El nada-pasismo se consolida: el declive que ya no moviliza a nadie
Nadie sabe decir qué ha pasado. Y aun así, el diagnóstico está firmado de antemano: esto se cae. Esa es la paradoja que define al
nada-pasismo, la certeza de que todo se degrada sin que exista un acontecimiento concreto al que agarrarse. No hace falta identificar el hecho; basta con la dirección.
Hay quien pide detalles y recibe una respuesta que zanja el asunto por la vía rápida: da igual qué haya ocurrido, el rumbo no cambia. No es una conclusión informada. Es una conclusión blindada. Y el dato, en esa conversación, estorba.
¿Qué es el nada-pasismo y por qué se ha vuelto la postura por defecto?
Junta dos ideas que hasta hace poco se contradecían: no ha pasado nada digno de mención y, al mismo tiempo, lo que pase es irrelevante porque el final ya está escrito. Cada una por separado admite discusión. Juntas forman una doctrina cómoda, casi inmune al argumento: si el desenlace es fijo, ninguna prueba puede alterarlo.
Su imagen más concreta es la del remo. Alguien anima a
seguir remando mientras la cubierta se agrieta, y la consigna no habla de esfuerzo, sino de resignación. La otra estampa es la del viaje sin retorno a alta velocidad:
AVE y sin vuelta atrás. Lo llamativo no es que exista esa mirada. Es que se haya convertido en la respuesta automática, incluso en boca de quien acaba de admitir que no tiene ni idea de lo que ha ocurrido.
«En los 80 era mucho peor»: la comparación histórica como anestesia
El argumento aparece enseguida:
siempre ha pasado lo mismo, solo que ahora se presta más atención. Tiene una parte de razón y otra de anestesia. Funciona porque es
irrebatible. Cualquier deterioro queda absorbido por la referencia a una década peor, y la discusión se cierra sola.
En el fondo late una teoría sobre la información: no han cambiado los hechos, ha cambiado su visibilidad. Es una hipótesis razonable y, a la vez, imposible de contrastar, porque si todo se percibe peor por mirar más, ningún dato podrá desmentirlo nunca. La vara de medir no se discute; se invoca.
¿Por qué la indiferencia es la reacción más común?
Porque un diagnóstico total desactiva la acción. Si el desastre es estructural y no tiene vuelta atrás, la apatía deja de ser cobardía y pasa a ser
gestión emocional. Encarecer el enfado sin ofrecer salida es lo que convierte la indignación en un gasto inútil.
La sospecha recorre el razonamiento en la dirección contraria. Si de verdad no ha pasado nada, entonces algo sobra en el relato oficial. La broma amarga sobre lo bien que van los accidentes apunta ahí: a la impresión de que la normalidad se sostiene sobre un recuento edulcorado. Sería una tontería si no fuera porque explica muchas cosas.
Y luego está el reparto del
colchón. Quien tiene espalda para aguantar el golpe puede permitirse encogerse de hombros; quien no la tiene, también, solo que por motivos distintos. Dos indiferencias que se parecen en el gesto y no se parecen en nada más.
Queda una pregunta que nadie responde: si nada de lo que ocurre merece alarma, ¿qué tendría que ocurrir para que saltara? Hasta que alguien conteste, la tripulación sigue remando.