800 euros semanales por la exclusividad de una escort
Un empresario de hostelería con ingresos declarados de 12.000 euros mensuales ha decidido cortar por lo sano con el mercado del sexo de pago y firmar un acuerdo de exclusividad con una trabajadora sexual de 23 años:
800 euros a la semana a cambio de que ella deje las dos agencias para las que trabajaba y solo atienda a este cliente. La cifra, que asciende a unos
3.200 euros al mes más comidas y gastos, equivale a un tercio de sus ingresos. El planteamiento, que él mismo describe como un «deal» revocable en cualquier momento, ha abierto un debate incómodo sobre si eso es una relación de pareja disfrazada, una modalidad de prostitución de lujo o, directamente, una mala inversión.
El cálculo que él hace es simple: antes se gastaba más yendo «de putas casi todos los días», con tarifas de 80 euros en clubes y hasta 300 en agencias. Ahora concentra ese presupuesto en una sola persona. La exclusividad, sin embargo, es la parte que menos se cree: varias voces del sector sostienen que
800 euros semanales no bastan para que una escort deje de aceptar encargos privados y que la cláusula de fidelidad es, en la práctica, papel mojado. «La cabra tira al monte», resume un mensaje.
El coste real: 3.200 euros al mes más cenas y gastos
El acuerdo se presenta como una alternativa más barata al consumo disperso. El cliente asegura que su gasto anterior en prostitución superaba el actual, y que ahora obtiene algo que el mercado no ofrece:
disponibilidad y una relación estable con una sola persona. A eso añade cenas y otros gastos que elevan la factura mensual por encima de los 4.000 euros, según sus propias estimaciones.
Hay quien hace la cuenta al revés. Si la tarifa de agencia era de 300 euros la hora y la intermediación se llevaba la mitad, la trabajadora ingresaba unos 150 por servicio. Con el nuevo acuerdo,
800 semanales equivalen a poco más de cinco servicios a precio de agencia. La pregunta que sobrevuela es si esa cantidad compensa la pérdida de libertad para aceptar otros clientes. La respuesta más repetida es que no.
¿Es esto una relación de pareja o un contrato de servicios?
La frontera entre lo afectivo y lo mercantil se difumina. El cliente insiste en que hay «buena química» y que la chica le tiene «aprecio», pero reconoce que sin dinero no habría nada: «No me autoengaño», escribe. La comparación con el matrimonio aparece una y otra vez:
pagar por sexo con la misma persona es lo que hace un esposo, solo que con menos frecuencia y peor precio, según la ironía dominante.
El argumento económico se refuerza con la idea de que el dinero gastado en disfrute no vuelve, mientras que el ahorro puede esfumarse en un mal movimiento bursátil o en un problema de salud. «Vente a saber si se va todo a la mierda o cojo un ictus y me muero con dinero en el banco», resume el protagonista. Es la vieja disputa entre consumo presente y ahorro futuro, aplicada al ocio más caro.
La exclusividad que nadie se cree
La cláusula de exclusividad es el punto más discutido. Varios mensajes advierten de que una trabajadora sexual que cobraba 300 euros la hora no va a renunciar a su cartera de clientes por 800 semanales.
La oferta, dicen, es demasiado baja para comprar fidelidad real. La consecuencia lógica, según esta corriente, es que seguirá atendiendo a otros sin publicarlo, y el cliente pagará por una exclusividad que no existe.
Frente a eso, el protagonista sostiene que puede romper el acuerdo cuando quiera y que no hay hipoteca a 30 años. La relación, insiste, es semanal y revocable. Esa temporalidad es su principal argumento defensivo: si sale mal, se corta y punto. El problema es que el coste emocional y económico ya está incurrido.
El problema fiscal: dinero en efectivo sin justificar
La gestión del pago también genera debate. Pagar 3.200 euros mensuales en efectivo plantea dificultades para la otra parte:
ingresar ese dinero sin justificación legal activa las alarmas bancarias. La solución que se propone es contratarla en la empresa con un puesto ficticio de relaciones públicas o gestión de redes, de modo que ella cotice y él desgrave. Es una práctica que, según varios mensajes, ya se usa en el sector.
El protagonista rechaza la idea por el perfil de su plantilla: una mujer joven y atractiva entre trabajadores de hostelería cantaría demasiado. La alternativa, pagar en cash, mantiene el problema de la trazabilidad. Es el viejo dilema de la economía sumergida: el dinero negro no genera derechos ni ahorros legales.
El perfil del cliente: sobrepeso, calvo y sin gimnasio
El propio protagonista se describe sin autocompasión:
sobrepeso, calvo y consciente de que sin pagar no tendría acceso a una mujer de 23 años. Rechaza ir al gimnasio o ponerse peluca porque, argumenta, seguiría teniendo que pagar. La conclusión es que prefiere gastar en el servicio antes que en la apariencia.
Esa sinceridad ha generado cierta simpatía en el intercambio. Varios mensajes defienden que, si el negocio funciona y el gasto es asumible, cada cual hace con su dinero lo que quiere. La única advertencia seria es la de siempre:
el vicio no debe comerse el ahorro. Con 12.000 euros mensuales, dedicar 4.000 al ocio sexual deja poco margen para imprevistos.
¿Cuánto vale la exclusividad de una persona? El acuerdo se sostiene sobre una cifra semanal y una promesa que nadie puede verificar. Si el negocio aguanta y la química también, el experimento seguirá. Si no, quedará como el ejemplo más caro de que el mercado del sexo, como cualquier otro, tiene cláusulas que no se pueden comprar.