De cajera a eurodiputada: los 10.377 euros al mes de Irene Montero
Irene Montero no ha sido cajera ni en sueños. Su hoja de cotización, sostienen quienes han seguido su trayectoria, está limpia como una patena. Pero el apodo se ha quedado pegado, y con él una pregunta incómoda: ¿de qué vive alguien que empieza en política con una beca de 12.000 euros y acaba cobrando
10.377,43 euros al mes como eurodiputada? La cifra, repetida hasta la saciedad, equivale a 124.529,16 euros anuales. Un aumento de casi el
940% respecto a sus inicios.
La coalición de izquierdas le ha cerrado la puerta a liderar. Las encuestas, dicen, sitúan a su partido como el hermano pequeño al borde de la desaparición. Y ahí arranca el debate que estos días circula con más fuerza: ¿qué hace alguien que ha vivido toda su vida adulta de la política cuando la política deja de quererle?
¿Cuánto cobra un eurodiputado y por qué no necesita ejercer otra cosa?
El sueldo base de un eurodiputado ronda los 10.000 euros mensuales, y a eso se suman dietas, desplazamientos y un régimen de gastos que pocos ciudadanos conocen al detalle. Con esa nómina, la hipoteca de 540.000 euros que Montero e Iglesias pidieron para su chalet no es un problema. Tampoco lo son los tres niños pequeños, los viajes cada dos por tres ni la vida sin privaciones que se le atribuye.
Hay quien calcula que, con tres o cuatro inmuebles en cartera, los ingresos por alquiler rondarían los
6.000 euros mensuales como mínimo. Suficiente para vivir en un chalet con piscina, jardín y 400 metros de planta. El resto, en zulos o en viviendas adosadas. La aritmética no falla.
Durante su etapa como ministra de Igualdad, entre 2020 y 2023, percibió además
79.415,16 euros anuales. Sumando ambas fuentes, el patrimonio se explica solo. No hace falta ser un genio de las finanzas.
La hipoteca de 540.000 euros y el relato de los dos pijos
La propia Montero ha explicado en alguna ocasión que tanto ella como Pablo Iglesias eran dos pijos que iban sobrados vía herencia para adquirir el chalé. Es decir, que el relato de la cajera que se hizo a sí misma no se sostiene ni con el mejor de los voluntarismos.
Lo que sí sostienen quienes han seguido su carrera es que su hoja de cotización no registra un solo día detrás de una caja registradora. El apodo nació como burla y ha acabado funcionando como recordatorio: la distancia entre el discurso y la biografía.
El problema de esta gente, apunta un análisis recurrente, es que no tienen un plan B. Monedero, Iglesias y otros han sabido reinventarse. Ellas no dan para eso. Y cuando se acaba el cargo, se acaba el resto.
¿Qué pasa cuando se acaba el cargo?
La pregunta no es retórica. En el Parlamento Europeo, los escaños duran cuatro años. Con la riada de dietas que se cobran, muchos compran un piso en Bruselas, pagan la hipoteca durante la legislatura y, si no repiten, se vuelven a Madrid y alquilan la vivienda a precios brutalérrimos. Hay inmobiliarias especializadas en eurofuncionarios. No es un secreto.
Pero eso exige haber planificado. Y aquí entra la tesis más repetida: esta gente no tiene puerta giratoria porque no pinta nada. No les espera un consejo de administración ni una fundación bien dotada. Les espera, en el mejor de los casos,
Sálvame y una exclusiva en una revista del corazón. En el peor, el olvido.
Hay quien sostiene que la vida ya la tienen solucionada y que encontrarán acomodo en alguna ONG inflada de millones durante su etapa en el poder. Otros creen que no: que estuvieron en el sillón hasta el último día, que cobraron el paro cuando no las quisieron en la coalición y que sacaron plaza en Europa in extremis. Si tuvieran la vida resuelta, no estarían llorando por no poder vivir mucho más de la política.
La conversación deriva hacia un asunto más incómodo: el de los votantes. Los que cobran el SMI mientras su representante cobra 25.000 euros netos al mes. Los que aplauden el discurso de la justicia social mientras la persona que lo pronuncia acumula ladrillo. La contradicción no es nueva, pero sigue funcionando como detonante.
Y una predicción que sobrevuela todo: cuando se apague el foco, cuando no haya micros ni platós, ¿qué queda? ¿Una exministra con tres pisos y una hipoteca pagada, o una política sin oficio ni beneficio esperando la siguiente oportunidad? La respuesta depende de a quién se le pregunte. Y de cuánto tiempo tarde en llegar la siguiente nómina pública.