KIEV EN PELIGRO! PUENTES BAJO…
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La capital ucraniana depende de sus puentes para conectar la orilla izquierda, donde vive la mayoría de la población, con la derecha, donde se concentran los empleos y los ministerios. El mayor riesgo no es solo el puente caído: es que las bombas de agua y alcantarillado se queden sin electricidad.
Kiev tiene un problema de geometría que la guerra ha convertido en un problema de supervivencia. La ciudad está partida en dos por el río Dniéper, y esa división no es simétrica. En la orilla izquierda vive una parte muy grande de la población. En la derecha están los puestos de trabajo, los ministerios, buena parte de la actividad económica. Cada mañana, cientos de miles de personas cruzan el río en un sentido. Cada tarde, lo cruzan en el contrario. Los puentes no son una infraestructura más: son la bisagra que mantiene unida la ciudad.
Eso explica por qué los ataques contra los cruces sobre el Dniéper no son un detalle táctico. Si un puente queda inutilizado, no se pierde solo una vía de tráfico. Se rompe el circuito diario que permite que la capital funcione como capital. El experto en planificación de transporte Dmytro Vespalov lo resume con crudeza: la destrucción o inhabilitación de esos puentes desequilibraría la movilidad de la ciudad y causaría un daño grave a la economía municipal, a la de la capital y a la del propio Estado, porque en la orilla derecha están los ministerios donde trabaja gente que vive en la izquierda.
La primera consecuencia es la movilidad. Sin cruces, los desplazamientos diarios se vuelven imposibles o absurdos. No hay una alternativa que absorba ese volumen de personas. El metro tiene sus propios túneles bajo el río, pero no conecta todos los puntos ni tiene capacidad para sustituir el tráfico rodado. Los autobuses y el transporte público pueden reforzarse, pero dependen de que existan vías por las que circular.
La segunda consecuencia es económica. Si los trabajadores no pueden llegar a sus puestos, la administración se resiente, las empresas pierden operatividad y la ciudad pierde capacidad de funcionar como centro de decisión. Vespalov insiste en que la prioridad no es solo proteger los puentes, sino tener opciones de reserva para cuando alguno quede fuera de servicio. La ciudad ya ha demostrado que puede reaccionar con rapidez: cuando un dron impactó en el puente del norte, se reparó la calzada con relativa celeridad, se instalaron redes y ahora se puede circular por él.
Los túneles bajo el Dniéper aparecen siempre en estas conversaciones como la solución definitiva. Vespalov no los descarta técnicamente: todo lo que no viole las leyes de la física, los ingenieros pueden llevarlo a cabo. El problema es el coste y el tiempo. Habla de varios miles de millones de dólares o euros y de entre 7 y 10 años para diseñarlos y construirlos. Su conclusión es que eso no es una cuestión para mañana, sino de perspectiva, y que ahora conviene concentrarse en medios más efectivos para proteger los puentes existentes y en planes de contingencia.
Si los puentes son el problema visible, el sistema de suministro de agua y alcantarillado es el problema silencioso. Kiev depende de colectores profundos y de equipos de bombeo para mover el agua potable y las aguas residuales. Vespalov señala que destruir las tuberías en sí tiene poco sentido, porque son relativamente fáciles de reparar. El punto débil está en otro sitio: la electricidad que alimenta las bombas.
Sin electricidad, el agua no se bombea. Da igual que las tuberías estén intactas. Y si el equipo de bombeo resulta dañado, el problema es el mismo. Vespalov distingue este caso del de un puente derribado: aquí no hay una estructura colosal que reconstruir, sino sistemas que se pueden proteger y reparar. La solución que propone es la misma que ya han adoptado muchos habitantes de Kiev: generadores de reserva. Si casi todos los residentes tienen una estación de carga, el equipo de bombeo debería tener lo equivalente.
El riesgo sanitario de un fallo prolongado en el agua o el alcantarillado es serio. Vespalov evita dramatizar, pero no lo esconde: detener el suministro de agua o el alcantarillado puede ser extremadamente peligroso para una ciudad del tamaño de Kiev. Si esos sistemas fallan, la capital no podrá funcionar con normalidad ni cumplir sus funciones de capital. Por eso insiste en que lo importante es no permitir que se llegue a ese escenario.
La estación de aireación de Bortnichi es una pieza clave del saneamiento de la capital. Vespalov la describe como un complejo de grandes depósitos de hormigón donde el agua se depura mediante bacterias. Es un proceso continuo: se inyecta aire y las bacterias hacen su trabajo. Destruir un depósito de hormigón es extremadamente difícil. Dañar la estación y detener el proceso es, en cambio, perfectamente posible.
¿Cómo se detiene? Cortando la electricidad o dañando las bombas. No solo las bombas de agua, también las de aire que saturan el agua con oxígeno. Sin ese aire, las bacterias mueren y el proceso de depuración se interrumpe. Vespalov no quiere ni imaginar el escenario de una parada de Bortnichi, pero reconoce que las consecuencias de detener el suministro de agua o el alcantarillado serían extremadamente peligrosas para Kiev. Su receta es la misma que para el resto de la infraestructura crítica: protección fiable y energía de respaldo preparada.
Vespalov rechaza la idea de concentrar los esfuerzos en una sola medida. Su razonamiento es que el enemigo también observa, y si la ciudad centraliza sus recursos en una solución concreta, llama la atención sobre ese punto y facilita que sea atacado. La táctica que propone es la diversificación máxima: no dos o tres medidas, sino veinte o treinta.
Aplicado a los puentes, eso significa que los pontones son solo una pieza posible dentro de un conjunto mucho más amplio. Vespalov no apuesta por ellos como solución principal. Habla de reducir la necesidad de desplazamiento entre márgenes, de planificar transporte público adicional, de reparar daños con rapidez y de alimentar con equipos de reserva los sistemas que pierdan el suministro centralizado. La conexión entre las dos orillas, en un sentido amplio, es lo que hay que mantener.
Sobre el estado de las redes, Vespalov no se engaña: muchas no son nuevas y están desgastadas. Pero introduce un matiz importante. El resultado final depende de tres factores que interactúan: el estado previo de la infraestructura, lo que hace el enemigo para dañarla y lo que hace la propia ciudad para repararla. No es lo mismo un sistema viejo que se mantiene que uno viejo que se abandona. La velocidad de restauración marca la diferencia.
El metro de Kiev también ha dado señales de fragilidad. Una caída de tensión puede detener el servicio, y eso afecta a la seguridad general del entorno urbano. Vespalov no promete que la ciudad vaya a aguantar sin sobresaltos, pero sí apunta que los ciudadanos ya se han preparado por su cuenta: dispositivos de alimentación de reserva, aislamiento térmico, planes para pasar lo que venga. Su deseo es que este invierno no sea peor que el anterior.
La conclusión que deja el experto no es un plan único ni una solución mágica. Es una advertencia sobre la escala del problema y una apuesta por la redundancia. Una capital de más de tres millones de habitantes partida por un río, con la población a un lado y el trabajo al otro, no tiene una bala de plata. Tiene veinte o treinta medidas pequeñas que, juntas, evitan que la ciudad se parta del todo. Cualquier decisión sobre infraestructura crítica en una zona de conflicto debería tomarse con asesoramiento técnico y de protección civil actualizado.
KIEV EN PELIGRO! PUENTES BAJO…