El «te quiero» coreado por los asistentes al mitin adscritos a su espacio político traza una línea divisoria sarracena frente a la oposición: nosotros, los que amamos, frente a ellos, los que odian
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Juan Manuel de Prada
18/10/2026
La declaración pública de amor del doctor Sánchez a Begoñísima durante un mitin y el efecto euforizante que ha tenido entre los asistentes adscritos a su espacio ideológico vuelve a probarnos que las democracias contemporáneas se han convertido en un terreno emotivista, sólo apto para un debate superficial. Como las bacantes de Eleusis, como los devotos de Mitra, como los alumbrados de Llerena, los asistentes han hecho de su culto democrático una ceremonia de la irracionalidad y el emotivismo; y el demagogo, a falta de ideas persuasivas, ya no tendrá que recurrir a sofismas taimados para embaucar a sus seguidores, sino que le bastará con sugestionarlos y tocarles la «fibra sensible» con cualquier ñoñería burda.
La democracia, que se concibió idealmente como un parlamento de la razón, se ha convertido a la postre en un teatrillo de las emociones más baratas. Naturalmente, detrás de esta metamorfosis se esconde una subversión antropológica: las potencias sensitivas han dejado de estar gobernadas por las potencias intelectivas; y soltando cualquier discurso bañado en almíbar, el demagogo puede excitar las pasiones sensibles del público (lo que ahora llaman «empatía») y, a la vez, activar sus apetitos irascibles hacia el enemigo exterior (la ultraderecha, los jueces franquistas, la fachosfera, etcétera). Los asistentes reaccionan por impulsos sentimentales y gregarios, negando aquella sentencia de la filosofía clásica (nihil volitum nisi praecognitum: nada es querido si no es previamente conocido por la razón) que supuestamente regía el funcionamiento de la democracia, donde el voto se producía tras el juicio deliberativo. Ahora los asistentes votan tras una llorera, tras un impacto emocional, tras una conmoción en su estado anímico.
Conocedor de esta mutación antropológica, el doctor Sánchez sabe que la exposición victimista de los afectos (que pueden ser afectos fingidos), las heridas personales y, en general, los entresijos de la intimidad (o sea, lo que un hombre cabal jamás exhibe) sustituye y hace innecesario el discurso racional; y que esa exhibición sonará más conmovedora y «auténtica» a los asistentes cuanto más teatralizada se sirva. El doctor Sánchez sabe que quien domina la puesta en escena de la emoción domina el «relato»; y que de este modo su figura queda blindada ante sus seguidores frente a cualquier escrutinio racional.
El doctor Sánchez, que conoce mejor que nadie el terreno emotivista en que chapotea la democracia, ha buscado con su discurso esa «investidura afectiva» a la que se refiere Laclau, usando paradójicamente el amor que tributa a Begoñísima como catalizador de los antagonismos sociales. El «te quiero» coreado por los asistentes adscritos a su espacio político traza una línea divisoria sarracena frente a la oposición: nosotros, los que amamos y resistimos, frente a ellos, los que odian y destruyen.
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