El Mundo despide a Peñafiel por sus publicaciones sobre Letizia
Para muchos de los que han seguido el caso, un despido a los 91 años no es un despido: es un mensaje. El Mundo ha prescindido de Jaime Peñafiel, cronista de la realeza, después de sus publicaciones sobre la reina Letizia, enmarcadas por el medio en los «bulos» contra la reina. Lo adelantó La Razón y en pocas horas el asunto dejó de ser prensa rosa para convertirse en otra cosa: una pelea sobre qué es verdad, quién lo decide y por qué se expulsa del club a quien lo cuenta.
Los hechos confirmados son escuetos.
Peñafiel tiene 91 años, firmaba en El Mundo y su salida se ha comunicado sin más explicación pública que esa referencia a los «bulos». Todo lo demás —versiones, sospechas, listas de agravios acumulados— llega de fuera del comunicado.
Qué ha pasado con el despido de Jaime Peñafiel
La información que abre el caso es un tuit de
La Razón bajo el epígrafe de última hora: «Jaime Peñafiel, despedido de El Mundo tras los “bulos” contra la reina Letizia». Nada más. Ni la dirección del diario ni el periodista han detallado por escrito qué textos concretos han motivado la decisión, y el entrecomillado de la palabra «bulos» ya deja entrever que su condición de falsedad no es un hecho establecido en el comunicado, sino la calificación que se le atribuye.
A partir de ahí, cada pieza del relato se sostiene sobre indicios y sobre memoria acumulada.
El punto de fricción no es nuevo: hay quien recuerda que la animadversión del columnista hacia Letizia venía desde el primer día de su incorporación a la familia real, mucho antes del episodio que ahora se le imputa.
¿Por qué se interpreta el despido como confirmación de los bulos?
El razonamiento más repetido no aporta ninguna prueba nueva, pero tiene su lógica retorcida: si lo publicado fuera falso, bastaba con desmentirlo pieza a pieza; si se despide al autor, es que había algo. Es el silogismo del cierre de filas, y estos días cotiza al alza.
A ese armazón se le añade una segunda pata: la reacción de medios de referencia en defensa de la reina. Se sostiene que esa salida en tromba a desmentir habría confirmado, por contraste, la veracidad de todo lo publicado. Es un argumento circular —la defensa se lee como prueba de la acusación— y, precisamente por eso, cuesta más desmontarlo que formularlo. Frente a esa corriente pesa lo obvio:
ninguna de las informaciones en liza ha sido validada por un tribunal, una investigación o una verificación independiente que conste.
La pregunta práctica es otra: si el material existe, ¿por qué no se publica? La respuesta más repetida entre quienes siguen el caso apunta a un cálculo de conveniencia. A los 91 años, sostienen, el coste de tirar de la manta es bajo y el beneficio reputacional, alto. Y sin embargo el dossier sigue sin aparecer.
La sombra de Juan Carlos I: el peloteo que se le reprocha
En el trasfondo del caso está el reinado anterior. Buena parte del desgaste que se le atribuye a Peñafiel no procede de sus artículos sobre Letizia, sino de su papel durante los años del emérito: la etiqueta de
cronista oficioso, el tono complaciente con el anterior jefe del Estado y el silencio mantenido mientras los medios españoles evitaban ciertos asuntos. Esa factura, señalan, se le pasa ahora.
De ahí que muchos no lean el despido como una cuestión de rigor informativo, sino como un ajuste de cuentas por la puerta de atrás. La versión contraria también circula: que el columnista llevaba años cruzando líneas que ningún medio sostiene, y que el cese es, simplemente, la consecuencia de haberlas cruzado una vez más.
Camilo Villarino y el relevo en la Casa Real
El despido no llega en el vacío. La misma conversación incorpora otro movimiento institucional:
Felipe VI releva a Jaime Alfonsín como jefe de la Casa Real, a cinco meses de cumplir una década en el trono. El sustituto es Camilo Villarino, diplomático descrito como de perfil bipartidista, discreto, leal y conservador, y hasta entonces mano derecha del responsable de la política exterior europea. El anuncio lo publicó
El País.
Leer los dos movimientos juntos es tentador y probablemente excesivo. Uno es un cambio de estructura en la institución; el otro, una salida editorial. Pero el encadenamiento en el tiempo alimenta la lectura de que alguien ha decidido reordenar el relato antes de que lo ordene otro.
Las derivadas: Begoña Gómez y el resto de la lista
Como ocurre siempre en estos casos, el asunto ha ido absorbiendo material ajeno. Aparece ahí la comparación irónica sobre quién ocupa el papel de primera dama, con la mujer del presidente del Gobierno situada por detrás de la Reina en ese protocolo imaginario. Y aparecen nombres del pasado dinástico, pleitos sucesorios y sospechas que llevan años circulando sin que nadie las haya llevado a un juzgado.
Todo eso no es el caso. Es el eco del caso.
El núcleo sigue siendo el mismo: un despido, una acusación de falsedad y ninguna prueba pública en ninguna de las dos direcciones.
Qué puede pasar ahora
Con 91 años, la continuidad profesional del columnista es una incógnita menor y la editorial, una mayor. La apuesta razonable, si nada cambia, es que el material siga sin publicarse y que el episodio se diluya en tertulia. La apuesta contraria —que alguien mueva ficha y saque los papeles— es la que sostiene el interés.
Lo previsible es un tercer escenario, más aburrido y más probable: que el despido quede como lo que parece, un cese sin explicación pública, y que dentro de seis meses nadie recuerde ya qué decían exactamente esos «bulos». Que no se sepa tampoco si eran verdad.