Heteropesimismo: el desajuste que rompe el mercado del amor
En 2019 la revista
Paris Match publicó una foto de Nicolas Sarkozy y Carla Bruni con las cabezas a la misma altura, cuando todo el mundo sabe que ella le saca unos diez centímetros. La publicación lo atribuyó a que él estaba un escalón por encima de su esposa; el cachondeo en redes, al complejo que se sospechaba detrás. Aquella minucia resume un patrón viejo: en la pareja normativa, él quería quedar por encima, a veces literalmente. El retrato actual del emparejamiento heterosexual cuenta otra cosa.
Qué es el heteropesimismo y qué mide la hipogamia
El reportaje que abordó el asunto, firmado por Enrique Rey y publicado en julio de 2024, parte de una intuición de barra de bar que resulta tener datos detrás. El heteropesimismo es la lectura pesimista de ese mercado: la sospecha de que, para una mujer que busca una relación igualitaria, las reglas están trucadas. Y lo que mide es la
hipogamia, la pareja en la que el varón tiene menor nivel educativo que la mujer, que crece entre heterosexuales por una razón aritmética antes que ideológica: hay más mujeres jóvenes con Bachillerato o universidad que hombres en el mismo tramo.
El sociólogo Diederik Boertien, investigador del Centre d’Estudis Demogràfics de Barcelona, lo formula sin adornos. Si ellas quieren una pareja con su mismo nivel,
cada vez hay menos candidatos disponibles, y los titulados que quedan suelen estar ya emparejados porque para ellos ese requisito pesa menos. La relación modelo sigue siendo la homógama —misma edad, misma posición, mismos ingresos—, como recordaba el economista Branko Milanovic al estudiar la movilidad entre clases: predomina la tendencia a casarse entre iguales. El desajuste no nace de lo que se busca, sino de lo que queda en el estante.
Magisterio frente a un FP de mecánica: la pelea por el «nivel»
Segundo frente: qué significa exactamente «nivel». Una corriente sostiene que buena parte de los grados —magisterio, psicología, historia del arte, periodismo— no acreditan más competencia que un ciclo formativo de mecánica, y se llega a afirmar que quien se saca magisterio desde un Bachillerato de letras está al nivel de un chaval de cuarto de la ESO. La réplica llega desde el otro lado del taller: un mecánico ajustador exige
formación teórica y práctica, habilidad manual y años de experiencia, además de pringarse de grasa. Hay quien presume: quien sabe cambiar un embrague o montar una culata podría firmar columnas, pero no al revés. La discusión no salda nada y ese es justo el punto: el título funciona como marcador de estatus, no como medida de nada.
El fin de la dependencia económica
Hay una lectura que recorre el asunto de arriba abajo. Durante siglos, las relaciones entre hombres y mujeres en Occidente estuvieron marcadas por la dependencia económica de las segundas. Con las universitarias autosuficientes, el principal factor que las empujaba y las mantenía en la relación desaparece. Es la tesis que mejor encaja con la soltería femenina en los tramos de mayor formación, y la que permite leer el fenómeno como efecto colateral de una conquista y no como un fallo del sistema.
Del exceso de oferta al cálculo de la espera
Otra explicación compite en la misma mesa, y esta es más incómoda. Se argumenta que, una vez iniciada la vida sexual, la cantidad de hombres disponibles es enorme y esa ventaja se mantiene mientras aguanta el atractivo; a partir de ahí, el cálculo se invierte. De ese razonamiento salen diagnósticos como el de la sobrevaloración —«la suerte de la fea la guapa la desea»— o el retrato de dos soledades que no se encuentran a partir de los 35: ellos con insomnio y cigarrillos, ellas con gatos, prozac y una lista de requisitos intacta. La cantinela tiene décadas y ya la cantaba La Cabra Mecánica:
y yo que soy tan guapa y tan lista, yo que me merezco un príncipe o un dentista. El hedonismo, sentencian, no hace prisioneros después de los 30.
El desincentivo legal y la natalidad que no cuadra
El tramo final del diagnóstico se desplaza a lo jurídico. Se afirma que, con el marco legal vigente en España,
los hombres no tienen ningún incentivo para casarse, y de ahí al balance demográfico: nacimientos por debajo de los de la España de 1940, un mercado laboral que absorbe a mucha población en puestos que no aportan y un parque de viviendas tensionado por más hogares unipersonales. Son hipótesis encadenadas, no cuentas cuadradas, pero dibujan lo que está sobre la mesa: si el problema es de oferta, de expectativas o de reglas del juego.
Boertien vuelve a poner el foco donde menos se discute. No es una cuestión de preferencias, sostiene, sino de disponibilidad: los hombres con estudios universitarios
se agotan antes en el mercado del amor. Con ese dato encima de la mesa, el heteropesimismo deja de ser un estado de ánimo y pasa a ser un problema de existencias.