Sobra dinero para pantallas, no para subir sueldos
¿Por qué una aseguradora gasta tres millones en pantallas para escaparates mientras decide despedir a un empleado por oficina? ¿Por qué una empresa con sueldos congelados cinco años manda a sus jefes a recorrer los restaurantes con estrella Michelin de Europa? La respuesta que recorre el análisis económico es incómoda: no falta dinero, falta voluntad de repartirlo. El salario más frecuente en España es el SMI y el salario medio apenas alcanza los 24.000 euros anuales, según los datos que se cruzan en esta discusión.
La tesis del planteamiento inicial es directa: las empresas tienen liquidez, pero la destinan a gastos suntuarios, inversiones cosméticas y prebendas de directivos antes que a retribuir a la plantilla. Tres casos concretos sostienen el argumento. Una aseguradora que despide a un trabajador por oficina mientras invierte tres millones en pantallas. Una compañía con ajustes de plantilla que financia viajes gastronómicos de sus jefes por media Europa. Y un técnico de informática al que se le niega un aumento para pagar la hipoteca, se marcha, y la empresa prefiere asumir el hueco antes que subirle veinte euros.
El despido como inversión, no como problema
La primera corriente de análisis sostiene que reducir plantilla no es una necesidad, sino una estrategia rentable. Un despido se amortiza en un año, y sustituir a un veterano con sueldo antiguo por un recién formado a mitad de precio mejora el margen de inmediato. Entre cotizaciones y el pasivo laboral acumulado, mantener empleados se percibe como un coste que ninguna empresa quiere arrastrar.
En contra pesa un argumento que aparece con fuerza: si todas las empresas aplican la misma receta, los salarios caen, el consumo se contrae y el mercado interior se apaga. El círculo se cierra sobre sí mismo. Los competidores que no despiden pierden competitividad y acaban igual de mal, así que la carrera hacia abajo se convierte en la única jugada racional a corto plazo.
¿Por qué el salario medio apenas llega a 24.000 euros?
El dato más repetido en el análisis es que el salario más frecuente en España es el SMI, y que el salario medio ronda los 24.000 euros anuales. La conclusión que se extrae es que la clase media se ha ido vaciando por abajo, no por arriba. La comparación con la retórica oficial sobre quién pertenece a la clase media se vuelve, en este contexto, difícil de sostener.
Hay quien apunta a la fiscalidad como freno adicional. En sueldos próximos al SMI, la diferencia entre lo que paga la empresa y lo que cobra el trabajador se la reparten cotizaciones e IRPF. En tramos altos, el efecto se agrava. El incentivo para subir salarios se diluye en ambos extremos de la tabla.
El cortoplacismo como modelo de gestión
La crítica al cortoplacismo recorre buena parte del análisis. En empresas cotizadas, la cotización depende de resultados trimestrales, y eso empuja a decisiones que sacrifican calidad y plantilla para sostener el beneficio a tres meses. El caso de Carlos Tavares en Stellantis se cita como ejemplo: reducir costes, bajar calidad, mantener precios y aumentar beneficios. El directivo se marcha con la prima y el problema queda para el siguiente.
La comparación con los competidores asiáticos es inevitable. Quien planifica a décadas vista no compite en las mismas condiciones que quien solo mira al siguiente trimestre. La ventaja se acumula, lenta pero implacable.
La empresa familiar y el gasto que no se ve
En el extremo opuesto al directivo cotizado aparece la empresa familiar, donde el análisis describe prácticas como meter comidas navideñas como gastos de empresa, comprar locales a nombre de la sociedad para alquilarlos después por vías opacas o mantener pérdidas crónicas en los libros mientras se niega cualquier subida salarial. El patrón se repite: el dinero existe, pero circula en direcciones que no incluyen la nómina.
El resultado, según esta línea, es una rotación de personal altísima, pérdida de trabajadores cualificados por ahorros irrisorios y una cultura laboral que trata el coste salarial como una anomalía a corregir. La pregunta que queda flotando es si ese modelo es sostenible o simplemente se sostiene hasta que se agota.
Al final, la conclusión que se impone es tan simple como incómoda: el dinero no desaparece, cambia de manos. Y casi nunca hacia la tuya.