Jazztel: de 2,90 euros a 9,10 sin soltar el triángulo
Jazztel parecía una compra fácil a 2,90 euros. Bastaba con creer que el valor rompería una resistencia de cuatro céntimos y esperar sentado. La tesis aguantó años: primero los 3,20, después los 4, más tarde los 6,70 y, cuando parecía agotada, los 9. Lo incómodo del relato no es la predicción, sino que quien la formuló se bajó en 6,82 euros y dejó el último tramo a otros.
La propuesta inicial era concreta. La acción había cerrado en
2,90 euros, intentaría superar los 2,94 y, una vez roto ese nivel, tendría vía libre hasta los
3,20. No era un pálpito de barra de bar, aunque lo pareciera: se apoyaba en algo que cualquiera puede dibujar sobre un gráfico, un triángulo que venía comprimiendo el precio.
El resto del cuerpo matiza. Lo primero fueron las dudas razonables. Quien había comprado a 2,65 tres meses antes llevaba un
10% de ganancia y dudaba entre recoger o esperar, con una resistencia pendiente de apenas cuatro céntimos. Enfrente, el escenario bajista de manual: si alguien había prestado sus acciones a 0,27 euros antes del contrasplit, lo lógico era que no las dejara perder.
Los objetivos que se cumplieron: 3,20, 4, 5,25 y 6,70 euros
La secuencia se cumplió con una precisión que incomoda a cualquier gestor de fondos. El triángulo rompió al alza, el valor subió
más de un 5% en una sesión y cerró por encima de 3 euros. De ahí a los 3,30, después a los 3,59 y, con el ejercicio acercándose al final, el objetivo declarado de 4. Nadie firmó un informe con ese recorrido. Se sostuvo a base de acumulación, volumen creciente y aplicaciones grandes que, en la lectura optimista, delataban manos institucionales entrando en silencio.
Lo que vino después tiene menos épica y más aritmética. El valor se plantó en
4,95 euros, con la vista puesta en la resistencia de
5,25 euros, y encadenó después los 5,80 y los 6,70. Cuando el precio cerró exactamente en ese nivel, la hoja de ruta estaba agotada. El propio autor del pronóstico lo dijo sin adornos: objetivo cumplido. Y añadió la frase que no recoge ningún folleto de
inversión:
el último euro que lo gane otro.
El detalle curioso es que la escalada se produjo en pleno julio, un mes en el que el valor solía quedarse dormido. Los resultados acompañaban —el plan plurianual se cerró por encima de sus previsiones y el nuevo se presentó con estimaciones deliberadamente conservadoras, con las 800.000 portabilidades de móvil ya cumplidas—, pero un gráfico no sube por un balance. Sube porque alguien compra con volumen.
¿Por qué se compraba Jazztel mientras el euro se rompía en Chipre?
Chipre fue el recordatorio de que la bolsa no vive aislada. La quita sobre depósitos y cuentas corrientes de un país miembro de la eurozona, con un porcentaje que llegó a discutirse entre el 10% y el 6,75%, dejó a más de uno mirando su cuenta con desconfianza. Ese episodio ayuda a entender por qué quien buscaba refugio miraba hacia una teleco española de tamaño medio y no hacia un depósito bancario.
La pregunta de entonces sigue teniendo sentido: ¿cuánto de la subida fue mérito de la compañía y cuánto, miedo a los bancos? No hay respuesta limpia. La empresa cumplía objetivos, sumaba clientes y presentaba cuentas en positivo por primera vez; el mercado discutía si eso bastaba para sostener el precio.
Tras una sesión de casi el 5% a la baja, la duda era si había que deshacer posiciones. No hubo consenso —nunca lo hay—, pero el valor rebotó en un soporte y siguió subiendo.
Hay quien sostiene que fue el mejor termómetro de la confianza inversora de aquellas semanas.
Quién aguantó desde 2010 y quién vendió con mono
El caso más extremo es el de una posición abierta en 2007. Siete años de travesía del desierto y una salida automática en
9,10 euros, justo antes de que el valor siguiera subiendo. Ganancia: unos 2.000 euros y una sensación agridulce que se resume en dos palabras:
tengo mono.
En el otro extremo está quien entró por debajo de 3 euros y sigue dentro, mirando la cotización casi a diario, con la posición de 2010 intacta y sin intención de cambiar de compañía: continúa siendo cliente de la teleco. Cuando venda, dice, también tendrá mono.
La lección, si hay alguna, es que el stop-loss protege de la ruina y arruina las rentabilidades. Quien vendió en 6,82 no se equivocó; simplemente dejó de creer en su propio objetivo antes de que se cumpliera. Quien aguantó sin mirar los indicadores cobró más.
Orange, Credit Suisse y el 4% de un solo día
El tramo final llegó envuelto en especulación. Un rumor sobre el interés de Orange movió el valor un
4% en una sesión y puso sobre la mesa una posible operación sin que nadie la confirmara. Ese tipo de noticia vende periódicos y no aclara nada: si la operación existe, no se sabe a qué precio; si no existe, el movimiento ya está hecho.
Lo que sí se puede medir es quién compraba. Credit Suisse aparecía como comprador agresivo y como el mayor del año, sólo por detrás de JP Morgan y Morgan Stanley. Volúmenes por encima de la media, cierres en máximos y una resistencia simbólica, los 6,70 euros, que dejó de ser techo para convertirse en suelo. El seguimiento diario de agencias, con importes y sesiones concretas, es la parte que no cabe aquí.
A 29 de enero de 2014 el valor cerró por encima de
9 euros. La horquilla intradía llegó a moverse entre 8,96 y 9,23, un rango de casi treinta céntimos que da para mucho intraday y muy poco para patrimonios tranquilos.
Con el precio por encima de 9 euros y un supuesto interés comprador sobre la mesa, el margen que queda es una incógnita. La escalada desde 2,90 se explica por fundamentales, triángulos y miedo bancario. Lo que venga después dependerá de si Orange confirma o desmiente. Si confirma, el precio lo escribirá el comprador; si no, alguien se quedará mirando la pantalla con la posición abierta y sin excusa técnica.