El Raval: la degradación que se atribuye al voto de sus vecinos
¿Qué pasa cuando el barrio que llevas décadas votando se convierte en un sitio por el que no te atreves a pasear? El Raval de Barcelona lleva tiempo siendo el ejemplo perfecto de esa contradicción, según varios participantes en el debate. Una vecina de toda la vida lo cuenta en un vídeo que se ha movido por redes: la sensación de inseguridad, la prostitución en la calle, las condiciones en que viven algunos menores. Y la respuesta de una parte del personal es la de siempre:
tú te lo has buscado.
El diagnóstico que más se repite no va por donde suele ir el relato oficial. No es solo la inmigración, ni solo la especulación. Es la combinación de un ayuntamiento que ha convertido la dejadez en política pública y de un votante que lleva años eligiendo las papeletas que producen exactamente esto, según sostienen varios usuarios.
Barcelona en Comú, ERC y PSC son, según un participante, las tres fuerzas más votadas en el barrio. Ninguna ha planteado mano dura. Plantearlo te convierte en fascista, afirman.
El argumento que nadie quiere oír: la culpa es del votante
La tesis más repetida en el debate es incómoda y tiene su lógica, según quienes la defienden: si llevas décadas votando a quien gestiona el barrio, no puedes quejarte del resultado. El Raval no se ha degradado a pesar de sus vecinos, se ha degradado con su complicidad electoral. Quien sostiene esto apunta a una disonancia cognitiva que define como
langostil: querer los beneficios de la solidaridad y ninguno de sus costes.
Hay quien va más allá y señala que el Raval nunca fue un barrio burgués. Lleva siglos siendo la zona de paso, el arrabal, el sitio donde la ciudad mete lo que no quiere ver. La diferencia es que antes era pobreza autóctona y ahora es pobreza importada, con una capa de economía sumergida que convierte calles como Robadors en un mercado de todo menos de vivienda.
La comparación con Madrid aparece una y otra vez. Quien se ha mudado desde Barcelona a la capital describe un contraste que califica de
juzgado de guardia. No es que Madrid sea un paraíso, pero la sensación de seguridad al caminar por la calle es, según estos testimonios, incomparable. Y eso que los datos que se comparten sobre la capital no son precisamente tranquilizadores.
Los datos que se cruzan en el debate
El intercambio de cifras es lo más interesante del asunto. Un análisis recurrente sostiene que Madrid tiene más población migrante de origen magrebí y dominicano que Barcelona, pero muchos menos europeos. La proporción que se maneja es de
2,5 migrantes magrebíes o dominicanos por cada europeo en Madrid, frente a 1 por 1 en Barcelona. El argumento que se deriva es incómodo: si el problema fuera solo la inmigración, Madrid estaría peor. Y no lo está.
Otro bloque de datos apunta a la criminalidad. Se afirma que Madrid registra un
136% más de asesinatos que Barcelona con solo un 100% más de población, y un 166% más de secuestros. La conclusión que extraen quienes comparten estas cifras es que el relato de la Barcelona peligrosa es, cuando menos, incompleto. La seguridad percibida y la estadística no siempre van de la mano.
La especulación inmobiliaria también entra en la ecuación. Hay quien sostiene que la gentrificación del Raval se intentó y fracasó, y que ahora el barrio está atrapado en un limbo: ni se gentrifica ni se dignifica. Se habla de un cálculo que circula sobre el coste de sacrificar un barrio céntrico para concentrar allí los problemas que no se quieren en otras zonas. El desglose completo, partida a partida, da una cifra que sorprende.
La nostalgia de Franco y el problema del marco
Una parte del debate cae en la trampa de siempre: añorar la ley de vagos y maleantes como solución. Es un marco que, según varios participantes, descalifica cualquier crítica seria. Quien lo usa le está regalando al adversario la razón. La degradación del Raval no se arregla con nostalgia autoritaria, se arregla con gestión. Y la gestión brilla por su ausencia.
El problema de fondo es que el debate sobre seguridad y convivencia en barrios como el Raval está secuestrado por dos extremos que se necesitan mutuamente, según se desprende del hilo. Unos convierten cualquier crítica en fascismo. Otros convierten cualquier solución en nostalgia franquista. En medio, los vecinos que llevan toda la vida allí y que no votaron ni a unos ni a otros.
La conclusión más honesta es la que no cierra nada: el Raval seguirá degradándose mientras el votante que se queja siga votando lo mismo. Y mientras el que no se queja siga mirando a otro lado. La única duda razonable es cuánto tiempo más puede aguantar un barrio antes de que ya no haya nada que salvar.