El Vaticano repudia la Doctrina del Descubrimiento
El Vaticano repudia la Doctrina del Descubrimiento, el conjunto de bulas papales que legitimó jurídicamente la conquista de América. La contradicción es de manual: la institución que hoy reniega de aquella doctrina debe a la Monarquía Hispánica buena parte de su peso en el continente. Y el asunto, lejos de ser arqueología, toca inmuebles, dinero y trato fiscal. La discusión abierta deja tres bloques: los que piden cuentas a Roma, los que defienden la Hispanidad como esencia católica y los que ya no reconocen al pontífice.
Qué ha declarado el Vaticano sobre la conquista de América
El documento repudia la conocida como Doctrina del Descubrimiento, el conjunto de bulas papales que sirvió para justificar jurídicamente la conquista y el reparto de territorios americanos entre las coronas ibéricas. Se trata de un gesto que ataca el título jurídico sobre el que se construyó el imperio americano.
La reacción no se ha hecho esperar. Una corriente sostiene que la Iglesia trata a la nación española como una fuente de renta y que, extraído el rédito de la evangelización, devuelve desprecio. Otra recuerda que sin España el catolicismo habría quedado reducido a poco más que una
rama minoritaria, absorbida por la Reforma protestante. Entre ambos extremos, una tercera vía pide paciencia: los desmanes actuales, argumenta, se recordarán como una época de confusión, igual que otras anteriores.
Bartolomé de las Casas, la Brevísima de 1552 y la leyenda negra
El nombre que más se repite es el de fray Bartolomé de las Casas y su
Brevísima relación de la destrucción de las Indias, editado en
1552. Una parte lo señala como el impulsor de la leyenda negra antiespañola; otra lo sitúa como testigo de una mortandad real de población indígena. La acusación más dura lo presenta como hijo de encomendero y con ascendencia conversa, un flanco que se usa para desacreditar su testimonio.
Conviene recordar qué decía el texto. De las Casas documentó el maltrato a los pueblos indígenas y advirtió de que la mortandad dejaba amplias zonas sin mano de obra. Su propuesta era doble: frenar el abuso para que la población sobreviviera y
traer trabajadores esclavos de África. Ese segundo punto es el que menos se cita. La discusión sobre Las Casas es, en el fondo, una discusión sobre quién fija el relato: si el imperio fue una empresa de exterminio o una estructura jurídica única, la monarquía católica que incorporó a los indígenas como súbditos de la Corona.
Del Concordato a las inmatriculaciones: la factura pendiente
Cuando el reproche vaticano se cruza con la financiación, el tono sube. Las demandas que circulan son concretas:
denunciar el Concordato, revisar las inmatriculaciones de bienes inmuebles, suprimir partidas presupuestarias y equiparar a las entidades religiosas con las personas físicas y jurídicas en materia tributaria. Una propuesta resume el paquete: desamortización, cero beneficios fiscales e impuesto de donaciones a las instituciones religiosas.
El argumento económico es viejo. Se sostiene que España ha mantenido a la Santa Sede con
sangre, esfuerzo y dinero y que ya toca echar cuentas. La réplica desde el otro lado es menos numérica: hay quien plantea que si la Iglesia debe renunciar a los católicos americanos porque fueron bautizados por la fuerza, debería empezar por renunciar a los fieles que tiene en el continente, cifrados por un participante en
400 millones. Nadie ha presentado todavía la liquidación.
Sedevacantismo y San Pío X: la grieta dentro del catolicismo
El descontento no es solo externo. Una parte de la discusión se mueve en el terreno estrictamente doctrinal: hay quien afirma que el pontífice actual no es un papa legítimo y quien se sitúa en la órbita de la
Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que reconoce al papa pero rechaza el rumbo conciliar. El Concilio Vaticano II aparece una y otra vez como el punto de giro en el que el tradicionalismo habría quedado arrinconado.
La disputa sobre qué es y qué no es doctrina se enreda en detalles técnicos: la
Didaché, la validez de ciertos sacramentos, el papel del clero en comunidades sin sacerdotes. Se cita el caso de los católicos japoneses que sobrevivieron sin clero tras la persecución, y ese precedente se usa para discutir si la Iglesia es la jerarquía o la comunidad de fieles. Para unos, todo esto empuja hacia reductos pequeños; para otros, es la base de una futura reconstrucción.
¿Debería España romper con Roma como hizo Enrique VIII?
La comparación inglesa planea sobre toda la conversación. Se recuerda que
Enrique VIII rompió con Roma por menos y que la Iglesia no debería hacer política. Otros van más lejos y proponen una iglesia nacional al modo del Reino Unido, argumentando que la de Roma no deja de ser otra institución influida por los hombres. La respuesta desde el hispanismo católico es que la esencia de España no se entiende sin Roma: el título de
Rex Catholicissimus no es decorativo.
Aquí el choque es de fondo, no de táctica. Quien defiende la obra española subraya que fue un imperio único en la modernidad, católico y con vocación universal. Quien reclama la ruptura responde que esa misma obra se pagó con impuestos, vidas y sumisión, y que el Vaticano nunca movió un dedo cuando tocaba defender a quien decía defender.
Si el agravio es tan antiguo y la ruptura tan evidente, ¿por qué ninguna de las medidas propuestas ha pasado del papel? Las cuentas siguen sin cuadrar y nadie ha explicado qué se gana rompiendo lo que durante siglos se defendió.