He ido a una mani del 8M y lo que vi no era lo que esperaba
La manifestación del 8M de este año tuvo, según el testimonio de un asistente que recorrió la marcha, un perfil demográfico que no encaja con el relato oficial. Según su relato, el grueso de la convocatoria eran
chicas de entre 16 y 20 años, acompañadas por «cuatro viejas exaltadas» y por cargos de IU buscando rédito electoral. La descripción no es un análisis sociológico, pero dibuja una foto incómoda: una movilización juvenil con estructura de veteranos y una base convencida de estar en el lado correcto de la historia.
El relato del asistente insiste en un punto que suele quedar fuera de las crónicas: la emoción. «Ha habido momentos de emoción», admite, no por la causa sino por el paisaje humano.
Muchos hombres mayores indignados entre la multitud, gente que arrastra décadas de derrota política y que ve en las niñas una versión reciclada de sus propias ilusiones. La conclusión del testigo es amarga: «es R78 en vena».
¿Qué pasa cuando la izquierda ya no existe como proyecto?
El diagnóstico del testigo es terminal.
«El obrerismo está muerto y enterrado», sentencia, y añade que «no hay izquierda en España». El proyecto político que él identificaba con la clase trabajadora se ha diluido, según su lectura, en un movimiento globalista que las jóvenes han adoptado sin filtro. La acusación es dura y no está exenta de nostalgia: las chicas creen que van a cambiar el mundo, dice, igual que creyeron otros antes.
La conversación derivó hacia un terreno más incómodo: la comparación entre la
violencia de género de los noventa y la precariedad actual. El asistente sostiene que en los noventa
«la gente miraba para otro lado» y la violencia era un asunto privado, mientras que ahora se ejerce de forma pública. Pero introduce un matiz económico:
cobrar 1.000 euros por ocho horas con horario partido o pagar 800 euros por un piso de mierda es, en su opinión, otra forma de violencia. La afirmación generó rechazo inmediato entre otros participantes, que negaron que esas condiciones puedan calificarse como violencia.
El choque entre religión y política que nadie pidió
El hilo derivó hacia un enfrentamiento entre católicos practicantes y anticlericales que poco tenía que ver con el 8M. Un participante defendió que la solución pasa por
casarse con hombres cristianos y tener hijos para que España prospere, frente a lo que describió como juventud teñida de morado y emborrachándose. La respuesta no se hizo esperar: otro interviniente recordó que la Iglesia también tiene escándalos financieros y de otro tipo, citando casos de apropiación de inmuebles y desvío de fondos.
El intercambio se enconó con acusaciones cruzadas sobre muertes atribuidas a guerras religiosas y a regímenes comunistas. Ninguna de las dos partes aportó datos verificables más allá de recuentos bíblicos citados de pasada. El debate, que había empezado hablando de una manifestación, terminó en un juicio teológico sobre la naturaleza del infierno y el libre albedrío.
La brecha generacional que el 8M no resuelve
Uno de los testimonios más citados del hilo apunta a una escena cotidiana: dos jóvenes comentando que no pudieron ir a la manifestación y que
«espero que disfrutarais las que sí pudisteis ir». El testigo interpreta ese «disfrutar» como una confesión involuntaria: van a bañarse en multitudes, a entrar en éxtasis colectivo, como quien va a un partido de fútbol. Una vez al año. Los dos minutos de odio de Orwell, dice.
Frente a esa lectura, otra corriente del debate sostiene que las jóvenes descubrirán con el tiempo que no son más felices que sus abuelas, y que para entonces será tarde. La discusión sobre si el 8M es una fiesta de pijamas en la calle o una herramienta política real quedó sin resolver. Lo que sí quedó claro es que
nadie en esa conversación esperaba convencer a nadie.
El punto exacto donde el análisis se atasca es siempre el mismo: si la manifestación es una expresión genuina de una generación o el último estertor de un proyecto político que ya no sabe qué reivindicar. El asistente lo resumió con una frase que no admite réplica: «todos hemos sido idiotas».