Dejar el foro a los 45.000 mensajes: la jubilación digital de un adicto
¿Cuántos mensajes hay que escribir antes de admitir que uno ya no tiene nada que decir? La pregunta sobrevuela una conversación que arranca como un saludo de bar y termina convertida en un ajuste de cuentas con la propia adicción. Alguien anuncia que se va: a los 45.000 mensajes o a fin de año, lo que llegue antes. Diez años de foreo a la espalda. «Hay que saber cuándo parar», dice. Y suena, más que a despedida, a promesa de Año Nuevo.
45.000 mensajes y diez años: la cifra que nadie celebra
El número no es una medalla. Es un contador de horas robadas. Diez años de publicar a diario, de volver al mismo sitio cada mañana, de convertir el ocio en una rutina que se parece demasiado a un trabajo mal pagado. El anuncio llega con la misma solemnidad que un fumador que apaga el último cigarro:
la fecha límite es difusa, porque el compromiso real es con uno mismo y esos son los que más se incumplen.
La respuesta del personal no ayuda. Alguien recuerda que la última vez que se prometió un adiós, el adiós se aplazó. «A fin de año lo dejarás para el otro», le espetan. Es la dinámica clásica del que anuncia su retirada y descubre que el foro es la única afición que no exige salir de casa. El plan B, dice, es
la vida del remero medio: una forma elegante de decir que cambiará una pantalla por otra.
¿Por qué cuesta tanto abandonar una comunidad online?
Porque no se abandona un foro: se abandona una identidad. El que lleva diez años publicando tiene un personaje construido, con sus enemigos, sus gracias repetidas y su público. Dejarlo es aceptar que ese personaje no vale nada fuera de la pantalla. De ahí que la conversación derive, sin transición, hacia el
consumo de benzodiacepinas y los problemas para dormir. La adicción al foro y la adicción a la pastilla comparten clientela.
Hay un detalle que descoloca: en mitad del saludo, alguien cita a un tercero y el personal se enciende. La comunidad tiene sus códigos y sus rencores heredados, y ni siquiera en un hilo de presentación se libra de ellos. Diez años dan para muchos roces. También para muchas reconciliaciones que nunca llegan.
El adiós que nunca se produce
La escena se repite en cualquier comunidad digital: el veterano anuncia su marcha, recibe unas palmadas irónicas y sigue publicando al día siguiente.
El foro no suelta a nadie porque no hace falta: basta con dejar la pestaña abierta. La retirada a los 45.000 mensajes tiene algo de hito contable y poco de decisión vital.
Al final, la pregunta inicial —cómo va todo— queda sin respuesta seria. Nadie está bien, pero todos siguen aquí. El que se va a los 45.000 o a fin de año ya sabe que el plazo se moverá. Y el resto lo sabe también.
La vida del remero medio exige, por lo visto, seguir remando en la misma pecera.