La pareja tradicional se rompe: nadie asume la culpa y todos la cobran
Un hombre de cuarenta años, casado, con hijos y
una rueda pinchada, llama a su padre jubilado para que le acompañe al taller. La escena se repite en más de una casa y sirve a una parte del análisis para zanjar el asunto: el problema no es económico, es que una generación de varones no aprendió a resolver sola. La otra mitad responde con la acusación inversa: el culpable es el relato del
empoderamiento, un marco legal que castiga al hombre y un mercado inmobiliario que ha convertido la independencia en un lujo. Después de un largo intercambio, nadie ha movido su posición. El reparto de culpas sigue empatado.
Feminismo, medios y leyes: la acusación que más suena
Hay una corriente que sitúa el origen de la crisis de la pareja tradicional en un
cambio cultural dirigido. En su lista de sospechosos entran la música —con
Malamente como caso citado—, el cine de animación, las series y toda una producción audiovisual que, según esta lectura, ridiculiza al varón heterosexual y premia el victimismo femenino. Después, el marco legal. Se sostiene que las leyes de violencia de género y el régimen de divorcio han convertido el
matrimonio en una
ruleta con demasiadas balas en el tambor. La consecuencia, dicen, es que cada vez menos hombres ven el altar como un destino razonable.
La versión más dura de esta tesis apunta incluso a una supuesta infiltración organizada en el activismo, una sospecha que se lanza sin pruebas y que conviene tomar como lo que es: una hipótesis de barra de bar, no un hecho documentado. Lo sólido de esta corriente es su lectura del incentivo: las políticas de igualdad funcionarían, en su versión, como un estímulo a la ruptura más que a la estabilidad.
Vivienda, Estado y bienes gananciales: la tesis económica
Frente al relato cultural, una segunda explicación baja al detalle contable. Mantener una familia exige recursos, y se argumenta que el Estado se ha quedado con una parte creciente de ellos: cuanto más grande es la administración, menos margen queda para el proyecto familiar. A eso se añade el
precio de la vivienda, que retrasa la emancipación y, con ella, cualquier plan de pareja. El diagnóstico más repetido cabe en tres palabras: dinero y pisos.
El tercer elemento es jurídico. Hay quien recuerda que en generaciones anteriores los
bienes obtenidos con el salario externo se consideraban comunes y el cuidado del hogar no se contabilizaba como trabajo gratuito. Hoy esa contabilidad doméstica se ha desmontado, y con ella parte del pegamento que sostenía la unidad. La crítica no va contra la igualdad, sino contra haber convertido el sostén de la casa en una partida invisible que nadie paga.
El mercado de emparejamiento y el 75% de rupturas
Un dato se repite como munición:
el 75% de las rupturas las inician ellas, según el cálculo que circula en el análisis. De ahí se deduce que el hombre ya era como era cuando la relación empezó y que, por tanto, el argumento de la inmadurez sobrevenida no se sostiene. El razonamiento se completa con un retrato del
mercado: mujeres de 40 y 45 años recibiendo propuestas de hombres de 20 a 35, mientras el varón de esa edad compite con menos cartas sobre la mesa.
La conclusión que se extrae es incómoda y, desde luego, discutible: si el emparejamiento funciona como un mercado, el desenlace no lo decide la moral, sino la oferta. Nadie aporta en el análisis una fuente oficial que respalde ese porcentaje, así que funciona más como arma retórica que como estadística.
Los hombres que no maduran y las madres que los retienen
La tesis opuesta no exculpa a nadie. Se apunta a varones que a los 30 y a los 40 siguen comportándose como adolescentes, que acuden al médico con la madre para que hable por ellos y que no cambian de ciudad por miedo a perder la protección familiar. El diagnóstico se extiende a la generación criada
entre algodones a partir de 1980 y a las madres que no cortaron el cordón.
Con ese material, sostiene esta corriente, una mujer heterosexual lo tiene complicado. Y añade una réplica simétrica: también hay hombres que dan más guerra que un cliente impaciente pidiendo que le quiten las escamas al pescado antes de pesarlo. La queja, en cualquier caso, es de fondo: no es que las mujeres hayan cambiado, es que no encuentran con quién hacerlo.
La anticoncepción y la caída del matrimonio religioso
Por debajo de todo, dos explicaciones estructurales que casi nadie discute cuando aparecen. La primera es religiosa: si el matrimonio es un sacramento y la vida tiene un fin trascendente, ninguna crisis lo pone en riesgo. La segunda es tecnológica y quizá la más citada de todas: el
control de la natalidad puso en manos individuales la decisión de tener hijos y, con ella, la de elegir pareja o renunciar a ella.
El matrimonio, mientras tanto, ha pasado de norma social a excepción. Ya no hace falta soportarse como antes —ni económica, ni legal, ni socialmente— para salir adelante. Esa es, en el fondo, la única conclusión en la que coinciden todas las facciones.
Queda el dato.
El 75% de las rupturas, iniciadas por ellas, según el cálculo que circula. Con esa cifra sobre la mesa, la pregunta de quién tiene la culpa se vuelve casi retórica: cada parte tiene su estadística, su caso y su culpable favorito. Lo que no aparece por ningún lado es una cifra que mida lo contrario: cuántas parejas tradicionales siguen funcionando sin que nadie escriba sobre ellas.