Irene y Pablo acampan en Sol contra el decreto de vivienda
Dos personas llamadas Irene y Pablo montan tienda en Sol y anuncian que vienen «esta noche y las que hagan falta». Alrededor, una acampada que imita el guion de 2011 pero con otra demografía: menos pelo y más canas. La convocatoria, difundida bajo el paraguas de #decretoMaricarmen y la etiqueta de @InquilinatoMad, ha reabierto el pulso por el precio del alquiler en España.
Qué es la acampada de Sol y el decreto Maricarmen
El acto se presenta como respuesta a una norma de vivienda bautizada en redes como el decreto Maricarmen. Desde el entorno del actor Carlos Bardem se pidió acudir, difundir y cooperar, con mensajes que se viralizaron en pocas horas. La protesta se organiza por el mismo mecanismo de siempre: convocatoria abierta, acampada y presencia física como escenografía del conflicto.
El tono oficial es reivindicativo. El tono real depende a quién se pregunte. Una parte de la conversación sostiene que se trata de una demanda legítima contra el precio del alquiler; otra corriente, bastante más ruidosa, lo lee como postureo de quienes ya tienen resuelta la papeleta. La crítica recurrente apunta a que, mientras se monta la tienda, alguien se queda con los niños en casa. Literal.
¿Por qué se compara con el 15-M de 2011?
La acampada evoca el movimiento de 2011 y el paralelismo se sostiene mal. Entonces había chavales; ahora dominan calvos y canosos, muchos de ellos los mismos que ya estaban hace más de una década. La propia discusión lo admite sin pudor: apenas se ve gente joven, y los pocos que aparecen tienen otras cosas que hacer.
La ironía se dispara cuando el argumento gira hacia el ladrillo. Hay quien recuerda que la política de vivienda más intervencionista de la historia reciente no la firmó la izquierda, sino dos nombres del franquismo: Jose Luis Arrese y Girón de Velasco. Y hay quien señala que parte del malestar actual vive de rentas antiguas heredadas de aquella época.
El pronóstico más repetido es el más descorazonado: en dos días nadie se acuerda. La pregunta que el dato no resuelve es cuántos de los que hoy acampan volverán cuando el asunto deje de dar réditos.