideológica que estrecha el margen de compatibilidad.
La presión masculina de ganar más que la pareja
El análisis difundido por
Onda Cero añade una pieza que suele quedar fuera del foco: muchos hombres sienten que no cumplen con los estándares patriarcales que se les impusieron, como ganar más que su pareja. Esa presión, interiorizada, genera dinámicas que el propio análisis califica de tóxicas: la mujer no quiere estar en una relación donde el hombre se angustie por no ingresar más que ella.
Ahí está la trampa del relato. Se habla de mujeres que rechazan a hombres insuficientes, pero también de hombres que se autoexcluyen por no alcanzar un listón económico que ya no sostiene la realidad. Dos presiones que se retroalimentan y dejan el mercado de pareja más estrecho de lo que las cifras de soltería sugieren.
Qué se discute cuando se discute esto
En el intercambio de opiniones que acompaña al tema aparecen corrientes muy distintas. Una parte sostiene que el fenómeno es, en el fondo, una excusa para justificar expectativas desproporcionadas: se pide un 8 cuando se parte de un 2, con altura, atractivo, conversación y capacidad económica. Otra corriente lo lee al revés: son los hombres quienes se retiran, y las mujeres se limitan a constatar que estar solas es mejor que mal acompañadas.
Hay quien apunta a un efecto de estatus: el poder y la posición pesan más que el atractivo físico, y los emparejamientos acaban siguiendo lógicas de posición social más que de afinidad cultural. Y hay quien directamente niega la premisa: la mayoría de las conversaciones cotidianas no giran en torno a Dante ni a los hábitos del zarapito real, así que el supuesto filtro académico y cultural sería, en la práctica, otra cosa.
El desfase entre discurso y vida cotidiana
La objeción más repetida es que el nivel académico no es lo que decide. Un caso citado en la conversación: un arquitecto en paro durante la crisis que comprobó que, si decía la verdad sobre su situación laboral, no conseguía quedar con nadie; cuando empezó a trabajar, el problema desapareció. La conclusión que se extrae es incómoda: lo que filtra no es la cultura, es la estabilidad económica presente o futura.
Frente a eso, otra línea de análisis señala que las actividades culturales y formativas están mayoritariamente ocupadas por mujeres, y que el problema no es que ellas no tengan intereses, sino que no encuentran interlocutores. La discusión deriva entonces hacia si el ocio masculino y el femenino se han separado tanto que ya no se cruzan.
Soledad, demografía y quién sostiene el relato
El debate se enmarca en una preocupación mayor: la caída de la formación de núcleos familiares y el envejecimiento. Hay quien sostiene que este tipo de contenidos forma parte de una ingeniería social orientada a generar insatisfacción permanente y, con ella, consumo de antidepresivos, viajes y experiencias. La tesis, sin pruebas que la respalden, circula con fuerza en ciertos entornos.
Lo que sí es verificable es el dato de partida: más mujeres con formación superior, menos hombres en esa misma franja, y una parte creciente de mujeres que declaran preferir la soltería a una relación que no las satisfaga. El resto —culpas, causas últimas, recetas— sigue sin cerrarse. Como suele pasar cuando el diagnóstico es más fácil que la solución.